Es el manual de Trump: huir hacia adelante y negar cualquier error. Ahora es el turno de la obra de 16,4 millones de dólares para pintar de azul el fondo del estanque reflectante del Monumento a Lincoln, que en apenas dos semanas se ha visto lleno de algas, como siempre, y con la pintura del fondo, “azul bandera estadounidense”, desconchada y flotando por el agua.
La respuesta del presidente de EEUU no ha sido pedir explicaciones a las dos subcontratas, que recibieron el encargo a dedo con el argumento de las prisas, y tampoco ha sido pedir una investigación para saber qué ha pasado. Al contrario, la respuesta ha sido la habitual: culpar a los demás, en concreto a quienes no son trumpistas, de conspirar contra él.
Hasta tal punto ha llegado esa conspiranoia, que el presidente de EEUU está hablando de que alguien ha usado un cúter para hacer un corte de hasta 350 pies —es decir, más de 100 metros—. Pero lo dice sin prueba alguna de cómo alguien ha sido capaz de hacer un corte tan largo como un campo de fútbol en el fondo de un estanque.
Es más, según documentos de la investigación revelados por The New York Times, no hay ninguna prueba de que el deterioro de la pintura sea obra de un sabotaje, ni de que la aparición de las algas se deba a fertilizantes lanzados por activistas ecologistas, en contra de las acusaciones sin pruebas lanzadas por Trump.










