El primer ministro británico, Keir Starmer, ha anunciado su dimisión este lunes tras semanas de especulaciones. El líder laborista, el sexto primer ministro de Reino Unido en los 10 años desde el Brexit, ha sucumbido a la presión de las batallas internas de su partido y ha abierto la puerta al séptimo. En un discurso pronunciado frente al número 10 de Downing Street, el primer ministro defendió las medidas tomadas por su Gobierno, pero admitió que su partido había perdido la confianza en su liderazgo. “Cada decisión que he tomado ha tenido como objetivo anteponer el interés del país que amo. Por eso dimitiré como líder del Partido Laborista”, afirmó. No obstante, anunció que seguirá en el cargo hasta que el laborismo elija a su sucesor. Starmer, con apenas dos años de mandato, llevaba días insistiendo en que lucharía "hasta el final" ante cualquier desafío a su liderazgo. Pero la presión de su propio gabinete se había vuelto insostenible. Casi una cuarta parte de sus ministros le habían dejado claro —en distintos términos— que su carrera política está acabada. Si no actuaba, las amenazas eran una cadena de dimisiones antes de la reunión de Gobierno de este martes, lo que habría supuesto una gran humillación. El calendario laborista prevé que las candidaturas se presenten a partir del 9 de julio, con el objetivo de que el sucesor de Starmer tome posesión en septiembre. Formalmente, se abre un proceso de primarias, pero todo apunta a que el partido intentará cerrar filas en torno a Andy Burnham, el alcalde de Gran Manchester, para evitar una batalla interna que alargue todavía más el periodo de inestabilidad. Starmer pasó el fin de semana en Chequers, la residencia de la campiña inglesa a disposición del inquilino de Downing Street, hablando únicamente con su mujer y su equipo más cercano. Y cuando el domingo, el ministro de Empresas, Peter Kyle, avanzó ante la BBC que el premier haría “lo que fuera mejor para el interés del país” y que se encontraba reflexionando sobre los desafíos a los que se enfrentaba y la nueva realidad del país, se dio por hecho que su carrera política había llegado a su fin. Lo cierto es que su autoridad llevaba cuestionándose prácticamente desde el primer día en que cruzó la famosa puerta del Número 10. La holgada mayoría absoluta obtenida en las elecciones de julio de 2024 respondió más al agotamiento del electorado tras catorce años de gobiernos conservadores que a un respaldo entusiasta hacia su figura. Prometió inaugurar una nueva etapa de estabilidad, pero su falta de carisma y los sucesivos volantazos en cuestiones clave fueron erosionando su liderazgo. El malestar económico y varios escándalos políticos que pusieron en entredicho su criterio —entre ellos la nefasta decisión de nombrar a Peter Mandelson como embajador en los Estados Unidos, pese a su vínculo con el pedófilo convicto Jeffrey Epstein— fueron precipitando su caída al mismo ritmo que crecía el fenómeno populista de Nigel Farage al frente de Reform UK. El triunfo arrollador de esta formación de derecha radical anti inmigración en las elecciones locales y regionales del pasado mayo marcó un punto de inflexión. TE PUEDE INTERESAR Sin embargo, el auténtico detonante ha sido el regreso de Burnham a Westminster. El alcalde de Gran Manchester ganó el pasado viernes con contundencia las elecciones parciales de Makerfield y su victoria ha precipitado el terremoto político. Antiguo ministro en los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown, Burnham llevaba tiempo siendo considerado el principal aspirante a liderar el Partido Laborista. Ahora, con escaño en la Cámara de los Comunes, se daba por hecho que su llegada a Downing Street era imparable. Después de dos intentos fallidos en las primarias de 2010 y 2015, parece que a la tercera será la definitiva. Entre los diputados laboristas se ha asentado una convicción cada vez más extendida: el problema no era el partido, sino quien lo dirigía. Consideraban que Starmer se había convertido en un lastre electoral y que su impopularidad personal impedía a la formación recuperar la iniciativa política. La comparación con Burnham resulta especialmente dolorosa para el actual líder. Su victoria en Makerfield no solo fue incontestable, sino que demostró que existe una figura capaz de derrotar a Reform UK allí donde más fuerte se está mostrando. Para muchos parlamentarios laboristas, desesperados por encontrar una estrategia eficaz frente a Farage, Burnham representa precisamente la respuesta que llevaban tiempo buscando ante el auge del populismo. La incógnita era si llegaba a producirse una verdadera batalla por el liderazgo. Wes Streeting, ex ministro de Sanidad, siempre había mantenido que presentaría su candidatura. Sin embargo, sus aliados empezaron a defender conversaciones discretas entre los posibles aspirantes para pactar una transición consensuada para evitar unas primarias que prolonguen la crisis y dañen aún más la imagen del partido. Las reglas del partido obligan a cualquier candidato a reunir el apoyo del 20% de los diputados laboristas —81 parlamentarios— para entrar en la papeleta, una barrera pensada precisamente para impedir candidaturas testimoniales. TE PUEDE INTERESAR La siguiente cuestión es el calendario. Dentro del grupo parlamentario laborista existen discrepancias sobre cómo debe desarrollarse una transición “ordenada” y, sobre todo, cuánto tiempo debería durar. Algunos miembros influyentes del entorno de Burnham defienden que asuma el liderazgo coincidiendo con la conferencia anual del partido, prevista para finales de septiembre. Consideran que ese plazo le permitiría preparar su equipo y llegar a Downing Street con una estrategia definida. Otros partidarios de Burnham creen, sin embargo, que esperar tres meses sería un error. Temen que un largo periodo de interinidad paralice la acción de gobierno y alimente una especulación constante sobre las futuras decisiones del nuevo líder. Entre esas especulaciones destaca una especialmente relevante: quién ocupará el Ministerio del Tesoro. Hasta hace pocos días, muchos diputados veían una pugna directa entre el actual ministro de Energía, Ed Miliband, y la titular de Interior, Shabana Mahmood. Sin embargo, ahora se espera que Mahmood permanezca en su puesto si Burnham llega a Downing Street. La posibilidad de que Miliband asuma las riendas de la economía provoca una profunda inquietud entre el ala moderada del laborismo, que interpretaría su nombramiento como una señal inequívoca de giro hacia la izquierda. El debate sobre el futuro liderazgo apenas ha comenzado, pero ya anticipa las tensiones ideológicas que podrían marcar la próxima etapa del Partido Laborista.