¡Adiós muy buenas, Keir Starmer! El derrocado primer ministro todavía se estaba secando las lágrimas y ya habían comenzado las declaraciones solemnes. El líder laborista es “una persona de principios” y “lo mueve un profundo sentido del servicio público y de deber hacia este país”, dijo David Lammy, viceprimer ministro. Demostró “la gran dignidad e integridad que caracterizan a este hombre”, dijo Ed Miliband, ministro de Energía. “Un servidor público devoto y dedicado”, dijo Shabana Mahmood, ministra de Interior.
No. No estamos hablando de un hombre decente derrotado por las circunstancias, ni de un líder de principios abatido por los acontecimientos, y tampoco de un hombre íntegro y con sentido del deber que, sencillamente, ocupaba el cargo equivocado. Estamos hablando de un político sin principios que abandonó sus promesas con el mismo entusiasmo con el que se embolsó los regalos que le hacían donantes de mucho dinero.











