Si eres una persona progresista, los libros de Nina Lykke te van a incomodar. Pero a la vez te van a hacer reflexionar porque carecen del embrutecimiento de las opiniones periodísticas. La escritora noruega dispara contra el buenismo, la cosa biempensante y, en general, contra toda la agenda cultural que la cosa woke ha impuesto al progresismo: el feminismo (pasado de rosca), el lenguaje inclusivo, el identitarismo o la revisión de textos del pasado. Lo último, la hiperterapización de nuestra sociedad, la hipersensibilidad y la tontería de tantos adultos “que todavía actúan como si estuvieran en el instituto”, dice a este periódico. Ya van viendo por dónde van los tiros de esta historia. La novela en la que habla de esto de las terapias y la ultra piel fina es ¿Dónde están los adultos? (Gatopardo) y se une a otras publicadas en español como No y mil veces no y No hemos venido a divertirnos, entre otras. En ella nos encontramos con Ida, una terapeuta divorciada dos veces a la que su hijo dejó de hablar hace cinco años; también vemos que la relación con su madre nunca fue demasiado buena. Un argumento que le sirve a Lykke para hablar de la familia, de las relaciones personales y como… nos lo tomamos quizá todo demasiado a pecho. Como los niños pequeños, que se pondrían a poner demandas aquí y allá si pudieran. El triunfo para ella, no precisamente de lo colectivo, sino del más puro y enrabietado individualismo. '¿Dónde están los adultos?', de Nina Lykke (Gatopardo) Porque Lykke, aunque atiza a la izquierda actual, se considera una persona progresista, que creció en un entorno progresista y que admira los valores progresistas. “Crecí en una familia muy de izquierdas, mi madre era muy feminista. Mis padres trabajaban. Soy, en cierto modo, hija del feminismo y de la mujer que se incorporó al mundo laboral. Y tuve una infancia muy feliz y mucha libertad”, comenta mientras charlamos en la librería Amapolas en octubre de Madrid, a donde acudió hace algunos días para participar en la Feria del Libro. Pero a la vez que dice todo esto, también señala que le gusta preguntarse “por qué hacemos lo que hacemos y por qué creemos que estas ideas son las mejores”. Por ejemplo, no cree que las personas de los años cincuenta, sesenta o setenta “fueran malvados, racistas y homófobas. Vivían en un entorno cultural totalmente diferente, por lo que hacían lo mismo que todos los demás, igual que nosotros hacemos ahora. No eran peores personas. Antes también era normal pegar a los niños. Era simplemente lo que se hacía. No se pensaba que fuera algo malo. Por eso me interesa tanto entender por qué hacemos las cosas como las hacemos”. "Se ha aceptado que si no te gustan tus padres o tus hermanos puedas distanciarte de ellos” Y por eso ahora le interesa saber por qué los lazos familiares se rompen con más facilidad. Por qué nos encapsulamos más. Por qué absolutamente todo duele y por qué se tira tanto de la terapia para todo. Le digo, no obstante, que en el sur de Europa, al menos en España, la familia es un núcleo todavía más potente que en el norte. Me lo concede: “Sí, es verdad. En el norte de Europa se ha aceptado que, si no te gustan tus padres o tus hermanos, puedas distanciarte de ellos porque eres un individuo y decides por ti mismo. Y yo creo que es una idea buena, pero creo que también tiene consecuencias muy malas”. "Parecemos florecitas" Sin embargo, cree que hay un problema universal en todo esto más de fondo y que, si se están cortando relaciones, es “porque vivimos en una época muy sensible, como si fuéramos florecitas. Y yo creo que cortar completamente el contacto y privar, por ejemplo, a los abuelos de ver a sus nietos es algo muy duro. Es un castigo draconiano. ¿Por qué hacemos eso?”. Le hago esa misma pregunta. En la novela ya más o menos se contesta, pero dice, y lo hace con cierto conocimiento de causa porque sus dos hijas son psicólogas, que el giro cultural empezó “en los años sesenta y setenta” y ahora hemos llegado al punto en el que “vas a terapia y te quejas de tus padres. Y el terapeuta te dice, ‘sí, tienes razón, esa es tu verdad’. No hay nada en la cultura que se oponga a eso. Nadie te dice que deberías respetar a tu madre o intentar ser más amable con ella. Eso parece algo anticuado, porque enseguida se dice que estás generando culpa y hoy en día generar culpa parece ser el peor crimen de todos. Creo que se está permitiendo a la gente hacer cosas muy crueles en nombre del bien”. "Hoy en día generar culpa parece ser el peor crimen de todos" Por otro lado, es muy crítica con los sobrediagnósticos. Es decir, con que todo ahora se convierta en una enfermedad, algo que, además, está pasando mucho (desde hace ya tiempo) con los niños a los que observa hiperprotegidos, lo que posteriormente trae muchas consecuencias porque los va a hacer mucho más vulnerables para todo. “Tenemos niños de diez años diciendo que están deprimidos. Pero a ver, ¿qué saben ellos de la depresión? Quizá simplemente están tristes. Y luego estamos los adultos que queremos una vida llena de dopamina. No queremos estar tristes nunca. Y eso me irrita mucho. Como cuando los padres dicen, ‘solo quiero que mis hijos sean felices’. Casi preferiría que dijeran: ‘Quiero que seas médico’ o ‘Quiero que seas violinista’, porque al menos eso le da al hijo algo contra lo que rebelarse. Pero si solo dices, ‘Quiero que seas feliz», entonces cualquier cosa sirve. Puedes convertirte en drogadicto y ser feliz durante un rato. Creo que quienes dicen eso se consideran muy progresistas y muy buenas personas, porque no quieren ser como los padres estrictos de los años cincuenta, pero lo que da la impresión es que los niños no aprenden nada. “Tenemos niños de diez años diciendo que están deprimidos. Pero a ver, ¿qué saben ellos de la depresión?" Detrás de todo, la autora también cree que hay una obsesión con la juventud eterna y con el miedo a envejecer. Por eso, mientras que antes eran los viejos los acreedores de la sabiduría, ahora se escucha a los jóvenes “como si fueran unos nobles salvajes que conocen los secretos del universo, pero la realidad es que todavía no saben mucho porque son jóvenes”. Y, añade, de ahí que muchos padres intenten acercarse a sus hijos como si fueran unos colegas. “Y lo que no saben esos padres es que esos hijos, cuando crezcan, acabarán despreciándolos porque lo que necesitan es una figura de autoridad”. Ahí es como llegamos a la pregunta que se hace la novela ¿dónde están los adultos? Es decir, la infantilización completa de todos nosotros, que se ve perfectamente cuando la responsabilidad desaparece. Cuando nadie se hace responsable de nada. Cuando nadie cree que ha hecho nada mal. E incluso cuando aparecen 200 reportajes sobre cómo criar a los niños, “cuando es algo que llevamos toda la vida haciendo”, señala Lykke entre divertida y con un punto de enfado resignado. Miedo a decir algo Lo peor de todo esto, para la escritora, es que no es algo que solo se hable o se vea en entornos conservadores enfrentados a la guerra cultural de la izquierda. Para Lykke, hay muchas personas, de todos los espectros, que se dan cuenta, pero no se atreven a decirlo porque en determinados ambientes enseguida alguien te va a decir que eso es ofensivo o que estás criminalizando a alguien. “A ver, es que los niños no son el problema. Los adolescentes tampoco. El problema es que muchos adultos se comportan como si siguieran en el instituto. Todo el mundo se pone nervioso cuando alguien discrepa de una de sus creencias. Es como si necesitaran que todo el mundo estuviera de acuerdo con ellos para sentirse seguros”. “Me preocupa que la gente buena esté dormida y no diga lo que piensa" Así que le irrita que no se digan más en alto estas cosas. “Me preocupa que la gente buena esté dormida y no diga lo que piensa. Porque cuando alguien te dice: ‘Eso no puedes decirlo’, esa mentalidad es muy peligrosa. Y creo que puede perjudicar incluso a la izquierda. La gente que piensa por sí misma siempre reaccionará ante las cosas absurdas”. Ojalá. Si eres una persona progresista, los libros de Nina Lykke te van a incomodar. Pero a la vez te van a hacer reflexionar porque carecen del embrutecimiento de las opiniones periodísticas. La escritora noruega dispara contra el buenismo, la cosa biempensante y, en general, contra toda la agenda cultural que la cosa woke ha impuesto al progresismo: el feminismo (pasado de rosca), el lenguaje inclusivo, el identitarismo o la revisión de textos del pasado. Lo último, la hiperterapización de nuestra sociedad, la hipersensibilidad y la tontería de tantos adultos “que todavía actúan como si estuvieran en el instituto”, dice a este periódico. Ya van viendo por dónde van los tiros de esta historia.