Quedas con alguien a tomar un café, quizás por primera vez, común en tiempos de aplicaciones de citas. Conversáis y, si la cosa va bien, colocas breves fragmentos de risa suave al final de sus frases. “Te escucho”, “me gusta lo que dices”, interpreta, y te devuelve más risas en instantes elegidos, midiendo volumen y duración. A veces, incluso, reís en sincronía. Pero, en un momento dado, una anécdota certera te arranca una carcajada contagiosa. Se añade así un eslabón a vuestro vínculo, sea añejo o incipiente, mediante un mecanismo espontáneo de conexión social que existe desde hace más tiempo que nuestra especie. Al llegar a casa te sientes muy bien y, por un momento, hasta has olvidado el dolor de espalda con el que amaneciste, y no es casualidad, sino fruto de la evolución.Nos reímos casi desde que nacemos. Es más, lo hacemos desde antes de ser humanos, como demuestran los estudios comparativos con nuestros congéneres simios y otros carnívoros, que juegan a pelearse y alivian la tensión con expresiones faciales que nos resultan familiares. “La risa espontánea se origina en esos juegos y funciona como señal de que, aunque algún golpe llegue a doler, la intención sigue siendo amistosa”, explica Fausto Caruana desde el Instituto de Neurociencias en Parma, Italia. Este neurocientífico cognitivo acaba de publicar un estudio sobre las bases cerebrales de nuestra risa junto a Sophie K. Scott, del University College de Londres y experta en la misma área. Ambos sugieren en Trends in Neuroscience, de la prestigiosa editorial Cell Press, que existen dos circuitos bien diferenciados detrás de la risa espontánea y de la voluntaria. Esta diferenciación ya existía desde la perspectiva clínica y la comportamental, pero ahora su revisión, de una treintena de artículos de este siglo, las vincula a dos redes cerebrales que gobiernan nuestra principal expresión de felicidad y disfrute. Asomarse al cerebro en busca de la risaLos estudios que recoge esta revisión se han hecho en la fase previa a la cirugía de pacientes con epilepsia resistente a los fármacos. Una vez abierto el cráneo, previa sedación profunda, se les despierta para observar sus reacciones motoras, cognitivas y emocionales ante la estimulación eléctrica de distintas regiones del cerebro. Esto, que por supuesto se controla para evitar cualquier daño, ha permitido mapear la risa que estalla como un acto reflejo, alejada de las áreas vinculadas al lenguaje, pero relacionada con movimiento faciales y emociones heredados de nuestro linaje animal. Y han podido diferenciarla de aquella que elegimos emitir como parte de nuestro discurso y que sí proviene de las áreas donde elaboramos la expresión verbal.El mapa de la risa emerge de la revisión que Caruana y Scott han hecho de este tipo de intervenciones virtuosas, a las que añaden estudios en modelos animales y una perspectiva evolutiva y neuro-comportamental. Los científicos han logrado dibujar así “una hoja de ruta integral para comprender la arquitectura neuronal de la comunicación no verbal humana”, reza su artículo. La geografía del encéfalo no tiene una nomenclatura sencilla, pero, básicamente, las protagonistas son dos grandes áreas bien conocidas y asociadas a distintos momentos de nuestra evolución: la red cíngulo-temporal, más antigua, está detrás de la risa espontánea; y el sistema motor-opercular lateral, más reciente, aprovecha las redes del habla para elaborar la risa voluntaria.La risa espontánea, que nace sin premeditarlo mediada por la red cíngulo-temporal, es una vocalización primaria con origen en esos juegos de “peleas” entre animales que buscan evitar agresiones reales, y que en humanos genera vínculos sociales. Pero, además, tiene efecto analgésico, modulando el umbral del dolor. La razón nos la explica Caruana: “Durante la risa espontánea, se modulan los sistemas de la serotonina y las endorfinas responsables del placer que sentimos en presencia de la persona con la que nos estamos riendo. La serotonina fortalece el vínculo social, pero además altera el umbral del dolor, y ahí es donde probablemente se origina el efecto analgésico de la risa”.Por su parte, la risa controlada por el sistema motor-opercular lateral es estratégica y dependiente del contexto, pues se trata de un sistema voluntario, refinado y vinculado con el control motor del habla. Por tanto, tiene detrás una intencionalidad e incluso se coordina con las personas con las que se está hablando. En el estudio señalan que ambos tipos de risa presentan distintas colocaciones de lengua y laringe y que somos capaces de diferenciarlas: la espontánea la identificamos como más auténtica y contagiosa, mientras que la voluntaria podemos asociarla a quien la emite, porque posee señales identitarias gracias a que podemos controlarla, como el habla.La ‘Piedra Rosetta’ de nuestro encéfaloSin embargo, el estudio también detecta una región que conecta ambos circuitos: el área motora suplementaria anterior (pre-SMA). Es interesante descubrir que existen puentes que conectan el “cerebro ancestral” con el más “moderno”, puesto que añade una capa más de complejidad a nuestra mente. En este sentido, Caruana menciona el yoga de la risa (laughter yoga) como ejemplo de cómo nuestro cerebro podría transitar de un tipo de risa a otro, básicamente, convirtiendo una carcajada voluntaria inicial es otra espontánea. “Como ya he mencionado, la activación del circuito de la risa espontánea dispara cascadas de endorfinas, serotonina y dopamina. Un caso interesante aquí es el del yoga de la risa, donde una risa voluntaria colectiva puede derivar en una genuina risa espontánea con potenciales efectos beneficiosos. Esto tiene dos posibles explicaciones: o bien al escuchar la risa colectiva se activan neuronas espejo que reclutan el circuito responsable de la risa espontánea, o bien el área motora suplementaria, que conecta ambos sistemas, es la interfaz neuronal entre ambos tipos de risa”, explica el neurocientífico.Los autores se aventuran a comparar la risa con la Piedra Rosetta, porque “proporciona una ventana única a una extraordinaria variedad de fenómenos”, afirma Caruana. “A través de su estudio, podemos investigar las relaciones sociales, la analgesia endógena, la interfaz entre vocalizaciones y lenguaje, los circuitos neuronales detrás de las emociones y trastornos neurológicos como la epilepsia gelástica, la incontinencia afectiva o la cataplexia, por nombrar algunos ejemplos”, añade. Creen que estudiando la risa podrían llegar a comprender mejor otras vocalizaciones emocionales, quizás con efectos analgésicos similares, pero que no se manifiestan tan fácilmente en pruebas de estimulación cerebral. “Quizás cuando lloramos o gritamos de dolor no solo estamos comunicándolo al resto, sino modulando también ese dolor”, conjetura Caruana.Ejemplos en la cultura popHablar de risa espontánea puede llevar a muchos a recordar algunos famosos ejemplos de la cultura popular. Es casi inevitable pensar en el Joker, a quienes los autores atribuyen ese síndrome de incontinencia afectiva que mencionaba Caruana. Este supervillano de los cómics de Batman y llevado al cine, entre otros, por Joaquin Phoenix en 2019, explotaba en risas, fuera de lugar e incomprendidas, por un posible daño cerebral en la red cíngulo-temporal. Esta risa no era muy contagiosa, como sí lo era, sin embargo, la que hacía flotar en el aire al Tío Albert en Mary Poppins (1964).Caruana alude a otros elementos de la cultura popular cuando se le pregunta por cómo se puede trasladar todo esto a nuestras relaciones cada vez más digitales: “Los emojis ayudan hoy en día a resolver posibles ambigüedades en nuestro comportamiento digital: si le digo a un amigo ´cállate’ o ‘eres un idiota’, puede dudar si voy en serio o en broma. Un emoji que equivalga a la risa es una versión moderna del lenguaje que nuestros ancestros ya hablaban, la función que cumplen en este ejemplo es la misma”.
Una risa ancestral y otra puramente humana nacen en distintas regiones del cerebro
Identifican dos circuitos detrás de las carcajadas involuntarias y de las que emitimos con intención social analizando años de estimulación intracraneal en este siglo












