Un club alemán en 1978 y las alegrías de la ropa fetichista.Agencia Getty“Dime una vocal”. “¡Aaaaaaaaa!”. “Otra”. “¡Eeeeeeeeee!”. “Otra”. “¡Uuuuuuuuuuuu!”. La mujer suelta los testículos de su marido. Acaba de hacer una demostración para una novata que viene por primera vez al club NYX y quiere saber qué es el BDSM. El hombre se recompone y con la cara enrojecida de placer, explica: “Yo soy sumiso; a ella, mi dómina, le gusta jugar con otra dómina y humillarme entre las dos. A mí me encanta”.Sí, estas cosas pasan en los clubes BDSM de Madrid. Pero en realidad son lugares bastante tranquilos donde la gente viene a socializar, a conocer a otros que comparten mismos intereses y, de vez en cuando, a jugar y tener sexo. La comunidad local está en alza. En los últimos años se ha pasado de un par de locales a una decena. Algunas, como Skin, son discotecas adaptadas a las prácticas BDSM. Otras, como Inklub, recuerdan el estilo berlinés —diverso, kinky, inclusivo— y, por supuesto, hay clubes clásicos como NYX. Otras salas son Ars, La Cruz de San Andrés o MZM Rainbow. Además hay fiestas con periodicidad, como Delirium o Fetish Demons. Tanta confluencia tiene sus contras: ni siquiera la apertura al público externo, cada vez más habitual en este ambiente, garantiza que haya suficiente clientela. Quizás algunas no sobrevivan, pero, aunque sea por necesidad, el BDSM se ha abierto al exterior. Con sus propias condiciones: las normas internas son rigurosas y aquí no se tolera el baboseo machirulo tan habitual de los bares y discotecas vainilla, como se denomina en el argot al sexo y los locales convencionales. Es un hecho: los clubes BDSM siguen siendo espacios mucho más seguros que la media de los garitos nocturnos de Madrid. BDSM responde a las siglas de Bondage, Dominación, Sumisión y Masoquismo. Incluye prácticas distintas con intensidades variables: juegos de dominación y sumisión, ataduras, azotes, roleplay, órdenes, castigos, humillaciones consensuadas. Esperanza López, autora de BDeSéaMe (Tirant Editorial, 2023), asegura que todos lo hemos practicado alguna vez. “A todo el mundo le han atado las manos, los ojos, le han hecho cosquillas”. El problema, explica, es que existe una visión sesgada y oscura que lo asocia únicamente al dolor: “50 sombras de Grey contribuyó a sacar el tema a la calle pero también transmitió una idea eróonea: eso no era BDSM, era abuso”. Porque aunque la exitosa saga y películas más recientes como Pillion (2025) o Babygirl (2024) han despertado la curiosidad de los vainilla, también han dado una idea equivocada de lo que es el BDSM. Esto no va de víctimas y verdugos.La comunidad BDSM es pequeña: todos se conocen. Cuando alguien la lía en un club se sabe en el resto. De hecho, tienen un grupo de WhatsApp donde comparten incidencias. “Si alguien la caga se le veta en toda la comunidad. Preferimos dejar a alguien fuera antes que meter la pata”.La regla número uno: todas las prácticas son consensuadas. Es el protocolo SSC (seguro, sensato y consensuado). Pero a López se le queda corto: no hay prácticas 100% seguras. Por eso prefiere hablar de RACK: riesgo asumido, prácticas consensuadas, donde se acepta que puede existir cierto riesgo, por sus siglas en inglés. Y luego, añade, está la diferencia entre consentimiento y consenso: “Decir que sí es fácil. Puedes decir que sí bajo presión, con alcohol, con miedo... Pero el consenso va más allá: implica aceptar, participar y disfrutar”.Antes del NYX visitamos Inklub, otra discoteca BDSM de Madrid. Su dueño, Dani, regenta también MFetiche, una de las tiendas de fetichismo más grandes de España. Nos recibe ahí un martes por mañana. Hay un chico joven curioseando: lleva gafas, el pelo peinado hacia atrás y una chaqueta beis. “Ese no va a comprar nada, ya verás”, susurra el dueño. “Es lo malo de tener una tienda de ropa fetichista, la gente viene a hacerse fotos en el espejo, les pone verse con ella puesta”. Son dos plantas. En la de arriba hay ropa de cuero, látex, goma o vinilo, como las de Neo y Trinity en Matrix. También hay arneses, collares, cadenas, mordazas, vestidos de princesa, disfraces de gata o pijamas infantiles. El fetichismo, dice Daniel, consiste en otorgar propiedades eróticas a un objeto, desde una fusta hasta una paleta de cocina. “Me llegan tíos heteros que se sienten incómodos con cierta ropa. Y yo siempre les digo: ‘¿A ti qué te mola? Si te gusta la estética militar, usa ese rollo. Hay que buscar lo que te hace sentir cómodo y te excita”.La parte de abajo se parece más a un sex shop. Hay un estante con penes de distintos tamaños. Hay penes dobles para doble penetración. Hay vaginas de goma de distintos tipos y cinturones de castidad masculinos que, según Dani, es lo más vendido de la tienda. Algunos lo llevan durante un rato, otros permanentemente. Todo depende de lo pactado. “Me llegan tíos heteros que se sienten incómodos con cierta ropa. Y yo siempre les digo: ‘¿A ti qué te mola? Si te gusta la estética militar, usa ese rollo. Hay que buscar lo que te hace sentir cómodo y te excita”Al Inklub nos acompaña Lucas, un personaje recurrente de Malasaña que es artista, joyero, tarotista, camarero, cantante de coro gregoriano y por las noches relaciones públicas en Inklub y en Skin. Lucas es la disidencia personificada. En su móvil tiene la foto de un chico con una máscara. Es su esbirro, dice. No sabe su nombre, nunca ha visto su cara. Se lo encuentra de vez en cuando en Inklub y juegan. Le gusta ir a los clubs BDSM porque hay más respeto. “En otros sitios van con la polla fuera, casi acosándote, son unos pesados”. Entramos a las dos de la mañana. No hay mucha gente y los que hay son tirando a maduros. Hay que registrarse como socio: muchos de estos clubes tienen estatus de asociación de fumadores y por eso pueden abrir hasta tarde y permiten fumar dentro, en una sala que sirve para charlar distendidamente. Hay un chico con gorra y cara de majo, el bitch door, que se encarga de chequear la vestimenta. A nosotros nos dejan entrar sin problema, aunque a una de las chicas le dicen que, si la próxima vez no va de negro, le harán quitarse la camiseta. Son las normas y no hay nada violento. Una de las razones por las que exigen dress code, explica Dani, es porque funciona como filtro. Si te has preparado para ir es porque sabes cómo funciona, qué tipo de gente hay y los mecanismos que rigen dentro. La comunidad BDSM es pequeña: todos se conocen. Cuando alguien la lía en un club se sabe en el resto. De hecho, tienen un grupo de WhatsApp donde comparten incidencias. “Si alguien la caga se le veta en toda la comunidad. Preferimos dejar a alguien fuera antes que meter la pata”. Hay un porcentaje similar de gais y heteros. Según explica Dani, hace años el mundo BDSM estaba segregado por comunidades: “Las bolleras salían solo con las bolleras, los maricas con los maricas. Los sitios de trans eran sitios de trans”. Hacen fiestas temáticas: velas, cuerdas o incluso Semana Santa: fetichismo relacionado con lo sagrado, confesionarios, cruces. “Tiene un punto muy erótico”, asegura el dueño.El tema de la camiseta —o más bien la ausencia de camiseta— es una de las cosas que más llama la atención. A las cinco de la mañana el club está lleno de chicos semidesnudos. Se mezclan personas de género y estética disidente con los heteros de toda la vida. ¿Han venido a probar cosas nuevas o están a ver si pillan algo? Habrá de todo. En un sofá hay una chica haciéndole una felación a un chico. Un rato después se cambian. Aparte de eso, no hay mucho más sexo más allá de lo que sucede dentro de las mazmorras y baños, donde ya no es educado asomar la cabeza. Lucas cuenta que a veces sí se forman grandes orgías. El propio dueño del club nos dice que depende mucho del tipo de fiesta.“Skin es un BDSM más superficial, se queda con la estética pero no forma parte de la comunidad como tal, no involucra tanto la filosofía de esta práctica. Algunos simplemente llevan cadenitas del Shein, lo hacen para dar el pego”A las siete llegan los de Skin. El Inklub tiene licencia para abrir hasta tarde. Hay un circuito establecido: primero Skin, después Inklub, y luego sabe Dios dónde acaba la noche. Hay una diferencia entre ambos públicos. Lucas lo explica así: “Skin es un BDSM más superficial, se queda con la estética pero no forma parte de la comunidad como tal, no involucra tanto la filosofía de esta práctica. Algunos simplemente llevan cadenitas del Shein, lo hacen para dar el pego”.Dos semanas más tarde, nosotros también pasaremos por Skin. Nos han avisado: son exigentes con el dress code y es mejor no ir en grupos grandes. Al pasar la puerta te ponen una pegatina en la cámara del móvil. Dentro hay una sala principal con pista de baile y un DJ que no se diferencia del de cualquier discoteca de techno. En los aledaños, algunas salas oscuras con luces de distintas intensidades que a las dos de la mañana están desangeladas. En una no está permitido ni mirar ni tocar. Otra tiene reglas más laxas, pero siempre dentro de un consenso innegociable.Skin está enfocada a un público queer. La mayoría son hombres homosexuales con cuerpos musculados, maqueados con algún arnés y con alguna cadena. Siempre de negro. En algunas fiestas solo dejan entrar a hombres. La discoteca ha atravesado varias fases. Solía ser los domingos, ahora abre también los viernes y sábados. Cuando se popularizó, hace alrededor de un lustro, abrió la escena a un público amplio que hasta entonces nada había tenido que ver con el BDSM. Una parte de los madrileños veinteañeros cercanos al mundo de la fiesta ha oído historias salvajes sobre la Skin. En nuestro breve paseo por la sala, no da la sensación de que la tensión sexual hierva; otros, sin embargo, nos han contado lo contrario.Es complicado contextualizar históricamente el BDSM en España, que ha tenido dos grandes núcleos: Madrid y Barcelona. Uno de los motivos es que está poco documentado. La información que circula por internet, según Esperanza López, es poco fiable. La otra razón es que buena parte del BDSM se desarrolló en privado, en eventos que se organizan a través de páginas como Fetlife. “La mayoría de la gente no juega en público dentro del club. Quizá allí se conocen, pero luego el juego ocurre en casas. Hubo un montón de fiestas privadas, y sigue habiéndolas”, afirma López. Ajeno al circuito BDSM, están los clubes de swingers. Algunos tienen jaulas o potros, pero la dinámica es distinta. Teóricamente los swingers no están del todo bien vistos. En el BDSM, apuntan, no todo es sexo. Pero el mestizaje de ambos mundos es evidente. Nuestra última parada es el NYX, el club que regentan Armén y su mujer. NYX es el heredero de La Pastelería, la que fuera durante la década de 2010 la sala más importante de la ciudad, y casi la única. Es la fiesta del segundo aniversario de NYX. Hay un sorteo. El público es heterogéneo: sobre todo de 40 para arriba, bien vestidos. Muchas parejas. Una famosa influencer. De repente un grupo de chavales con camisetas de béisbol, no se sabe si perdidos o encontrándose. A diferencia de las otras salas, esta no es una discoteca. Hay una mazmorra con camillas, potros y una jaula, y vitrinas con distintos juguetes. En el centro de la sala, una cruz de San Andrés. En ella, un hombre ata y después penetra a una mujer. Nada heterodoxo en el método, salvo porque ella lleva un dildo en el culo que brilla si se mira a través de unas gafas. A lo largo de la noche presenciaremos varias escenas de sexo heterosexual y otros tantos azotes. ¿Cómo funciona este sitio? Armen lo resume muy sencillo: “Acá mi mujer me puede usar con una amiga y no hay ningún problema. Es más: es mi fetiche. Si llegara a venir la policía no nos puede decir nada, porque mientras sea consensuado no hay ningún problema. Aquí nos damos el lujo de poder tener los fetiches que queramos. Hay un código de seguridad dentro del BDSM: el del semáforo: verde, amarillo y rojo. Verde significa que va todo bien, y no hace falta utilizarlo. Amarillo quiere decir que hay que echar el freno. Por último el rojo es que hay que parar el juego de inmediato. “Yo escucho rojo en la sala y automáticamente me acerco al lugar”, cuenta Armen. “Y si dicen rojo dos veces, por más que sea un matrimonio que conozca de toda la vida, al que no frena, fuera, la persona sale volando. No me vengas con que querías probar límites. Eso lo pruebas en tu casa, aquí dentro no”.Armén usa su nombre real, aunque mucha de la gente que frecuenta estos clubes utiliza un nick. Mucha de la gente que viene al club se limita a socializar. “Te encuentras con pares con los que no tienes ninguna intención de jugar, pero te pueden aportar ideas, les puedes preguntar un montón de cosas. Terminan siendo amigos, les sigues viendo aunque no sea aquí. Después vais a comer a un restaurante. Yo mismo he tenido mucha gente amiga con la que nunca he jugado, pero con la que hay una gran amistad”. El personaje que uno adopta durante el juego no tiene por qué coincidir con la personalidad de cada cual. Mujeres que asumen el rol de sumisas, a las que les gusta que su pareja las humille, suelen ocupar en su vida diaria cargos de poder y responsabilidad. Lo mismo ocurre con los hombres. “En el BDSM encuentran un espacio de libertad y precisamente de no tener que tomar ninguna decisión”, explica López.Muchos de los mecanismos de cuidado formulados dentro del BDSM, sostiene López, deberían aplicarlos todas las personas. Es el caso del aftercare: atender a la persona con la que acabas de tener relaciones. “Las prácticas del BDSM suelen tener una carga emocional y neurobiológica muy intensa: un pico enorme de adrenalina y luego una caída. Si no existe ese cuidado posterior, la sensación de vacío puede ser muy fuerte. Hay quien necesita espacio, mantita y silencio. Hay quien necesita abrazos. Cada uno tiene una forma distinta de volver al mundo. Si además ha habido prácticas físicas intensas, recomiendo tener agua, algo dulce y una manta cerca, porque la temperatura corporal y el azúcar pueden bajar muchísimo”.Nuestro periplo por el BDSM termina de la manera más feliz. Armén sale al centro de la sala y canta la papeleta ganadora del sorteo del aniversario: nos toca el premio. Es una enorme bolsa con juguetes sexuales y artículos BDSM, además de dos botellas de champán. Repartimos una parte del botín y nos quedamos con otra. Bien lejos del Eyes Wide Shut que cualquiera imaginaría: el BDSM nos despide con un regalo y la sensación de que este mundo resulta menos intimidante que el de ahí fuera.