Para Alberto Varas, la arquitectura contemporánea no puede separarse del urbanismo ni del paisaje: las tres dimensiones forman un único sistema proyectual que define la calidad de vida urbana. Recibe a ARQ en su estudio con ventanas sobre la avenida Santa Fe, para conversar sobre cómo vivimos en las ciudades.Su mirada -formada en una tradición que va desde los maestros modernos como Le Corbusier hasta la revisión crítica posterior y macerada en una extensa trayectoria profesional- sostiene que la arquitectura deja de ser un objeto aislado para convertirse en una pieza activa dentro de la estructura de la ciudad y su entorno natural. Para el arquitecto, urbanista y educador, “el arquitecto y el urbanista no pueden seguir siendo cosas separadas: en la concepción de la ciudad, son una sola cosa”.Varas subraya que, a diferencia de las ciudades históricas -que se construyeron durante siglos por acumulación-, la contemporaneidad impuso plazos mucho más breves de transformación.Esa aceleración produjo un fenómeno clave: la convergencia temporal entre arquitectura, urbanismo y paisaje, que permiten que los tres se piensen y ejecuten de manera integrada.Actualmente, afirma, “las personas no eligen solo un edificio para vivir, sino un sistema urbano completo que incluya movilidad, espacio público y acceso a la naturaleza”.En su recorrido profesional, Varas destaca proyectos como el Parque de la Memoria y el Parque de Innovación en Núñez, ambos ganados por concurso, como ejemplos de esa concepción integral, aunque con lógicas opuestas.El primero, con una fuerte carga simbólica y monumental, se define por la relación con el río y el paisaje; el segundo, más funcional, trabaja sobre la densidad y la conexión urbana, con una propuesta de subdivisión parcelaria que dialoga con la trama urbana en una condición de borde. En ambos casos, el espacio público es el corazón del proyecto.Para Varas, los proyectos urbanos son procesos abiertos, sujetos a revisión permanente. “Un proyecto urbano no se termina nunca. No es como un edificio, que tiene un inicio y un final de obra: es un proceso vivo, de revisión constante, porque la ciudad cambia, las necesidades cambian y las decisiones deben poder acompañar ese cambio”, considera.Por eso defiende con firmeza el sistema de concursos públicos, pero advierte que su verdadero valor aparece cuando los autores continúan participando en las etapas posteriores de ajuste y ejecución.La ausencia de esa continuidad -sostiene- explica muchas de las distorsiones que aparecen entre la idea original y la obra construida.“Estoy absolutamente convencido del concurso como herramienta, pero los mejores resultados se dan cuando los arquitectos que ganaron participan después en el desarrollo y el ajuste del proyecto”, opina.Varas destaca el caso de Puerto Madero como un proceso exitoso de desarrollo de un área de Buenos Aires, con un masterplan que se llevó adelante bajo la supervisión de un ente ad hoc.Por el contrario, la mayoría de los intentos suelen quedar en proyecto o fracasan porque “falta el plan, falta el diagnóstico, no puede haber ciudad sin una idea clara de cómo va a crecer”, enfatiza.Para el especialista, todo proyecto urbano “necesita un proceso de acomodación y de seguimiento para estudiar alternativas porque siempre aparecen cosas que no están previstas o necesidades, lo que fuere... simplemente porque los autores del proyecto no han podido desarrollar en profundidad un proyecto en un período tan corto como es el de un concurso”.Los mejores resultados se dan cuando quienes ganaron el concurso son contratados y no quiere decir esto que el proyecto quede exactamente igual, considera.Contra un urbanismo meramente normativoLos proyectos urbanos transitan un proceso de revisión constante. "Basta mirar las ciudades donde en 50 o 70 años se ha cambiado en diversas zonas, por ejemplo, la codificación y lo que eran barrios más o menos bajos, pasan ser un lugar de torres o un gran espacio verde porque se necesitaba”.Sin embargo, el especialista advierte que la ciudad no se construye a partir de códigos, sino de un proyecto conceptual previo: las normas deben ser una consecuencia, no el punto de partida.“La reducción del urbanismo a una cuestión legal -que está definida por alturas, retiros o líneas municipales- empobrece la capacidad proyectual y deja decisiones estratégicas en manos de lógicas fragmentarias”, sentencia.Desde esa perspectiva, rechaza la idea de una carrera de urbanismo separada de la arquitectura, ya que implicaría una “desarquitecturización” de la ciudad.El arquitecto -sostiene Varas- debe tener necesariamente formación urbana porque la mayor parte de la producción contemporánea ocurre en contextos densamente urbanizados.“La formación del arquitecto ya no puede dejar de ser urbana: el mundo contemporáneo está absolutamente ligado a la concentración urbana. Por lo tanto, el peso de lo urbano en la educación de los futuros arquitectos es cada vez mayor”, considera.En este punto acota vehemente: “Lo esencial es el proyecto, las decisiones que se toman para construir... El urbanismo es físico, no solamente normativo. Las normas para edificar son consecuencia de un concepto de proyecto que es muchísimo más amplio, que toma montones de aspectos”.“En un lote donde se construye un edificio, que podía ser extraordinario o malísimo, ¿quién es el que decide qué es? ¿Cuál es el programa? ¿Cuáles son los espacios urbanos que no necesariamente están considerados ? ¿Cómo vive la gente y qué aspiraciones tiene para vivir en comunidad?”, se pregunta.Lejos de demonizar la densidad, Varas la entiende como una condición que puede generar calidad urbana si está bien proyectada.En desarrollos como Puertos o el centro de Nordelta realizados por su estudio para Consultatio, ensaya modelos de “microciudades” con alta densidad, mezcla de usos, cercanía a varios tipos de servicios y una relación controlada con el automóvil, al que busca relegar fuera del espacio cotidiano mediante sistemas centralizados de estacionamiento.Estos modelos, detalla, no replican el centro tradicional ni el suburbio de baja densidad, sino que proponen un equilibrio entre vida urbana y contacto con una naturaleza, muchas veces artificialmente construida.La clave vuelve a estar en el proyecto urbano como sistema, no como suma de edificios. Varas es especialmente crítico del rol actual del Estado en la producción urbana.Señala la falta de planes maestros claros, de diagnósticos de largo plazo y de equipos técnicos estables que trasciendan los cambios políticos.Para él, el Estado debería actuar como un desarrollador más, con visión estratégica; y apoyarse en concursos frecuentes y en arquitectos con rol activo en la gestión pública.“La debilidad de la proyectualidad urbana -dice- explica por qué en países desarrollados existen grandes áreas urbanas de alta calidad y en la Argentina esos ejemplos son escasos”.A su vez, la desconexión entre el inicio y el final de los procesos urbanos genera fragmentación, deterioro del espacio público y pérdida de oportunidades.Varas define el paisaje como una experiencia compleja que incluye lo natural y lo construido. Que se deteriora con rapidez si no existe una ideología de cuidado y calidad.La pandemia, reflexiona, fue una “derrota circunstancial del paisaje”, pero también recordó la importancia de lo que ocurre fuera de la arquitectura. Proyectar, insiste, implica mirar desde adentro y desde afuera: entender cómo se siente, se ve y se vive la ciudad en cada escala.Para finalizar, ARQ le propone describir una ciudad imaginaria ideal. “Tendría agua, edificios con ascensores que suban a mucha altura y arena. Cualquier parecido con Mar del Plata…”.