David Álvarez | Peralada (Girona) (EFE).- Algo pasaba en Peralada pocas horas antes de un nuevo espectáculo de su festival, porque las cigüeñas volaban alborotadas, quizá sabedoras de que un nido, el que daba nombre en catalán a la coreografía de Aleix Martínez, iba a alcanzar talla mundial en manos de catorce estudiantes de danza.

No menos mérito, pero tampoco más, ha tenido la aportación de los bailarines del Ballet de Hamburgo, decididos a demostrar que la transmisión de conocimiento, en el ámbito artístico, puede ser sublime.

Y lo mismo se puede aplicar a la formación musical, donde cuatro profesionales han querido compartir protagonismo con cuatro alumnos que despuntan y hacerles de espejo con su mismo instrumento sobre el escenario.

La idea estaba clara, demostrar que la etapa de formación levanta un universo en forma de nido, donde quienes lo habitan se sienten protegidos, aunque saben que algún día deberán volar solos.

Y ahí estaba la aportación de los profesionales, sabedores de que no es lo mismo lanzarse al vacío sin red que hacerlo de la mano de alguien que ya ha recorrido kilómetros por el cielo.