La charla con el bailaor y coreógrafo Israel Galván (Sevilla, 1973) no tiene lugar ni en el salón de un hotel ni en el camerino de un teatro, escenarios habituales de este tipo de entrevistas. La mantenemos el 17 de junio en una funcional oficina del Parc de Recerca Biomèdica (PRB), institución barcelonesa donde el artista se ha reunido con un grupo de investigadores.Su gira catalana de esta semana no pasará ni por el Mercat de les Flors, ni por el CCCB, ni por el Grec, ni por el Tablao Cordobés. La cosa va de batas blancas. Por la tarde está previsto que visite el Centre de Regulació Genòmica (CRG). Al día siguiente, el Teatre Museu Dalí de Figueres y el Barcelona Supercomputing Center (BSC).Semejante inmersión en la ciencia puntera forma parte del acuerdo de colaboración de Galván con Platform Dalí, un proyecto revolucionario impulsado en Barcelona por la Fundació Gala-Salvador Dalí para fomentar el diálogo artístico-científico. Su directora, Mónica Bello, nos deja a solas en el despacho durante la entrevista. Galván, vestido para sobrevivir en una Barcelona tórrida, cuenta maravillado lo que acaban de explicarle.“He pasado una hora increíble. ¿Qué por qué me he metido en esta colaboración? Yo he dicho que sí a esto porque estoy buscando siempre maneras de sobrevivirme a mí mismo, a ver qué me invento. Me han explicado (los científicos del PRB) por qué Carmen Amaya bailaba encorvada. Porque parece que te encorvas para que el zapateado suene mejor; le das con los riñones... Me han explicado cómo se comportan las células y el proceso celular de mi mano cuando se mueve. Yo no sé lo que saldrá de esto, si será una pieza o qué será, pero algo saldrá seguro”.Platform Dalí prevé que en unos meses se concrete algún tipo de espectáculo motivado por la experiencia de estos días: una de las premisas del programa es ir más allá del concepto de laboratorio y abrirse al público.Israel Galván, en una visita reciente al Mercat de les Flors Joan Mateu Parra / ShootingNo hace falta profundizar mucho para intuir que Galván hará estos días muchas preguntas que no encontrarán respuesta. Al menos, no en el corto plazo. Serán preguntas que sin duda aportarán una nueva dimensión al trabajo de los científicos, pero, sobre todo, que le servirán a él para plantearse nuevas líneas creativas.“Han apuntado con mucho interés cosas que les he explicado sobre lo que me pasa. Les he dicho que cuando me miro en el espejo después de trabajar en el gimnasio me veo envejecido. En cambio, el ejercicio del baile me rejuvenece. Al acabar, la gente me ve más joven, más alto, con la piel más fina. El sudor del baile no tiene nada que ver con el sudor del gimnasio. El sudor del baile es más espiritual”.“He preguntado a los científicos por qué el sudor del baile no es como el del gimnasio, por qué es más espiritual”Horas después, cuando converse con Juan Valcarcel, jefe de grupo del Centre de Regulació Genòmica, le preguntará si el hecho de no cansarse mientras baila se debe a “la posibilidad de que mis células sepan internamente que el movimiento que hago es artístico y no funcional”. Mónica Bello comentará después que estos argumentos le parecen muy dalinianos.Su visita al BSC dará pie a otras conversaciones infrecuentes. Javier Aula-Blasco, investigador principal en el AI Institute, le comentará, a modo de trabalenguas: “Un modelo (de lenguaje) generativo generalista generaliza a la hora de generar”, refiriéndose a que, cuando se entrena un modelo de IA a partir de estereotipos, la Inteligencia Artificial generaliza, homogeneiza. A lo que Galván responderá que “esto es lo que pasa cuando paseo por la Rambla y todas las flamencas retratadas son la misma Carmen de Bizet, de modo que, tras mucho tiempo generando el mismo estereotipo de bailaora, nos hemos alejado mucho de la gran diversidad de cuerpos y de poses que hay entre ellas”.Mucho se ha debatido sobre el impacto real de los escenarios de colaboración que se abren entre los científicos y tecnólogos, por un lado, y los artistas, por otro. La inusual concentración de centros de investigación de primer nivel que se da en Barcelona (y la mente abierta de muchos de sus responsables) ha propiciado que ese intercambio fluya. En este marco se entiende la apuesta de Platform Dalí por sumar a Galván a su programa.Es evidente que artistas barceloneses muy dispuestos a explorar fronteras se benefician de este entorno de conocimiento avanzado: han enriquecido con él sus proyectos. También surgen nuevos perfiles de creadores que se definen ya por esa condición híbrida: no son ni artistas, ni tecnólogos, ni científicos, sino todo combinado. Con un componente significativo de activismo. Pero no está tan claro hasta qué punto en las instituciones científicas acabará calando ese influjo del arte.Lee tambiénLos científicos que han tenido estos días la oportunidad de departir con Galván han conocido a un creador en estado puro, un arquitecto de la performance. La danza, que es el movimiento hecho ritual, constituye también la expresión artística más esencial del ser humano y, por lo tanto, la primera línea de defensa del arte frente al poder devastador de la Inteligencia Artificial. Y el bailaor sevillano lo sabe.Una experta que ha seguido su trayectoria subraya que Galván ha sido siempre un creador dispuesto a dejarse sorprender. Que es seguramente lo que habrán percibido sus interlocutores de estos días. Una capacidad de asimilar influencias diversas para confeccionar con ellas unos espectáculos que nunca podría concebir la IA más avanzada.Porque, cuando el artista alucina, lo hace a sabiendas (viéndolo en acción, podría aventurarse que Galván baila conjeturas) y no porque esté obligado, como le ocurre a veces a la IA generativa, a inventarse respuestas revestidas de coherencia cuando no tiene ni idea de lo que le están hablando.Si no sabe la respuesta, el bailaor coreografía conjeturas, mientras que la IA es capaz de inventárselaEn pleno rearme tecnológico de la UE, cuando se intenta fomentar una soberanía digital europea alternativa a las plataformas desalmadas de Estados Unidos y China, es importante escuchar a los artistas por su capacidad de imaginar escenarios que nos trascienden. No puede concebirse una soberanía tecnológica justa que no tenga alma. ¿Flamenca? ¿Por qué no?Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: 'Siete días en la Riviera'