Hay momentos en la historia en los que las sociedades se miran al espejo y no terminan de reconocerse. Europa —ese espacio político y moral que durante décadas ha sido referencia de democracia, progreso y convivencia— atraviesa uno de ellos. Y no es solo una cuestión institucional o económica: es, sobre todo, una inquietud cívica, casi íntima, sobre la salud de nuestras democracias.Europa, cuna histórica de la democracia representativa, atraviesa un momento de inquietud profunda. No se trata únicamente de una crisis coyuntural asociada a ciclos electorales o a tensiones socioeconómicas derivadas de la globalización. Lo que está en juego parece más estructural: la erosión progresiva del sentido mismo de la democracia, de su auctoritas institucional y de las reglas de gobernanza que, durante décadas, han garantizado estabilidad, prosperidad y cohesión social.Esta preocupación no es ajena a lo que sucede en otras latitudes del mundo occidental. La fragmentación política, el auge de discursos polarizantes y la creciente desafección ciudadana hacia las instituciones dibujan un paisaje en el que los consensos básicos —aquellos que sostienen la convivencia— parecen resquebrajarse. Se debilita así el principio de representación y, con él, la confianza en que las instituciones actúan en beneficio del interés general.Esta reflexión interpela también a nuestras democracias. La política española no es una excepción a esta dinámica. La legislatura actual se desarrolla en un clima de elevada tensión política, donde el debate público se ha visto progresivamente sustituido por una lógica de confrontación permanente. Un “guerracivilismo dialéctico”, en el que la deslegitimación del adversario sustituye al reconocimiento de su legitimidad democrática, amenaza con convertirse en la nueva normalidad. Cuando la política se reduce a una disputa identitaria constante, el espacio para la deliberación racional y el acuerdo se estrecha peligrosamente.En este contexto cabe formular una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿ha llegado el momento de adoptar medidas conscientes y deliberadas para construir un dique de contención frente a este deterioro? No se trata de limitar el pluralismo ni de neutralizar el conflicto inherente a toda sociedad democrática. Muy al contrario: se trata de preservar las condiciones que hacen posible ese pluralismo, de reforzar las reglas del juego que aseguran que la discrepancia no derive en ruptura.Ese dique no puede ser únicamente jurídico o institucional. Requiere también de un compromiso ético y cívico por parte de todos los actores: representantes políticos, medios de comunicación, sociedad civil y ciudadanía. Supone reivindicar la centralidad de la verdad frente a la desinformación, del respeto frente al insulto, y del acuerdo frente a la imposición. Supone, en definitiva, recuperar la conciencia de que la democracia no es solo un procedimiento, sino un valor compartido que exige cuidado constante.Asimismo, resulta imprescindible reforzar la gobernanza colaborativa. Los grandes desafíos de nuestro tiempo —transición energética, transformación digital, cohesión territorial, desigualdad social— no admiten respuestas simplistas ni soluciones unilaterales. Exigen cooperación entre niveles de gobierno, entre sector público y privado, y entre diferentes sensibilidades políticas. Sin esa lógica de colaboración, la acción pública se vuelve ineficaz y la frustración ciudadana se intensifica.Europa ofrece, en este sentido, una lección valiosa. Su propio proceso de integración ha sido un ejercicio continuo de construcción de consensos entre diferencias profundas. Tal vez sea momento de recuperar ese espíritu, de trasladarlo a las dinámicas internas de nuestros sistemas políticos, y de recordar que la fortaleza democrática no reside en la uniformidad, sino en la capacidad de gestionar la diversidad sin fracturarse.Porque, en última instancia, el riesgo no es solo institucional. Es cultural y cívico. Si se deteriora el respeto a las reglas compartidas, si se normaliza la descalificación sistemática del otro, si se pierde la confianza en las instituciones, el edificio democrático comienza a vaciarse por dentro.La democracia no se rompe de un día para otro. Se desgasta lentamente, casi imperceptiblemente, en la normalización del insulto, en la banalización de la verdad y en la pérdida de respeto a las reglas comunes. Por eso, actuar a tiempo no es alarmismo, sino responsabilidad. Porque, en última instancia, la pregunta no es solo qué democracia tenemos, sino qué democracia queremos legar. Y la respuesta a esa pregunta ya no puede esperar.De ahí la urgencia de actuar. No con soluciones improvisadas sino con una renovada responsabilidad democrática. Construir ese dique de contención implica, ante todo, recuperar la conciencia de que la democracia es un bien frágil que no se garantiza por inercia. Y que, como tal, requiere compromiso, ejemplaridad y una voluntad decidida de preservarla para las generaciones futuras. En momentos tan complejos como convulsos, es exigible a toda representación de la ciudadanía una reflexión sobre la dignificación del ejercicio de la política, y un Gobierno democrático ha de ser el máximo exponente de ello en el marco de un Estado de derecho. En el contexto actual, a punto de cumplirse tres años desde que se convocaran las últimas elecciones generales celebradas en el Estado español, es el momento de decidir sobre la legislatura española, si es que así se puede denominar por su actividad parlamentaria. Hay quien, interpretando legítimamente la situación desde un punto de vista partidario plantea la necesidad de una cuestión de confianza y hay quien, ante la opción de una moción de censura se pregunta como alternativa por qué no proponer una moción de censura instrumental con una persona candidata cuyo objetivo único sea que inmediatamente de salir elegida disuelva las Cortes y convoque elecciones generales. Considero la cuestión de manera estructural, más profunda. Con el calendario presente y próximo, y teniendo presentes las circunstancias que vienen provocando una enorme tensión y su derivada social en forma de un alto nivel de desconfianza ciudadana, ni soluciones como una cuestión de confianza o una moción de censura, ni mucho menos la opción de persistencia en la dinámica presente, se antojan como válidas. Es tiempo de decir con responsabilidad: “Hasta aquí hemos llegado de esta forma, y presentémonos a la ciudadanía con compromiso renovado por la democracia”.
Democracia en riesgo: la urgencia de un dique cívico
Es el momento de la responsabilidad, de reconocer que hasta aquí hemos llegado e ir a elecciones








