Ni en el paseo de la Castellana de Madrid, ni en la avenida de la Diagonal de Barcelona, ni mucho menos en los palacetes vizcaínos de Neguri. Los verdaderos dueños de la Bolsa española están ahora en otras latitudes. Por ejemplo, en el número 50 de Hudson Yards. Cerca del Midtown de Manhattan tiene su nueva sede BlackRock, el coloso de los fondos de inversión. Otro gran propietario de acciones nacionales levanta el cuartel general en el 100 de Vanguard Boulevard en Malvern (Pensilvania): se trata de Vanguard, el rey absoluto de la denominada inversión pasiva. El tercer gran punto de interés hay que buscarlo más al norte, concretamente en la burguesa Bankplassen de Oslo, centro de operaciones del fondo soberano noruego cuya estrategia pasa por transformar el petróleo del mar del Norte en riqueza financiera para sus ciudadanos. Solo estos tres trasatlánticos de la inversión tienen en la plaza de la Lealtad de Madrid, sede del mercado nacional, participaciones por valor de 113.687 millones de euros. Y es que la Bolsa española es cada vez menos española en un doble sentido. Por un lado, buena parte de los ingresos de las compañías cotizadas se generan en el exterior. En 2025, por ejemplo, los mercados internacionales aportaron el 65% de la facturación de los grupos incluidos en el Ibex 35. En segundo lugar, los inversores internacionales acaparan un espacio creciente en el capital de las cotizadas. En octubre pasado, BME, el gestor de la Bolsa española —propiedad también de un grupo extranjero, en este caso del suizo SIX—, publicó su último informe de propiedad de acciones con datos al cierre del ejercicio 2024. En este trabajo se certificaba que el 48,7% de los títulos del mercado nacional estaban en manos de inversores extranjeros, porcentaje que escala hasta superar el 60% si lo que se mide es el valor de mercado o capitalización.“La mayor participación de inversores internacionales es una tendencia que se da también en otros países de la Unión Europea. Sin embargo, en España el proceso ha sido incluso más pronunciado por la pérdida de peso relativo de las familias en la Bolsa. En 1998, al calor de las privatizaciones, estas llegaron a representar el 35% de la propiedad de acciones y ahora su peso está por debajo del 16%”, reflexiona Mariana Longobardo, directora del Servicio de Estudios de BME.Con la internacionalización de su accionariado, lo que ha hecho el parqué nacional ha sido homologarse con los principales mercados de su entorno. En el Reino Unido, el 58,8% de la Bolsa de Londres está en manos foráneas, según los datos de 2024, últimos publicados por la Oficina Nacional de Estadística. En el caso del Cac 40, el principal índice bursátil francés, y con datos también de 2024 facilitados por el Banco de Francia, los inversores no residentes controlan ya el 50% de los títulos.“El mayor peso de los inversores extranjeros plantea algunos retos, pero también es una señal positiva”, reflexiona Juan M. Prieto, fundador y presidente de Corporance, el primer asesor nacional de voto (proxy advisor) en las juntas para inversores institucionales. “Estos fondos suelen tener unas prácticas de gobierno corporativo más desarrolladas, además, hacen mucho más trading [operaciones a corto plazo], lo que mejora la liquidez del mercado. Por otra parte, su presencia ha supuesto un mayor flujo de dinero para las compañías españolas y una clara vía de financiación para estas”, argumenta Prieto.Un vuelco notableLa estructura de la propiedad de las acciones españolas —ver gráfico — ha sufrido una profunda transformación en las últimas décadas. Cuando el Ibex 35 echó a andar el 14 de enero de 1992 nadie podía imaginar que este índice, compuesto por los 35 valores españoles más líquidos, con un nombre que es un acrónimo de las palabras “Iberian Index” y cuya génesis es completamente técnica —servir de subyacente en la contratación de productos derivados— aunque ahora se lea en clave de poder económico y político, iba a estar controlado de forma tan dominante por inversores extranjeros, principalmente anglosajones.En el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, los fondos foráneos controlaban solo el 30,6% del mercado español, seguidos por las familias nacionales (24,4%), el Estado (16,6%), bancos y cajas (15,6%), las empresas españolas no financieras (7,7%), y las gestoras de fondos y de pensiones nacionales (5%). Con los últimos datos disponibles, la situación ha dado un vuelco importante: los fondos internacionales controlan el 48,7% de las acciones, el peso de las familias ha bajado notablemente hasta suponer solo el 15,8% del total; también se ha desinflado el peso estatal (4,1%) y el de los bancos y cajas (4%), se ha mantenido casi sin cambios la industria de la inversión colectiva española (5,8%), mientras que ha subido de forma notable la ponderación de las empresas no financieras hasta suponer el 21,6% del total —aquí se engloban, entre otras, las participaciones familiares como la de Amancio Ortega en Inditex, la de los Del Pino en Ferrovial, la de los Entrecanales en Acciona o las de la familia Botín en el Banco Santander, entre otras—.“Es difícil ponerle puertas al campo y tratar de reducir la inversión extranjera o aprobar ciertas trabas normativas. Además, eso produciría un efecto muy perjudicial de huida de inversores”, reflexiona Javier Zapata, actualmente secretario general de Emisores Españoles, pero con una amplia experiencia en el mercado de capitales como vicesecretario de la Bolsa de Madrid y miembro del comité consultivo de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). “Donde habría que centrarse más es en fortalecer la inversión institucional española (fondos de pensiones, aseguradoras, fondos de inversión) para equilibrar la estructura accionarial aumentando la presencia española”, agrega Zapata.Durante los últimos gobiernos del PSOE de Felipe González y, sobre todo, en las legislaturas en las que el PP de José María Aznar estuvo en el poder, el proceso de privatización de compañías públicas se aceleró. Esta operación dio lugar al fenómeno que se conoció en los años noventa del siglo pasado con la expresión de “capitalismo popular”. Muchas familias españolas tuvieron su bautismo de fuego en el mercado bursátil con los tramos minoristas de las salidas a Bolsa (OPV) de las joyas empresariales públicas. Sin embargo, el fin de las privatizaciones, el estallido de la burbuja puntocom de principios del siglo XXI y, sobre todo, el impacto de la crisis financiera cortaron de raíz el apetito de los pequeños ahorradores por las acciones.Tras el fiasco de la salida a Bolsa de Bankia en julio de 2011 se pueden contar con los dedos de una mano (y sobrarían dedos) las compañías que reservan acciones para los minoristas españoles en sus OPV. A los propios bancos les dejó de interesar vender acciones en sus redes, primero porque competían con sus productos y, en segundo lugar, por el riesgo reputacional de tener a unos clientes enfadados si la colocación salía mal. “La escasez de tramos minoristas en las colocaciones explica en parte la caída de la presencia de las familias en una Bolsa cada vez más dominada por manos extranjeras profesionales. Habría que revertir esa situación desde el lado de la regulación. La subida de la Bolsa en los últimos años [esta semana el Ibex 35 superaba por primera vez los 19.000 puntos con una revalorización del 214% desde los mínimos de la pandemia] no ha sido suficiente para dispersar la estructura accionarial tan concentrada en los fondos extranjeros”, comenta Longobardo.En este sentido, y con el fin de devolver a las familias a la Bolsa, el Gobierno, la CNMV y parte de la industria financiera española están empujando para llevar a buen puerto la llamada “cuenta única”, es decir, la creación de la cuenta de ahorro individual, similar a la cuenta sueca o a la británica. El sector, con la reticencia de los bancos, cree que se podría canalizar el ahorro de los ciudadanos hacia los mercados con riesgo limitado y un tratamiento fiscal específico. El Ministerio de Economía trabaja ya en su diseño, para lo que ha sometido a consulta pública una variedad de aspectos formales y fiscales.El volantazo de los bancos De forma paralela al pinchazo de los pequeños ahorradores en la Bolsa se produjo el ocaso de las carteras industriales. En el modelo bancario de los años ochenta era muy habitual que las principales entidades del país tuviesen un holding con participaciones en compañías industriales cotizadas. La jugada estaba clara: tener unos clientes cautivos (las empresas) a los que proveer de productos y servicios a precios atractivos y, al mismo tiempo, beneficiarse de un flujo de dinero recurrente en forma de dividendos. A este esquema también se apuntaron las cajas de ahorro, aunque en su caso había claros intereses políticos al invertir en el capital de empresas con sede en aquellas zonas donde tenían influencia. Las carteras industriales de los bancos empezaron su decadencia con su expansión internacional: necesitaban liquidez para crecer fuera y tuvieron que hacer caja. Luego llegaron los cambios en la regulación, que hicieron que las acciones en balance consumieran más recursos en términos de capital y los banqueros soltaron definitivamente amarras. En el caso de las cajas, el final de sus carteras de participadas fue más abrupto. Con la crisis financiera, que había destapado prácticas de pésima gobernanza, el agua les llegaba al cuello en términos de liquidez y las desinversiones se precipitaron.Como si de un juego de suma cero se tratase, el poder que perdían familias e instituciones financieras en la Bolsa lo fueron ganando los inversores extranjeros. Su llegada se produjo en varias fases, como recuerda Prieto: “El primer gran hito tuvo lugar en 1986. El año de la entrada de España en la UE fue también el de la liberalización de la inversión extranjera. Posteriormente, las privatizaciones y la entrada en el euro en 1999 atrajeron el interés de los grandes fondos. Otro factor determinante fue la llegada de brokers extranjeros al mercado español. Morgan Stanley se hizo con AB Asesores y Merrill Lynch compró a Francisco González [que luego sería presidente del BBVA] su sociedad de valores, FG Inversiones. Estos intermediarios se dieron cuenta pronto de que el gran negocio para la intermediación de acciones estaba en los inversores foráneos y fomentaron su llegada”.En los inicios del siglo XXI, la semilla estaba puesta y su fruto no ha dejado de crecer. Los últimos datos de propiedad de acciones reflejan que, a 31 de marzo de 2025, había 8.634 fondos de inversión con participaciones en empresas del Ibex 35. La procedencia comprende los cinco continentes, aunque sobresalen los inversores institucionales europeos (6.108 fondos) y estadounidenses (2.161). “Se trata de una muestra de confianza en la madurez del mercado español como uno de los más avanzados”, reflexiona Zapata. “Sin embargo, es verdad que la entrada de fondos internacionales implica la pérdida de control nacional de muchas sociedades que, así, quedan sujetas a estrategias globales, lo que puede afectarles en situaciones de crisis globales o, simplemente, en reequilibrios de las carteras de esos fondos”, advierte este veterano del mercado de capitales, que destaca también que hay “una menor influencia nacional en sectores estratégicos”.La piedra negraEl gran propietario de acciones españolas es BlackRock. La gestora de fondos fundada por Rob Kapito y Larry Fink en 1988 hoy es un gigante financiero que administra activos en todo el mundo valorados en 14 billones (con b) de dólares. En España, la firma estadounidense, según los últimos datos oficiales, tiene invertidos 94.000 millones de euros (59.000 millones en acciones, 20.000 millones en deuda pública, 12.000 millones en préstamos corporativos y 3.000 millones en activos no cotizados). No hay empresa del Ibex 35 donde sus tentáculos no lleguen. Es, por ejemplo, el primer accionista en Banco Santander (6,86% del capital) y del BBVA (7,16%), cuenta con el 7,17% de Repsol o controla el 5,99% de Telefónica, entre otras grandes participaciones.Otro gran protagonista del parqué patrio es Vanguard. La gestora creada por John Bolge en 1975 ha crecido exponencialmente en la última década al calor del boom de los fondos pasivos y fondos cotizados (ETF), que básicamente replican la composición de los índices y por eso cobran unas comisiones más bajas que los denominados fondos activos. Vanguard, que en todo el mundo gestiona 12 billones (también con b) de dólares, abrió hace menos de un año oficina comercial en Madrid. En la Bolsa nacional destaca su presencia en el Banco Santander (6,1%), Iberdrola (4,75%), BBVA (4,91%) o Repsol (4,13%).Los fondos soberanos, levantados normalmente con el superávit de los países ricos en materias primas, también han ido ganando protagonismo en los últimos años. El principal vehículo inversor de este tipo es el fondo soberano noruego, que destaca no solo por su tamaño —2,2 billones de dólares—, sino también por sus criterios éticos —tiene un comité que excluye de su universo de inversión a aquellas compañías que no cumplan sus requisitos—. En España, los noruegos tienen acciones de casi todas las compañías del Ibex, aunque no suelen superar el umbral del 3% en el capital.