"La cita es en Soho, entre Canal Street y Broadway, en Manhattan. Hay unas tiendas boutique justo en la dirección que me han dado y una portería. Toco el timbre. Una cámara revisa mi rostro e identidad. Finalmente, me dejan pasar. Voy con un amigo italiano, compañero de trabajo. Subimos al tercer piso. Tras una puerta normal blanca hay un gigantesco loft. En el recibidor hay una mujer rubia, de aproximadamente 1.80 de altura, con corte pixie, topless y en tanga, usando tacones transparentes altísimos. Es imponente. Funciona como una especie de filtro inicial, casi como una taquilla viva. La iluminación es tenue, en tonos oscuros y rojizos que marcan el ambiente desde el primer momento. Hay una sala con sillones bajos, estilo vintage, pensados para ese entorno envolvente. También hay juegos de mesa, pero no son convencionales: tienen una connotación sexual. Les llaman juegos rompehielos", explica a El Confidencial Martha, una mujer de 39 años que vive en Nueva York. Martha narra una fiesta sexual a la que acudió, una orgia consentida, entre hombres y mujeres "cool" de Nueva York, miembros de un club que ejecuta sus pasiones y fantasías en una sociedad adicta a satisfacer sus instintos. Un sexo nuevo en un tiempo nuevo, el de un mundo que emergió de un virus que enclaustró a todos y nos iba a modificar. No cambió mucho nada cuando se esfumó el miedo a toser, pero sí se movió algo para unas nuevas generaciones que de pronto descubrieron que todo su mundo posible estaba tras la pantalla de un teléfono móvil. "La gente ha cambiado. Cuando empezamos, el enfoque estaba muy puesto en los millennials, ya sabes, personas de mi rango de edad. O sea, personas que ahora tienen entre 25 y 45 años; hace diez años, tenían entre 25 y 35. Era un público diferente y su enfoque respecto al sexo también lo era. Después llegó la Generación Z. Ellos le tienen mucho más miedo al sexo. No interactúan tanto sexualmente. Son más de fetiches. Prefieren asfixiarse, golpearse, usar cuerdas, bondage y cosas así, pero sin llegar a tener sexo. Es un público muy distinto", nos explica Danniel Saints, director y creador del Club NSFW, un club de fiestas sexuales que cuenta con más de 10.700 socios. La conversación se produce en el Rosewood Theater, en Manhattan. Es un viejo teatro, que ha sido convertido por alguna noche en mazmorra, o sala de intercambios, barra americana, zona de azotes y cuerdas... Hay algunos restos de bebidas, unos baños atrevidos, y una luz "pecaminosa". Daniel recrea ambientes de películas pornográficas de lujo, de ese Eyes Wide Shut de Kubrik, al que acuden sus socios. Él dice que se dedica a "curar la soledad". Ofrece hedonismo, orgasmos y placer visual, en un entorno seguro. Daniel, que lleva diez años en esto, habla de una nueva generación susceptible y canceladora, y a la vez con la capacidad de vivir la sexualidad sin tabús. Los millennials convivieron con el sexo por todas partes, se trataba de identidad sexual, y ahora, dice, se trata de identidad de género. "Tuvieron el Covid, estuvieron encerrados, no conectaron con nadie. Han tenido teléfonos móviles todo el tiempo, así es como ligan, así es como conectan. No ven a la gente en persona, están pegados a sus pantallas todo el tiempo. Así que cuando se trata de interactuar en persona, es mucho más difícil, requiere más aprendizaje. A veces tratas con personalidades raras, como autistas, donde ni siquiera saben cómo empezar una conversación", señala él. NSFW, y sus fiestas itinerantes les hace esquivar esa dificultad en el primer contacto personal. Pero sus integrantes más que un grupo de tímidos son un grupo de desinhibidos. Gente libre alérgica a ciertos compromisos. Empiezan por el final, sin necesidad de saludo previo. La despedida no es obligatoria, porque nada es obligatorio que no sea el disfrutar y respetar los límites de los demás. "No es una fiesta de sexo, es una fiesta en la que puedes tener sexo", matiza Daniel. Los sociólogos alertaron hace décadas de un problema que creció más con la pandemia. Se llama "hambre de piel", y es la necesidad de afecto, de tacto. En 1960, el sicólogo Harry Harlow hizo experimentos con crías de monos separados de sus madres para demostrar que preferían quedarse con un peluche que no les daba comida, que con una que sí les daba comida pero era de alambre. Esa querencia natural se ha convertido en una dolencia mental en una generación que ha aprendido a satisfacer su deseo sexual con una pantalla. La piel es un teclado. Y eso genera una ansiedad y depresión entre jóvenes que se les apaga la vida cuando se quedan sin batería el móvil. "La gente pasa más tiempo en línea. Esto ha alterado nuestras amistades y relaciones amorosas", dice sobre este tema un artículo del NYT. La última encuesta sobre relaciones sexuales en EEUU es clara: "Los jóvenes tienen menos relaciones sexuales". Según datos de la Encuesta Nacional de Crecimiento Familiar "la falta de actividad sexual aumentó del 9 % para los hombres en 2013-15 al 24 % en 2022-23. Para las mujeres, aumentó del 8 % al 13 %. En resumen, en el caso de los hombres jóvenes, la falta de actividad sexual se ha duplicado aproximadamente en todos los aspectos durante los últimos 10 años. En el caso de las mujeres jóvenes, ha aumentado aproximadamente un 50 por ciento". Esa realidad se aplaca con fiestas como las de NSFW. Hay otros clubes similares en Nueva York, una de esas urbes del pecado. "Generalmente hay un hombre delgado, tonificado, de cabello largo, con una estética andrógina, se parece muchísimo a Jared Leto. Realiza una especie de coreografía erótica bajo la ducha. Alrededor, un espacio amplio donde la gente conversa, se observa o comienza a negociar límites y acuerdos para la noche. Hay otra zona destinada a las ‘musas’, mujeres altas, delgadas, que interactúan con el ambiente", recuerda Martha de las fiestas. Y ahí empiezan los juegos con velas, las palas para azotes, las esposas en las manos, la bisexualidad… M, no quiere dar su nombre completo, es una japonesa que trabaja en las finanzas de Wall Street por el día. Es socia de NSFW. Acude a sus fiestas con su novio de origen africano al que conoció en uno de estos eventos. Mide 1.60, tiene 35 años, es delgada y no tiene hijos. "Mi familia es muy tradicional, esto para ellos sería imposible de aceptar, pero aquí encontré al amor de mi vida. Mi vida antes de venir a NY era muy aburrida. Aquí pude superar un abuso que sufrí en mi adolescencia. Y aquí he aceptado que soy bisexual", nos relata. ¿No os afecta a vuestra pareja venir a estos eventos donde tenéis relaciones sexuales con otras personas? "No, separamos lo físico de lo emocional. Durante la semana hacemos una vida muy normal, y el fin de semana nos apuntamos a estas fiestas para explorar el placer", dicen. M, como otros miembros del club, tiene una posición social y financiera acomodada. "Yo soy miembro VIP. He pagado hasta 3000 dólares por un acceso a un entorno donde me siento segura", aclara. ¿Hay un perfil de los miembros de NSFW? Daniel piensa, bebe un trago de su cocktail, y eleva algo la voz de una sala donde han empezado a pinchar música. "Son personas de entre 35 y 40 años, aunque se acepta a gente de hasta 55 o 60 años a los que se aclara que los otros miembros son más jóvenes. Un 50% son parejas, un 30% mujeres y un 20% hombres". ¿Hacéis criba por cuestiones físicas? Otra vez piensa un segundo y aclara: "Son gente atractiva que pasan un filtro de 14 puntos, y deben superar al menos 9. Hay gente de todas las razas e ideologías. También tenemos muchos conservadores que han votado a Trump (ríe). Se exige higiene y un comportamiento de respeto absoluto o la persona es expulsada. Sólo sí es sí y no es no. Se puede mirar, pero para interactuar debe de haber un consentimiento. Hemos creado también la marca Enter Love para gente de un alto poder adquisitivo que desea experiencias más elegantes", explica él. Entre esa gente guapa esta un nigeriano, de buena posición económica, cuyo apartamento da a Central Park. "No siempre voy buscando tener sexo. Yo suelo ir a las fiestas con mi pareja y disfrutamos del ambiente juntos. Cuando voy sólo es una experiencia única. Salir de los clichés sociales es muy divertido", nos explica Ukachi. ¿Estas fiestas realizan la pornografía que ves en tu teléfono? ¿Irías si supieras que usan prostitutas? "Yo veo porno con mis parejas. Mis fantasías se basan en la realidad. A mí me gusta sentirme deseado, y con una prostituta eso no sucede", responde. Ukachi, M, Martha... son miembros de NSFW. Pagan, hay diversas tarifas, entre 9 y 200 dólares al mes, por acudir a fiestas con normalmente otras 60 personas, aunque han llegado a reunir a 100 o 300 personas. Los miembros no VIP deben abonar 50 dólares por entrar, las consumiciones (no caras) son aparte. Pero hay además chats para tener citas por todo EEUU, el club es nacional, regalos, compras con descuentos, cursos, eventos culturales o fiestas temáticas como Alicia en el País de las Maravillas o Halloween en el que todos van disfrazados. ¿Usan prostitución femenina o masculina? Ese es un tema delicado. (Este reportaje empezó investigando la prostitución de alto standing de Manhattan y acabó en este sorprendente nuevo mundo de relaciones sexuales que topamos). "Tenemos muchísimas trabajadoras sexuales que vienen a las fiestas. Obviamente no están allí para trabajar. No se les paga por estar allí. Vienen porque son miembros, pasan el rato y se divierten. No se permite el ofrecimiento de servicios. Cuando contratamos artistas, solemos tener reglas muy específicas. Te contratamos por dos horas: no puedes tener sexo con nadie, no puedes ofrecer servicios", dicen los organizadores. Son las llamadas musas. Hacen su espectáculo para calentar el ambiente, pero queda la duda de hasta donde son ganchos para atraer clientes. "Algunas parejas parecían genuinamente conectadas; otras exageraban gestos o sonidos. Había de todo. Desde momentos íntimos hasta escenas que parecían más performativas que reales. Vi a otras parejas que utilizaban mucho los gemidos exageradamente para reafirmar que disfrutaban. Había un tipo rubio de cabello largo usando una bata de seda que le estaba practicando sexo oral a su compañera de la noche. Mientras se lo hacía, él gemía todo el tiempo, me pareció algo exagerado", recuerda Martha. Hay ganchos, nos comenta M, pero camuflados y, desde luego, integrados en un ambiente que obligatoriamente huye del sexo de pago. "Hay orgías. Gente que quiere tener sexo con varias chicas o chicos. Eso con prostitutas costaría una fortuna, y no tendría el componente de placer espontáneo", defienden en NSFW. La prostitución en NY está prohibida, pero no se persigue. Casi ha entrado en una alegalidad porque las fiscalías no rastrean el delito. En el barrio de Manhattan se mueve entre antros de alto nivel con modelos femeninos y masculinos; en el de Queens se ve en la calle con inmigrantes ilegales que en algunos casos reciben a sus clientes en clínicas dentales o centros de masajes terapéuticos falsos. También ahí la pantalla del teléfono está ocupando espacios: "Muchas de las chicas que conozco que hacen trabajo sexual están principalmente en OnlyFans", señala Daniel. El boom de esa plataforma llevó el sexo a la casa de cualquiera. Ya no hay fluidos ni sudor a compartir, sino maquillaje, iluminación y voyerismo digital. Sexo a la carta desde el sofá, sin tocarse, entre un apodo y un avatar. Se calcula que tiene a nivel global alrededor de 300 millones de usuarios para 5 millones de creadores de contenido. Su éxito explotó también con la pandemia, con una media de crecimiento de usuarios desde 2020 de alrededor de un 25% y un volumen de negocio de 7.200 millones de dólares anuales. En todo caso, empieza a haber una desaceleración en su crecimiento, entre tanta oferta de personas que quieren vivir de un sexo virtual sin roce. Del bar se pasó al Tinder, y NSFW, y otros clubes como este, juntan de alguna manera ambas cosas. La cita es on line, pero aquí se muerde también carne. "Se sienten más segura en NSFW que en cualquier otro sitio. Especialmente millennials y jóvenes estaban cansados de ir al bar cada fin de semana, emborracharse por completo, quizás ligar, quizás no, en un ambiente que no es bueno para mucha gente, donde tengo que gastar mucho dinero solo para pasarlo bien", explican los organizadores. El sexo que propone las fiestas de NSFW se parece mucho a la pornografía que la gente consume en sus teléfonos. "Uno de cada tres estadounidenses usa la pornografía. Y un 11% de la población la usa a diario. El negocio web generó en torno a 1150 millones de dólares en EEUU en 2023", señala un estudio de FHE Health. Pasar de ver la escena en una pantalla a hacerlo realidad en un entorno seguro, entre socios, está cada vez más de moda entre la gente joven. "Yo las primeras veces vine a mirar. No interactuaba con los demás. En una ocasión llevé a una conocida del trabajo, alguien que fuera del lugar se mostraba muy reservada. Sin embargo, en ese entorno se transformó completamente. Se soltó, exploró y terminó involucrándose con otras personas durante toda la noche. Muchas personas llevan una identidad contenida en su vida cotidiana, pero en espacios como este encuentran un lugar para liberarse sin juicio", recuerda Martha. El uso de drogas y de teléfonos en estas fiestas está prohibido. Emborracharse, también. No puedes babosear, usan ese término, todo debe ser natural. "Mi primera vez vinieron tres hombres, se desnudaron frente a mí, y me dijeron que eligiera si quería estar con alguno. Dije que no, pero fueron muy amables", recuerda la japonesa M. La pregunta es obligada. El sí debe ser rotundo, sin matices. Y ahí entra todo. "Una vez un miembro del club me pidió permiso para venir con su madre, que acababa de pasar por un proceso violento de separación de su padrastro. La madre vino con él, cada uno se fue por su lado. No hicieron nada con nadie y se marcharon. A ella le sirvió para abrirse", recuerda Daniel como anécdota sorprendente. Los clubes sexuales como NSFW siempre existieron, pero la pandemia y la tecnología cambiaron algunas cosas. No son un antro oscuro, no son un grupo de pervertidos mayores que fornican a escondidas, son gente joven y guapa que presume de ir a estas fiestas. Es tener placer como cita semanal, sin compromiso, como el que va a hacer pilates el lunes, a las clases de salsa de los jueves y a sus fiestas sexuales los sábados. Es el nuevo sexo de una ciudad adicta al placer y el exceso. Y es la muestra de un nuevo tiempo en el que los jóvenes no saben cómo empezar a tocarse sin teclear nada antes.
Sexo real en Nueva York: las nuevas orgías de los millennials
Un club neoyorquino redefine el contacto postpandemia: fiestas seguras, filtradas y hedonistas para socios acomodados, donde límites consensuados alivian la “hambre de piel” y reemplazan el ligue digital por experiencias sensoriales compartidas









