Esta semana pensé que por fin había ganado las discusiones sobre extremismo y redes sociales. Acostumbro a ir a contracorriente cuando se debate la gran cantidad de opiniones extremas, violentas y desagradables que hay y la proporción desmesurada de fascistas, negacionistas, conspiranoicos y terraplanistas respecto a lo que ves en la calle. Siempre digo que es el perverso y manipulador algoritmo de TikTok, Instagram, Facebook y, sobre todo, X, el que nos lo hace creer, lo que da una impresión de asfixia ideológica. Se me responde que es al revés: la gente te miente en la cara, pero se muestra tal como es bajo un avatar. Llibert TeixidóPues no. Una revista digital especializada en temas de salud, Plos Digital Health, ha publicado esta semana el siguiente artículo: “La protección solar es promovida en TikTok de forma apabullante, pero los contenidos con desinformación tienen más audiencia”. La revista ha estudiado más de un millar de vídeos sobre protección solar. Un indiscutible 86,6% promovían la protección con cremas y similares. Solo un 6% criticaba estos sistemas o difundía directamente bulos contra la fotoprotección. Pero, ¡oh, sorpresa!, estos contenidos muy minoritarios eran los que más difusión tenían.Los falsos contenidos son los que más se comparten y acumulan más ‘me gusta’Pero la derivada, que me ha hecho perder de nuevo el debate, es que, más allá de las trampas del algoritmo, estos falsos contenidos son los que más se comparten y acumulan­ más me gusta. Los usuarios prefieren dar visibilidad a los bulos que a la información veraz. Sí, las redes nos ofrecen primero escándalos y mentiras, pero es nuestra la responsabilidad de darles visibilidad.¿Por qué nos fascina el despropósito, la anormalidad, la extravagancia? ¿Por qué perdemos tiempo con las tonterías de un futbolista conspiranoico, sin formación científica, y damos a sus opiniones el mismo rango de atención que a un especialista? ¿Cómo nos atrevemos a comparar falsedades y verdades? No solo regalamos nuestra atención y tiempo a las redes, también sostenemos el ego y el negocio de unos pocos y destruimos el espíritu crítico y la confianza en la información de toda la sociedad. Todos somos ovejas, pero hemos decidido que hay que creer y apadrinar a los ­unicornios.