Hace veinte años, en Alemania 2006, la selección de la República Checa jugó su último partido en un Mundial. Perdió ante Italia, hizo las maletas y desapareció de la cita máxima durante dos décadas. El 24 de junio, en el Estadio Azteca, tendrá noventa minutos para que esa historia no termine igual.Chequia llegó a este Mundial por la repesca europea, con triunfo en penaltis ante Irlanda y Dinamarca, todo bajo el mando de Miroslav Koubek, un veterano de 74 años contratado en diciembre pasado cuando el proceso tocaba fondo. Lo que logró fue modesto en forma pero suficiente en resultado: clasificar. Lo que encontró en México ha sido otra cosa.En su debut, Corea del Sur le ganó 2-1 en Guadalajara, con remontada en el segundo tiempo con goles de Hwang In-beom y Oh Hyeongyu. Luego, en Atlanta, Chequia se adelantó al minuto 6 con un zurdazo de Michal Sadílek —el gol más rápido del torneo hasta ese momento— pero Teboho Mokoena igualó de penalti al 83 para sellar un empate que sabe a poco. Un punto en dos partidos. La cuenta es clara: necesitan ganarle al Tri para tener opciones reales de avanzar.El equipo que enfrentará a México no es un conjunto de adornos. Koubek ha construido un bloque sin vocación de dominar la posesión, sin presión alta sistemática, con la paciencia de quien espera el error ajeno para castigarlo en transición. El arma más clara está en la altura: cuatro de sus titulares habituales superan el metro noventa y en cada pelota parada el peligro es real.Tomáš Chorý, delantero del Slavia Praga, mide 199 centímetros. Schick, Krejčí y Souček llegan a los 191 o 192. Contra ese perfil físico, la defensa mexicana tendrá que ser más disciplinada que nunca en las marcas dentro del área.La figura es Patrik Schick. Con 56 juegos internacionales y 26 goles en la absoluta, el delantero del Bayer Leverkusen registra una tasa de casi medio tanto por partido que pocos delanteros europeos de su generación pueden igualar. Sabe imponerse en el juego aéreo, sabe asociarse en espacios reducidos y sabe aparecer cuando el partido se cierra. Llega al Azteca sin anotar en este Mundial. Eso, en un jugador de su naturaleza, es más una advertencia que una debilidad.Detrás de él, el motor es Tomáš Souček: 93 juegos internacionales, 17 goles, diez años al servicio de la selección. Mediocampista del West Ham, grande y con llegada al área rival, capaz de aparecer en el momento menos pensado. El capitán es Ladislav Krejčí, central del Wolverhampton con 191 centímetros y 28 partidos internacionales: el hombre que marcó el gol decisivo en la prórroga ante Dinamarca durante el repechaje. En el mediocampo, Vladimír Darida —35 años, 80 internacionales, ocho goles— aporta la experiencia de quien lleva más de una década en la selección; el otro extremo generacional lo representa Hugo Sochůrek, del Sparta Praga, nacido el 7 de junio de 2008: diecisiete años y un solo internacional antes de este torneo.El esquema ha oscilado entre el 4-2-3-1 habitual y el 3-4-2-1 que usó en los playoffs, siempre con una mentalidad defensiva de base. Contra México —ya clasificado y con el liderato del grupo asegurado— lo más probable es que Koubek los lance con más hombres arriba que de costumbre. La desesperación obliga.El antecedente más recordado entre ambas selecciones en Mundiales se remonta a Chile 1962, cuando México ganó 3-1. Esa tarde también, como ahora, los checos llegaban con la soga al cuello.La diferencia es el escenario. El Azteca, con más de 80 mil personas vestidas de verde, no es lugar para los que necesitan un resultado. Pero Chequia lleva veinte años esperando esta noche. Lo que no puede comprar el tiempo, a veces lo resuelve la desesperación.
El último tren de Chequia
Hace veinte años, en Alemania 2006, la selección de la República Checa jugó su último partido en un Mundial. Perdió ante Italia, hizo las maletas y desapareció















