Un profesor de un amigo mío espetó a sus alumnos esta frase sibilina: “Quien quiera saber lo que es Portugal que vaya a Oriente”. Mi amigo no congeniaba con este maestro suyo, pero, cuando finalmente visitó las distancias de Asia, tuvo que darle la razón. En los países del Sol Naciente, los lusos emiten un resplandor de leyenda: se les tiene un respeto. Ser portugués, allí, significa pertenecer a una ilustre estirpe. Y todo esto se explica contando, por ejemplo, cómo Portugal hizo en el pasado lo que EE.UU. no ha logrado ahora: dominar Ormuz.Mucho bloqueo, mucha amenaza apocalíptica (en realidad, matonería de barra de bar), pero lo de EE. UU. en Irán, y sobre todo en Ormuz, algo tiene de un gatillazo militar. Estoy seguro de que el anterior presidente portugués, Marcelo Rebelo de Sousa, buen bromista, se habría regodeado contando a los mandamases de Washington, con fina ironía, cómo en 1507 la isla fue conquistada por primera vez por los lusos y cómo, a partir de 1515, el reino de Ormuz quedó reducido a una relación de vasallaje con Portugal. Amirhosein Khorgooi / Ap-LaPresseEl marco era este: en 1498, los portugueses habían llegado a India por vía marítima, doblando el cabo de Buena Esperanza. Rápidamente se dieron cuenta de la importancia clave de Ormuz. Controlando la isla, podrían bloquear los itinerarios comerciales que unían Asia y Europa, y aumentar así el flujo económico por la nueva ruta que habían creado. El conquistador de este enclave fue Afonso de Albuquerque, gobernador de la India portuguesa, el más famoso guerrero luso de Oriente, conocido como el Terrible. No se jactaba de reducir a nada milenarias civilizaciones; cortaba, eso sí, las narices y las orejas de los prisioneros que dejaba con vida. Era la marca de la casa y un aviso.Portugal: qué extraño país este que, con una escasa demografía de un millón de habitantes, se lanzó a la conquista del mundo. El siglo XV fue el tiempo del gran viaje: nuestra manera de llegar a la Luna. En 1415, se dio el primer paso, conquistando Ceuta, y a finales de la centuria Portugal tenía el tamaño del planeta. Se trataba de un imperio marítimo, bastante deshilachado: una feroz telaraña. Al fin y al cabo, el borrador de todos los futuros imperios europeos.Jamás fuimos capaces de controlarlo por entero. Funcionó como un gran caserón, un palacio inmenso, que la pequeña familia portuguesa iba ocupando por partes, como esos linajes aristócratas decadentes que ya solo usan un ala de su mansión. El siglo XVI fue el tiempo del Oriente; el XVII y el XVIII, de Brasil, y, a partir del XIX, nos centramos en África, hasta que todo terminó en 1975, tras la revolución de los claveles. En 1986, cambiamos nuestros viejos mapas imperiales por una nueva cartografía europea. Se trata, sin duda, de un atlas más suave y civilizado.Portugal hizo en el pasado lo que Estados Unidos no ha logrado ahora: dominar OrmuzEn el vasallaje portugués de Ormuz, se demuestra que todos los imperios son formas organizadas de piratería. La isla pagaba un tributo anual, que se fue incrementando hasta resultar incomportable. Además, los portugueses construyeron un fuerte, que se mantiene en pie hoy en esta isla árida. Lo más impresionante de este edificio militar son las cisternas, a las que el arquitecto João Campos, que ha estudiado el monumento, llama una “catedral del agua”. De hecho, el agua dulce era un recurso vital en Ormuz, problema que los portugueses resolvieron con este depósito integrado en la fortaleza.Albuquerque conquistó Ormuz en 1515 con 27 naves, 1.500 soldados portugueses y 700 malabares. El asalto tuvo una primera fase, sigilosa y nocturna, en que se construyó, en un plis plas, una primera estructura fortificada en una punta de la isla. Los portugueses eran conocidos en Oriente por levantar fuertes en tiempo récord. Además de su ferocidad, Albuquerque poseía una capacidad estratégica brillante, y Ormuz se transformó en el punto clave de un sistema que incluía las fortalezas de Goa y Malaca, permitiendo el control del Índico.Y es que en todo esto, a pesar de los muchos pecados del imperialismo europeo, había una visión: Realizar en los océanos del mundo lo que griegos y romanos habían hecho alrededor del Mediterráneo. Se diseñaba para Europa un destino planetario, y no el mero ajedrez de sus disputas internas, que no eran más que una encerrona sin porvenir. El ruedo ibérico, para Portugal, quedaba atrás y se abría ante nosotros el mundo entero. Arrancaba una nueva época de la historia. Y lo primero fue controlar uno de los corazones del comercio mundial: el Índico.Sí, es cierto, para conocer Portugal hay que ir a Oriente. A Macao, en China, a Nagasaki, a Malaca, a Goa, en India, a Timor Oriental y, claro, a Ormuz. Y, para gobernar un gran país como EE.UU., uno necesita una visión, un horizonte luminoso. No bastan trucos de póquer. No bastan chapuzas arancelarias y episodios de una película de acción. Hay que saber que Ormuz, cuando Portugal lo conquistó, era un pequeño reino independiente, y no estaba integrado en la poderosa Persia. La última gran visión de futuro que hubo en el mundo la tuvo China, en los setenta y ochenta, con las consecuencias que conocemos. Occidente, recalentado por todo tipo de discursos rencorosos, no necesita odios, sino panoramas y horizontes. En fin, que seamos capaces de inventarnos un nuevo viaje. Cuando uno da con la estrella Polar del porvenir, todo sufre un gran vuelco y, en algunas décadas, asistimos a profundas transformaciones. Esa es la estrella que nos hace falta.