En tiempos acelerados, escuchemos e impliquemos a los ciudadanos más allá del voto: así se reanima una democracia exhausta
Nos hemos alejado de las buenas intenciones iniciales y acabamos confundiendo democracia con votar. Durante 1945, la idea de democracia se asoció a algo más que a elecciones: implicaba un compromiso con la igualdad y con la protección frente a los efectos excluyentes del mercado y de la competencia. Se incorporaron así en las constituciones de la posguerra sistemas de derechos sociales, negociación colectiva e instituciones internacionales que intentaban evitar que los inevitables conflictos se desbordaran. Esa arquitectura no era perfecta, pero transmitía la idea de que las mayorías podían influir en el rumbo de sus sociedades y que existían “amortiguadores” frente a las crisis. Nosotros llegamos tarde a ese modelo, pero llegamos. Ahí está el artículo 9.2 de nuestro texto constitucional, que hace referencia a la participación política, social y cultural de los ciudadanos.
Hoy el contexto es muy distinto. Vivimos en pleno cambio de época y padecemos lo que Hartmut Rosa denomina “sociedad de la aceleración”. No es solo que la tecnología cambie rápido. Cambia el ritmo de casi todo: el trabajo, los modelos de negocio, los lenguajes, los marcos culturales. Lo que ayer era estable hoy queda obsoleto en pocos meses, semanas o incluso días. Esta aceleración no solo empeora la erosión ambiental, sino que crea desajustes permanentes entre la velocidad de los procesos económicos y tecnológicos, la capacidad de adaptación de la gente y la velocidad, mucho más lenta, de las instituciones democráticas.






