En 1935, Max Aub tenía 32 años. Su padre era alemán y su madre francesa. Aub nació en París en junio de 1903, pero la familia se trasladaría a Valencia al estallar la Primera Guerra Mundial. Después escribiría que “uno es de donde hace el Bachillerato”. Él lo cursó en el Instituto Lluís Vives de la capital valenciana, donde perfeccionó a marchas forzadas el castellano y aprendió el catalán, que llegaría a dominar en sus diversos acentos. Siendo ya un escritor valenciano en ciernes llegó a Viver en 1935 a pasar un largo verano. Eligió este pueblecito de la comarca castellonense del Alto Palancia (con poco más de 2.000 habitantes en esa época) por consejo de sus amigos Manuel Zapater y Fernando Dicenta, miembros de la alta burguesía del país.En Viver, Aub descubrió una población vitalista, apegada a la tierra (su única riqueza económica está vinculada a la agricultura) y con un calendario festivo ubérrimo y exhaustivo. Fue, sin duda, un verano inolvidable, como atestiguó después un pequeño relato llamado Viver de las aguas, centrado en los festejos taurinos, cuya posteridad sería insospechada.Aub es uno de esos intelectuales marcados por la Guerra Civil. Cuando comenzó el conflicto, se encontraba en Madrid y era un escritor en ciernes. Entonces fue enviado como agregado cultural de la Embajada de España en la capital francesa. Allí gestionaría el encargo y la compra del Guernica de Picasso para la Exposición Internacional de 1937. A su regreso a España, en agosto de 1937, ocupó el puesto de secretario del Consejo Nacional del Teatro y, desde el verano de 1938 hasta su exilio forzoso un año después, colaboró con André Malraux en la realización del filme Sierra de Teruel, adaptación de la novela L’espoir del también autor de La condición humana.Tras la derrota de los republicanos, Aub conoce la amargura de la expatriación. Su periplo le lleva a Francia y más tarde a Argelia, para instalarse finalmente en México en octubre de 1942. Se había acabado el verano de su vida, pero desde el otro lado del Atlántico empieza sistemáticamente la publicación de una obra literaria esencial para entender el drama español. Como escribió Manuel Tuñón de Lara: “Si un día por cataclismos o artes diabólicas desapareciesen los archivos, hemerotecas, documentos de lo que fue la tragedia española del treinta y seis al treinta y nueve, bastaría con El laberinto mágico para que el recuerdo de aquello siga vivo”.El laberinto mágico es su obra cumbre. Son seis volúmenes publicados entre 1943 y 1968. El primer tomo, Campo cerrado, se abre precisamente con el relato de sus impresiones de Viver. Cuando parecía que todo ese esfuerzo había caído en el olvido, los habitantes del Alto Palancia volvieron sus ojos hacia esas páginas frenéticas. En agosto de 1997 se constituye en Segorbe, la capital de la comarca (a 14 kilómetros de Viver), la Fundación Max Aub, con el objetivo de estudiar y difundir la obra del escritor. En el año 2000, es el propio Viver el que proclama a Aub Hijo Adoptivo de la localidad. Empezaba así una extraordinaria aventura intelectual que ligaría para siempre su memoria a los paisajes donde fue feliz, poco antes de la hecatombe fratricida.En la actualidad, las autoridades municipales de Viver llevan a cabo un completo programa cultural donde, a la memoria de su más ilustre visitante, se añade una amplia panoplia de actividades ligadas a la memoria de la República y la guerra.Precisamente en 1936 llegó a estos parajes la Misión Pedagógica de la Residencia de Estudiantes. Como este año se cumplen 90 años de la efeméride, una completa exposición en su Casa de la Cultura (antiguo convento de San Francisco) la conmemora —abierta hasta el próximo 4 de julio—. La Misión traía a unos parajes definitivamente excéntricos música, cine o reproducciones de cuadros del Museo del Prado. El alborozo admirado de los vecinos debió ser antológico: muchos no habían visto nunca una obra cinematográfica, ni mucho menos los elementos de tan alta pinacoteca. Una niña de un pueblo cercano (Pina de Montalgrao), tras recorrer a pie los 21 kilómetros que separan ambas poblaciones, contemplaba maravillada la exposición. Esa niña se llamaba Josefina Clemente y su cuaderno escolar con las anotaciones pertinentes —donado por su hija al Ayuntamiento— ha sido reeditado ahora. Era abril del 36, y aunque Josefina aseguraba en sus notas que “el sol brilla poco” y “el termómetro marca un grado”, en nada se parece la situación meteorológica a la tormenta flamígera que estallaría en julio, en otro verano completamente diferente al de Aub.La guerra pasará, pero Viver se verá comprometido en su final de manera especialmente dramática: está en uno de los vértices de la Línea XYZ, el sistema de fortificaciones extendido entre Almenara (Castellón) y Santa Cruz de Molla (Cuenca) con el que la República consigue parar la ofensiva franquista en 1938 que amenazaba Valencia. La ciudad se salvó y nunca se tomó (tuvo que rendirse al final de la guerra), pero Viver quedó destrozado. En la posguerra, el franquismo reconstruyó sus principales edificios, como el Ayuntamiento. Aún ahora, su perfil característico es el de las obras de Regiones Devastadas (extrañamente noble). En los sótanos de la Casa de la Cultura se sitúa un completo Centro de Interpretación de la Batalla de Levante (CIBAL), amén de los restos de centenares de búnkeres y trincheras diseminados por el término.Pero Viver, claro, es mucho más. Sus numerosas rutas excursionistas, el Bosque de Monleón (atravesado por el GR7, que cruza la Península de Andorra hasta Andalucía), sus innumerables fuentes, el parque natural de la Floresta o el paraje del Sargal. En esta última localización encontramos el río Palancia, que corre por allí como un alma frágil, encajonado entre verdores de gran lujuria clorofílica: este año ha llovido bien.Finalmente, la cooperativa del municipio (fundada en 1990) es modélica en sus planes de desarrollo rural, empleo, innovación y sostenibilidad. No solo el aceite de su almazara es de contrastada calidad, también su proyecto Ochenta y Siete Cubos recupera con vigor la memoria vinícola del lugar, arrasada con la filoxera a finales del siglo XIX. Hay que volver a Viver, pues, como hizo en su momento Max Aub, para redescubrir una pequeña población donde el arraigo agrícola y una dimensión cultural de primer orden están a la altura de su leyenda.
Viver, verano perpetuo en un pueblecito de Castellón
En esta localidad de la comarca castellonense del Alto Palancia el arraigo agrícola y su dimensión cultural, sobre todo protagonizada por el escritor Max Aub, están a la altura de su leyenda







