Donald Trump quiere cimentar su legado político con obras faraónicas y enmarcarlo con remates dorados en toda la capital. Sin embargo, esas aspiraciones de grandeza se han visto empañadas por la fallida reforma de la piscina reflectante del Lincoln Memorial de Washington. El estanque se ha convertido en una especie de charca triste y medio vacía que, paradójicamente, refleja las políticas erráticas de esta Administración. Un fiasco que el mandatario atribuyó al vandalismo de presuntos opositores a él, pero que ahora queda claro que se trató de un trabajo “chapucero”.
La decisión de remodelar el estanque reflectante nacía del capricho del presidente de equipararla con la que tiene en su mansión de Mar-a-Lago, en Florida. Trump quiso recubrir con una capa de pintura azul –“azul de la bandera estadounidense”– un elemento del patrimonio histórico de Estados Unidos para que luciera mejor de cara a la celebración del 250 aniversario del país el pasado 4 de julio. La pintura, que inicialmente debía costar unos dos millones de dólares, ha acabado costando más de 16 millones, a causa de los problemas que ha acarreado la obra.









