A la pintora y dibujante Eulogia Merle (47 años, Buenos Aires) la crió Juliana Díaz, Juja, una mujer wichí —un pueblo indígena al norte de Argentina— que llegó al hogar familiar desde la región del Chaco cuando la madre de Merle era niña. Cuenta la artista que fue una segunda abuela a la que nunca se le dio el lugar que merecía dentro del engranaje genealógico. Cuando Merle, ya radicada hace años en Madrid, se divorció tras ser madre, vio de frente a lo que millones de mujeres han entregado su vida durante siglos: cuidar. Con Juja ya fallecida, comprendió de otra manera el mandato femenino de criar e intentó entender cómo es cuando lo haces por y para otros, para una familia que es ajena, pero que parece ser la propia, aunque en muchos casos nunca lo será. Entonces se encaminó a crear una serie de obras sobre o inspiradas por Juliana. Eso se convirtió en Cama adentro, una exposición en el Museo de América sobre estas mujeres, las internas, que son la base del todo. — ¿Quién fue Juja?— Mira, es esa que está ahí. Está en su nuevo taller en el barrio madrileño de Usera, un galpón que comparte con dos pintores y que pronto reformará para convertirlo también en su vivienda. Hay pocas pertenencias. Un par de sillas, cuadros por todos lados, pinturas, herramientas, algunos vasos y tazas. Pero ahí está Juja, en un cuadro pintado por Merle en lo alto de un tabique, vigilándola, acompañándola. “Ella se ocupaba de todos los quehaceres y de todos los cuidados. Realmente lo dio todo por nuestra familia”, recuerda. La mujer no se casó ni tuvo hijos. “A nosotros nos quiso”, dice Merle con ternura, “de hecho, yo era una de sus favoritas”. Mientras cuenta su historia, la presencia de la Juja pintada se siente, y encaja con lo que dice a continuación la artista. “[Tras ser madre] Es mucho todo lo que quise agradecerle, preguntarle, contarle, y ella ya no estaba”. Entonces hizo lo que sabe hacer y pintó. “El arte es un lenguaje que sirve para eso, para comunicarse con la gente que ya no está”. Cuando llevaba un tiempo creando en torno a su figura como homenaje y agradecimiento, la llamaron para hacer la exposición Cama adentro. Merle vivía en Madrid desde hace años pero no había pisado el Museo de América. “¿Por qué? Por prejuicio, la verdad. La historia la escriben los que ganan, entonces sabía que me iba a rebotar un montón la narrativa”, cuenta. Todo esto fue previo al camino que ha emprendido el Ministerio de Cultura para descolonizar este museo y el de Antropología. Pero tras una visita del colegio de su hijo y la emoción que causó en el niño reencontrarse con la historia de su continente madre, la artista decidió ir. En el lugar se encontró con “una carencia discursiva desde lo histórico, desde lo antropológico, que ya no se puede salvar”, cuenta. Pero sí se podía salvar desde el lenguaje artístico, pensó, y se lo dijo al director del museo, Andrés Gutiérrez. Después de ires y venires, y de compartir esta inquietud con otros artistas latinoamericanos, desde la institución le ofrecieron hacer un proyecto que dialogara con la exposición permanente. “Y yo lo vi clarísimo, porque estaba en el intento de hacer las paces con esta mujer que dio todo. Quería devolver eso, pero la obra no era solo en homenaje a ella”, recuerda. “Quiero ver a las latinoamericanas actuales en el museo”, le dijo al director. “Quiero meterlas aquí, quiero que aparezcan de cuerpo entero, a tamaño natural, mirando de frente y que estén mezcladas con la colección permanente”. Y lo hizo. Contactó con un centro del Sindicato de Trabajadoras del Hogar y los Cuidados y propuso hacer unos talleres. Ahí conoció a Dionisia, Dina, Mónica, Patricia, Elsy, Melba y Delia, las siete protagonistas de la exposición. Hasta el 27 de septiembre, cuando los visitantes hagan el recorrido por los objetos que un día pertenecieron al pueblo americano, de repente, aparecerá una mujer ahí, inmortalizada por pinceladas de acrílico en un lienzo de 90 por 200 centímetros.La base de la pirámide en un mundo al revés“Es increíble que hoy día, en 2026, siga habiendo estas formas de trabajo que son reminiscencias claramente coloniales”, lamenta Merle. Acompañando las obras hay un pequeño cuadro de texto que cuenta lo que han vivido las mujeres. Patricia, por ejemplo, tiene 40 años y es salvadoreña. Trabajó para una pareja de médicos con cinco hijos que no le hizo papeles. Su horario era de 7.20 a 22.30. Melba, una colombiana de 65 años, cuida a una mujer de 83 años. Libra cada 15 días y tiene solo dos horas libres por jornada mientras la señora duerme la siesta. Delia, una paraguaya de 59 años, en la primera casa en la que trabajó dormía en un sofá en la cocina. En la segunda, la despidieron porque necesitaba reposo tras una cirugía. Cuidaba a tres niños de dos años y medio, ocho meses y un recién nacido. Patricia, ecuatoriana de 53 años, se lleva bien con Juliana, la mujer de 90 años para quien trabaja. Elsy, boliviana de 61 años, se pregunta: “Ellos piden muchas referencias. ¿A nosotras quién nos garantiza que nos traten bien?”.“Son mujeres que se enfrentan a esto desde muy jovencitas y después ya tienes 17 años y un hijo y es una carrera por la vida, por sobrevivir”. Una de ellas, cuenta Merle, tiene dos hijos y vive desde hace cinco años en Madrid. Es Dina, una hondureña de 45 años. Intentó migrar con su recién nacido a Estados Unidos pero fue detenida por Migración. Dejó a sus hijos con su madre para venir a España, pero el marido los reclamó, se los quitó y desde entonces no habla con ellos. El plan de la mujer es esperar a que cumplan 18 años, viajen solos para reunirse con ella y contarles su versión de la historia. “Y ella me dice, ‘yo pienso que me van a entender porque yo entendí a mi mamá’”, dice la artista. En una historia que se repite, la mujer había vivido lo mismo: pensar que su madre la había abandonado pero, tras reencontrarse con ella, saber que había huido de la violencia. “Qué duro que piensa que su hija la va a entender porque va a vivir su propia experiencia”. Las trabajadoras del hogar internas, en general, trabajan de lunes a sábado con un solo día libre para el que deben alquilar una habitación. Pagar todo el mes para cuatro días. Muchas no conocen la ciudad ni tienen redes de contacto. En muchos casos, tampoco tienen papeles ni contrato y, al ser un trabajo dentro de un domicilio privado, no son posibles las inspecciones. Un trabajo que nunca podrá ser justamente remunerado, cree Merle, “porque dedican 24 horas al día y le entregan su vida a la otra familia”. Dormir a los niños, consolarlos, bañar a los ancianos, llevarlos a pasear, preparar la comida. Un vínculo afectivo primitivo. “Yo creo que ellas son la base más básica de la pirámide en la construcción de toda la sociedad”. El eslabón opuesto de una sociedad mal planteada, dice, con todo al revés, “donde el más psicópata, la persona que menos empatía tiene, llega más lejos, como Trump, Milei y todos estos, que hacen carrera porque pisan cabezas sin pestañear”. Al lado opuesto, al final de toda la cadena, están ellas, las otras Jujas.
Las trabajadoras del hogar internas latinas en España se convierten en arte
Eulogia Merle retrata a siete mujeres y lleva su lucha y entereza a dialogar con las obras de la colección permanente del Museo de América






