La política tiene una curiosa capacidad para convertir en extraordinario lo que debería ser habitual. Quizá por eso conviene detenerse un momento y valorar lo que ha ocurrido en Madrid durante estos tres años de gobierno de José Luis Martínez-Almeida. Porque, en un país instalado en la excepción permanente, la capital ha ofrecido algo cada vez más escaso: normalidad.Normalidad es que un gobierno gobierne. Que apruebe presupuestos. Que impulse proyectos. Que gestione los servicios públicos. Que se someta al control democrático sin convertir cada decisión en una batalla campal. Parece poco, pero basta con mirar hacia la Moncloa para comprender que no lo es.Mientras Madrid ha seguido avanzando, España ha asistido a una degradación institucional preocupante. Hemos visto cómo se intentaba desacreditar a jueces que investigan asuntos incómodos para el poder, cómo se señalaba a fiscales cuando no actuaban según los deseos del Gobierno, cómo se cuestionaba a los mandos de la UCO por hacer simplemente su trabajo y cómo la maquinaria política se ponía al servicio de la supervivencia de un presidente cada vez más acorralado por los escándalos que afectan a su entorno.No es una cuestión ideológica. Es una cuestión democrática. La normalidad consiste en respetar las instituciones, no en presionarlas. En aceptar los contrapesos del Estado de Derecho, no en convertirlos en enemigos cuando resultan incómodos.Frente a ese clima de sospecha permanente, Madrid ha representado una forma distinta de hacer política. Una ciudad que ha seguido creciendo, atrayendo inversión, creando empleo y ejecutando proyectos sin convertir cada semana en un episodio de tensión institucional. Almeida ha ejercido una alcaldía reconocible, centrada en la gestión y en el bienestar de los madrileños.Por supuesto, toda acción de gobierno es discutible y toda gestión tiene margen de mejora. Pero existe una diferencia evidente entre quien dedica sus esfuerzos a transformar la ciudad y quien dedica buena parte de ellos a protegerse de los problemas que le rodean.Quizá el símbolo más elocuente de este cambio de época sea el progresivo derrumbe de algunos referentes morales de la izquierda española. Durante años, José Luis Rodríguez Zapatero fue presentado como una autoridad ética indiscutible, una especie de conciencia política a la que se recurría para impartir lecciones de democracia y ejemplaridad. Hoy, la imputación que le afecta supone un golpe devastador para ese relato y obliga a muchos a revisar certezas que parecían inamovibles. Cuando quienes se presentan como custodios de la superioridad moral acaban compareciendo ante los tribunales, el pedestal se convierte en escombro.Madrid ha demostrado durante estos tres años que otra política es posible. Una política menos obsesionada con la propaganda y más preocupada por los resultados. Menos centrada en la confrontación y más en la gestión. Menos pendiente de resistir y más decidida a avanzar y a transformar Madrid.En tiempos de ruido, la normalidad se ha convertido en una virtud. Y quizá esa sea la principal aportación del gobierno de Almeida: haber recordado que las instituciones están para servir a los ciudadanos, no para servir a quienes las ocupan.
Tres años de bienestar y normalidad
El portavoz del grupo popular en el Ayuntamiento de Madrid valora los tres años de gestión, proyectos y transformación del actual gobierno municipal de José Luis Martínez-Almeida: 'Ha demostrado que otra política es posible'
Almeida: presupuestos, proyectos, inversión en Madrid durante tres años versus degradación institucional española y presión política sobre jueces. Para CTOs: governance ordinaria y estabilidad institucional atraen talento tech; caos político destruye ecosistemas.












