La naturaleza es lo otro de lo humano. Al mundo natural se lo explota, se lo ignora, o se lo pinta. La pintura como paisajismo: la naturaleza devenida imagen artística. Así, lo natural –un cordón de montañas, el lago resplandeciente, los árboles en su consistencia de madera y sus hojas delicadas– se convierte en paisaje pintado. El alfabeto natural, de Pablo Gianera, piensa la naturaleza pintada del paisaje. Gianera es autor de varias publicaciones, traductor y docente de Estética en el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla” de la Ciudad de Buenos Aires. El paisajismo crea una representación del mundo natural, y de este modo nos devuelve un bien espiritual: la contemplación de lo bello natural. Porque, como señala el autor, “es por intermedio del paisaje que se alcanza lo propio de la belleza natural, que consiste en ser lejana, pues la lejanía es fundamento de todo lo bello”. En lo “lejano” también Walter Benjamin encontraba una de las cualidades distintivas del aura, ese magnetismo singular de una obra de arte o de un paisaje, cuya especificidad se define exactamente como la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que esta pueda estar. La lejanía nos acerca a la riqueza de lo diferente; en este caso, a la visión del paisaje como conjunción de cielo y tierra; y al meditar en la experiencia estética del paisaje, regresamos inevitablemente a una pregunta cardinal: “¿La belleza habita en lo percibido o en quien percibe?”.
El poder del paisaje
La naturaleza es lo otro de lo humano. Al mundo natural se lo explota, se lo ignora, o se lo pinta. La pintura como paisajismo: la naturaleza devenida imagen artística. Así, lo natural –un cordón de montañas, el lago resplandeciente, los árboles en su consistencia de madera y sus hojas delicadas– se convierte en paisaje pintado. El alfabeto natural, de Pablo Gianera, piensa la naturaleza pintada del paisaje. Gianera es autor de varias publicaciones, traductor y docente de Estética en el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla” de la Ciudad de Buenos Aires. El paisajismo crea una representación del mundo natural, y de este modo nos devuelve un bien espiritual: la contemplación de lo bello natural. Porque, como señala el autor, “es por intermedio del paisaje que se alcanza lo propio de la belleza natural, que consiste en ser lejana, pues la lejanía es fundamento de todo lo bello”. En lo “lejano” también Walter Benjamin encontraba una de las cualidades distintivas del aura, ese magnetismo singular de una obra de arte o de un paisaje, cuya especificidad se define exactamente como la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que esta pueda estar. La lejanía nos acerca a la riqueza de lo diferente; en este caso, a la visión del paisaje como conjunción de cielo y tierra; y al meditar en la experiencia estética del paisaje, regresamos inevitablemente a una pregunta cardinal: “¿La belleza habita en lo percibido o en quien percibe?”.










