Durante el mes de enero de 1938, Barcelona entera tembló. Esos días, los proyectiles lanzados por la aviación fascista italiana devastaron la ciudad. Fue un mes de ataques sin precedentes, tanto que en sólo 20 días hubo 2.000 impactos y se lanzó un millón de kilos de bombas que causaron 2.700 muertos y 7.000 heridos.
Pero lo peor estaba por llegar: sólo el 30 de enero, dos formaciones causaron más de 900 víctimas. Uno de los puntos más mortíferos fue la plaça Sant Felip Neri y sus alrededores, donde centenares de personas buscaron refugio en el sótano de la iglesia o en una guardería aledaña. Muchos de los fallecidos fueron niños.
Este sábado, esa plaza en la que vuelve a haber una escuela y en la que Sant Felip Neri sigue en pie, cientos de barceloneses han vuelto a mirar al cielo. Casi 90 años después, otro bombardeo ha sacudido la capital catalana, pero ha sido muy distinto.
En vez de gritos, sirenas y explosiones, el aire se ha llenado de un silencio intenso y respiraciones contenidas. Lo que ha caído del cielo no han sido bombas, sino cien mil poemas que un helicóptero ha lanzado sobre Barcelona. Todos ellos hablan de la libertad.
Se trata de una acción concebida por el colectivo chileno Casagrande que ya ha visitado diversas ciudades víctimas de los bombardeos fascistas. Empezaron por su natal Santiago de Chile y siguieron con Dubrovnik, Guernica, Varsovia, Berlín, Londres, Madrid y Róterdam. Ahora ha sido el turno de Barcelona, en el marco de los actos de celebración por el 50 aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco.










