Opinión
Editorial
EditorialPoco a poco, Argentina ha ido recuperando competitividad y protagonismo, igual que Ecuador, Bolivia y, más recientemente, Chile, debido a los golpes de timón dados por la ciudadanía en comicios libres.
El problema con los discursos populistas de campaña es que tan pronto como sus promotores llegan al gobierno, sus ofrecimientos empiezan a caer en el plano de la realidad, de la limitación de recursos estatales disponibles o, peor aún, como ha ocurrido tantas veces, se asumen millonarios empréstitos para mantener funcionamiento, burocracia, clientelismos o fachadas, y no para impulsar el desarrollo. Al final de tales despropósitos, todo el país queda mucho peor que antes, a lo cual se suman las polarizaciones inducidas, que a menudo se agravan durante las campañas.
Precisamente este ciclo de desencanto y deficiencias onerosas y que representan alto costo de oportunidad fueron el detonante del ascenso y triunfo del abogado penalista Abelardo de la Espriella, el candidato outsider y empresario de Colombia, calificado de ultraderechista, pero que únicamente se apoyó en la crítica de los errores de sus dos antecesores, el rescate de valores tradicionales y la apelación religiosa. Hasta Donald Trump eleva su banderita para atribuirse parte del triunfo de esta plataforma política en Colombia, fácilmente explicable gracias a las fallas de la política tradicional.












