Vender 1.500 copias de un libro nunca estuvo al alcance de cualquiera. Venderlas de un fanzine, aún menos. Lograrlo desde la autogestión más absoluta (redactando, maquetando, imprimiendo, vendiendo por correo y llevándolo a las librerías que los solicitasen) es una auténtica proeza. Pero este ha sido el recorrido de La música más rara del mundo, voluminoso fanzine de 124 páginas con las grapas siempre a punto de estallar que publicó en 2009 el divulgador cultural madrileño Óscar Alarcia.
La música más rara del mundo era una microenciclopedia atiborrada de datos sobre “los renglones torcidos de la música”. Artistas chiflados, experimentadores atroces, grupos cuyos integrantes sufrían algún tipo de discapacidad, grabaciones de animales, de ruidos, de silencio… En su obsesión por abarcar todo lo que queda fuera de los márgenes, Alarcia documentó a Rocky Erickson y Jesulín de Ubrique, a Daniel Johnston y Tiny Tim, a Los Beatles de Cádiz y a mariachis yugoslavos. Puesto a explorar el más allá de la música, también habló de la sonocitología, el estudio de los sonidos que producen las células del cuerpo humano. Era, por decirlo suavemente, un compendio de todo lo que jamás pincharía una radiofórmula.










