Es una lástima que la Copa Mundial de fútbol se dispute este año en el Amerikastán de Donald Trump, además de en Canadá y en México. Pero no es una novedad. La FIFA parece sentir una cierta atracción por los regímenes inquietantes, o directamente repulsivos. Nos vienen a la mente los casos recientes de Rusia (2018) y Catar (2022). Y el de la dictadura de Jorge Videla en Argentina (1978). Recordamos menos, por lejano, el Mundial fascista de la Italia de Mussolini (1934). Y tendemos a olvidar que el México de 1970 había sufrido, sólo dos años antes, la espantosa matanza de estudiantes y obreros en Tlatelolco, con 300 o 400 muertos. Nunca se sabrá el número exacto de cadáveres, lo que da idea de cómo funcionaba el régimen de Gustavo Díaz Ordaz. Y olvidamos también que en la España de 1982, sacudida por el terrorismo, la policía, el ejército y la judicatura seguían siendo mayoritariamente franquistas.
En fin, nada nuevo. Como advertía el tango “Cambalache”, “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”. Siempre queda el refugio de los Mundiales soñados. El más célebre de ellos, sin duda, es el de Patagonia en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Parece seguro que en aquel lugar del sur remoto se jugaron partidos con jugadores locales (mayormente mapuches) y extranjeros (se construían presas y carreteras y había técnicos y obreros de distintas procedencias, incluyendo la Alemania nazi). El resto lo puso la imaginación de Osvaldo Soriano en su relato “El hijo de Butch Cassidy”. Según Soriano, la final se jugó “en un domingo gris que la historia no recuerda”. El árbitro fue William Cassidy, hijo de Butch Cassidy, que con su compañero Sundance Kid y la amante de ambos, Edna, vivió en Patagonia, o eso dice la leyenda, antes del acribillamiento en Bolivia (véase la película Dos hombres y un destino). Se enfrentaron en la final la selección mapuche y la alemana, Adolf Hitler pronunció por vía telefónica un discurso lleno de racismo y arrogancia y, gracias a ciertos recursos mágicos, ganaron los locales.








