Minutos antes de las 21.00 apareció, guitarra en brazo, vestido de negro, cadenita al cuello y gafas de sol, en lo alto de una escalera. El rugido que salió de las 55.000 almas que abarrotaban el estadio Metropolitano de Madrid es el que consiguen despertar solo las grandes estrellas. Y Alejandro Sanz (Madrid, 57 años) lo conoce perfectamente. Su historia con la capital española es una historia de idilio. Fue ahí donde se disparó su carrera en 2001 con un concierto en el estadio Vicente Calderón abarrotado de público, algo hasta entonces solo al alcance de los Rolling Stones. Y ahí también, en el mismo escenario 16 años después, despidió la historia musical del emblemático campo antes de ser demolido, con un homenaje a su álbum Más, el disco español más vendido de la historia —2,2 millones de copias en España—.Este sábado llegaba a su ciudad de nuevo, pero con 37 años de carrera a cuestas y una pregunta, la que le da nombre a su nuevo disco y a la gira con la que ya recorrió Latinoamérica antes de recaer en España, merodeando: ¿Y ahora qué?La clave de un éxito tan sostenido la tiene su legión de devotos seguidores que horas antes de su concierto en Madrid ya llenaban la explanada del Metropolitano con música y camisetas dedicadas al cantante. “Hemos envejecido, y él también, pero hemos sentido más sus canciones, nos han pasado las cosas que cuentan. Las entendemos mejor”, explica Katerina, de 40 años y que ha viajado junto con un grupo de amigas desde Gran Canaria —“Porque él nunca va a Canarias, pon ahí que no va nunca”, reclama socarrona— al concierto. Su grupo, también representado por el de Carmen Ramjo y sus 12 amigas, mujeres de entre 40 y 50 años que han dejado “a los hombres en casa”, encarna perfectamente a la generación que ha acompañado al cantante éxito tras éxito. En el concierto hay una inmensa mayoría de mujeres, casi todas de 40 o cincuenta y pocos años, que se partieron el corazón al mismo tiempo que la canción. Y desde entonces, hasta hoy, la relación sigue firme. “Me ha acompañado en cada etapa de mi vida. Cada canción significa algo”, dice Ramjo.También hay hombres, desde luego, pero basta acercarse a ellos para entender que, en muchos casos, es la pareja quien más idolatra al madrileño. A Julián de Pinto se le escapa un: “¡Ah! esa sí me gusta", mientras camina de la mano con Yolanda y de los parlantes de uno de los puestos de comida sale Corazón partío. “Bueno, me gusta mucho también, pero la fan fan es ella”, matiza después. Cuesta encontrar, entre 55.000, personas que hayan nacido antes de ese histórico álbum Más (1997), pero hay algunas. Ema y Lucía, de 12 y 18 años, vivieron ambas su primer concierto de Alejandro todavía en la panza de su madre. Desde entonces la acompañan a cada espectáculo en lo que ya se ha convertido en un ritual. “Las tengo un poco machacadas”, reconoce ella ante la risa de sus hijas. Para la madre, Susana, vivir esta experiencia significa “juventud”. Otras cambiarán la palabra por “nostalgia”. Lo de esta noche en Madrid fue un triunfo de la nostalgia.Y Sanz lo sabía. Articuló un concierto basado en sus grandes éxitos, clásicos obligatorios, y con algunas muestras de su nuevo disco —solo cinco de 21 canciones interpretadas—. Empezó con Desde cuando, ante el baile de miles de abanicos que recibían la primera ola de calor apabullante del año en la capital española. “Gracias a todos los que habéis venido, de donde sea que hayáis venido. Volver a casa y sentiros así es una cosa increíble. Os quiero mucho. Viva la música, quiéranse sin permiso y a gozar”, dijo el cantante. Siguió con Capitán Tapón y Por bandera, esa oda a la paz que compuso en 1994 y que, dijo, “lo peor de todo es que la letra hoy cada día tiene sentido”. Y, casi sin tregua, despachó 15 canciones en apenas hora y cuarto. “Queremos seguir cantando, pero a las 23.00 nos echan los vecinos”, contó el artista en algún momento. De sus últimos trabajos de estudio —sin contar ¿Y ahora qué?— solo sonaron, además de Capitán tapón, de Sirope (2015), Mi marciana, de La música no se toca (2012). El artista de este sábado, a diferencia del de décadas antes, fue uno, al menos así lo sintió su gente, más maduro y desmitificado. Su serie documental estrenada este año en Movistar Plus+ y donde habla abiertamente de sus problemas de salud mental lo ha acercado más a su público. Lo explica desde las gradas María del Cielo Moreno, que lo sigue desde que tenía 12 años: “Se ha sincerado mucho con todo. Siempre ha sido cercano, pero ahora es mucho más. Esto es como los matrimonios, hemos tenido buenas y malas etapas, pero este concierto es especial”.Fue cercano a pesar de las dimensiones del estadio y de una acústica deficiente —“No se escucha nada”, dijo alguien en algún momento. “Nada, nada”, le respondió otro—. A Sanz le bastó para cautivar su presencia relajada en escena. Bailó, se paseó por el escenario alentando a su público, interactuó con él de vez en cuando y rascó la guitarra cada vez que pudo. Apostó también por una escena sencilla, con un grupo pequeño de músicos y proyecciones que acompañaban cada canción, en un concierto que se desarrolló, casi completo, con los últimos rayos de luz solar. “Esto de tocar de día es un poco nuevo para mí, son más bonitas las luces. Me he puesto bronceador solar y las gafas de sol”, bromeó Sanz. Los decibeles, sonoros, pero también emocionales, subieron mucho en el último tramo. Tocó con más calma en el ritmo que antes, dejándose aclamar por el público entre canción y canción. El estadio se puso en pie con Deja que te bese y así siguió hasta el final. Un tramo donde el madrileño también interpretó Aquello que me diste, Y, ¿si fuera ella?, con el estadio cantándola por él a todo pulmón, Amiga mía, o Las guapas, la canción más coreada de su último disco. Ya con la noche bien entrada, como le gusta a Sanz, se sentó al piano, solo, con una luz cenital iluminándolo, a interpretar ¿Lo ves? Los más apasionados, enfocados por las cámaras del estadio, no lograban contener las lágrimas mientras se llevaban las manos a la cabeza. Después, larga ovación y vítores con su nombre. Había que terminar, nunca hubo duda de ello, tras dos horas exactas de concierto, con ese himno de la música española que es Corazón partío. Aunque interrumpido a la mitad para terminarlo con una versión electrónica que puso a bailar al estadio entero. ¿Y ahora qué?, se pregunta Sanz a sí mismo con su nuevo disco. Este sábado en Madrid, sus incondicionales parecen haberle cantado la respuesta: ahora, Alejandro, a seguir llenando estadios. Al menos mientras las canciones resistan.
Alejandro Sanz cautiva con la nostalgia en su concierto en Madrid
El cantautor español congrega a 55,000 personas en el estadio Metropolitano en una noche marcada por sus grandes éxitos, que resisten en el presente









