Un jardín precisa del agua tanto como del tiempo. Con esas necesidades eternas, ¿exactamente cuál es su contemporaneidad? Un libro trata de explicarlo
El paisaje es la arquitectura más viva. También la más humana porque muta, que es lo que significa estar vivo. Es además la más perfecta porque, con los cíclicos cambios de estación, ofrece la ilusión de volver a empezar. ¿Se puede pedir más?
Cada época ha tenido su jardín. Y cada momento de la historia ha quedado retratado por su relación —el trato de abuso, veneración, sobreprotección o culto— con la naturaleza. Así, el grandeur francés —los parterres para ordenar lo orgánico y la voluntad de control que llevó a desviar ríos para idear los jardines de Versalles— contrastan con la construida naturalidad del jardín inglés, inspirado en los prados abiertos de la naturaleza.
A lo largo de la historia, las modas fueron, como la propia naturaleza, cíclicas: los jardines árabes daban tanta importancia al sonido y el frescor del agua como a la sombra de los árboles. Los medievales estaban vallados (hortus conclusus) para protegerse del bosque y eran pragmáticos: crecían hierbas medicinales. Pero fueron, antes, los griegos los que democratizaron los jardines inventando las macetas.






