Las personas no solo quieren votar, también esperan vivir mejor, con seguridad, justicia y oportunidades; cuando la democracia no responde a ello, pierde fuelle. Las libertades democráticas, incluidos los derechos económicos, han de generar mejoras en la vida de las personas. La democracia y el desarrollo no constituyen agendas separadas, sino que se potencian mutuamente. En todas partes del mundo, aunque sea con distinta intensidad, emergen nuevas presiones sobre el sistema de libertades.Las más actuales son: la polarización política creciente que dificulta la construcción de acuerdos; la expansión del crimen organizado y de las economías ilícitas que debilitan las instituciones; las transformaciones tecnológicas y digitales, incluida la desinformación y el impacto creciente y rapidísimo de la inteligencia artificial en el debate político; las migraciones y los desplazamientos que explicitan nuevos desafíos en la intervención política; el cambio climático y la contaminación; etcétera. Estas presiones se han unido a las clásicas de los sistemas democráticos: aumentar el bienestar, reducir las desigualdades, resolver conflictos de manera legítima, adaptarse a contextos de incertidumbre y cambio acelerado.Estas presiones universales tienen uno de los estudios más recientes en América Latina (AL), que sigue siendo la región más democrática del mundo en desarrollo. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha publicado un informe titulado Democracias bajo presión, que habría de ser estudiado en cualquier parte, introduciendo la idiosincrasia de cada lugar. En AL cuatro de cada cinco ciudadanos viven bajo regímenes elegidos democráticamente; sin embargo, crecientes tensiones ponen en riesgo su capacidad para representar a la ciudadanía, gestionar conflictos e incrementar el bienestar. Esta misma institución de las Naciones Unidas lleva décadas advirtiendo sobre la brecha entre la ciudadanía electoral y la ciudadanía social. Un informe del PNUD del año 2004, titulado La democracia en América Latina. Hacia una ciudadanía de ciudadanas y ciudadanos, supuso un gran aldabonazo en los países de la región y sus gobernantes. Actualizado, indica algo que se podría repetir tal vez en cualquier lugar: aunque los ciudadanos siguen considerando a la democracia como la forma preferida de gobierno, crece la insatisfacción con su funcionamiento. Más del 70% percibe que los gobiernos responden a intereses particulares. La región ha logrado expandir y sostener la democracia como forma de gobierno (con todas las imperfecciones que se manifiestan hoy, cuando apenas solo los dos gigantes, Brasil y México, resisten el ataque de una extrema derecha cada vez más coordinada internacionalmente entre sí y con el Gobierno del vecino del norte; una extrema derecha que muchas veces gana y otras logra desplazar el debate público, obligando al resto de los actores a asumir parte de sus postulados).Pero que la democracia haya perdurado no significa que esté asegurada su persistencia. La estabilidad electoral no solo se traduce en sistemas capaces de responder de manera efectiva a las expectativas ciudadanas. Amplios sectores perciben que sus voces no están adecuadamente representadas, que los beneficios del desarrollo se distribuyen cada vez de modo más desigual y que las decisiones públicas suelen reflejar intereses acotados.En estos momentos, América Latina y el Caribe sufren una nueva pesadilla: la tendencia de la actual Casa Blanca de reivindicar el supuesto derecho de EE UU a actuar fuera de sus fronteras contra cualquiera que considere una amenaza para su seguridad nacional. Es una forma de unilateralismo (o más claramente, de imperialismo) con la que el trumpismo decide a quién puede perseguir y eliminar fuera de sus fronteras. El fantasma que se creía enterrado ha resucitado: decidir qué gobiernos son aceptables, qué amenazas justifican una acción unilateral, y qué intereses propios están por encima de la soberanía ajena.A final de este año hay que elegir un nuevo secretario general de las Naciones Unidas. Se está tratando de que quien sustituya a António Guterres sea una mujer por primera vez en las más de ocho décadas de la organización multilateral. Trump querría cerrar la ONU y sustituirla por un “consejo de paz”, elegido por cooptación. Evitar la ley del más fuerte es otra de las presiones que sufren las democracias de hoy.
Democracia bajo presión: se extiende la brecha entre la ciudadanía electoral y la social
Los ciudadanos esperan que nuestro sistema de libertades les permita vivir mejor, con seguridad, justicia y oportunidades. Cuando no se responde a ello, aparecen los problemas








