Con su mirada restrictiva de la catalanidad, Sílvia Orriols y Jordi Aragonès simplemente exacerban un miedo antiguo, el de la frustración del ciudadano que teme un paisaje incierto
“La primera llamada de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos”. La frase corresponde a Umberto Eco y la pronunció en un simposio organizado por la Universidad de Columbia en 1995 —pensado para conmemorar el medio siglo de la liberación de Europa—, intervención traducida por Maria Llopis y editada en 2019 por Ara Llibres con el título Contra el feixisme. Sin duda, las coordenadas del tiempo contribuyen a precisar etiquetas políticas. Pero las palabras lejanas del intelectual italiano no parecen haber caducado en 2026. Más bien aportan perspectiva para diseccionar la naturaleza de fenómenos de nuestro tiempo, ninguno tan dañino para la convivencia en Cataluña como la consolidación de propuestas de extrema derecha, cada vez con más capacidad de anclaje entre nuestros vecinos.
Aliança Catalana, catalogada también como proyecto nacional populista, presentó el viernes en El Born a su candidato a la Alcaldía de Barcelona. La formación de Sílvia Orriols, que se alimenta de expectativas demoscópicas —este julio llegará el primer barómetro del año del CEO, el CIS catalán—, ha confiado en Jordi Aragonès, integrante del núcleo fundador del partido y con pasado en Unió. Ungido después de no encontrar un perfil independiente y conocido, Aragonès ha empezado a desplegar un discurso desacomplejadamente liberal —así lo ha transmitido en sus encuentros con el tejido económico— y discriminatorio frente a los migrantes.







