Exactamente qué es lo que nos preocupa del uso de Inteligencia Artificial en la escuela? ¿Que acierte siempre o que a veces se equivoque? ¿Que los estudiantes se copien o que los docentes se vuelvan dependientes? Intentar responder estas preguntas nos enfrenta no solamente a cuál creemos que es el sentido de la educación sino a dimensiones inesperadas del impacto de esta tecnología en el aula.Algunas semanas atrás el profesor Nathaniel Myers, de la Universidad de Notre Dame, hizo un experimento entre sus alumnos de literatura: les pidió a sus estudiantes que escribieran una historia basada en una experiencia propia y luego que le encargaran a una Inteligencia Artificial un texto similar. El resultado sorprendió a todos.Mientras que tanto Myers como sus alumnos esperaban encontrarse con un texto impersonal y lleno de errores, diferente al de una experiencia humana, muchos quedaron impactados al sentir que los chatbots habían encontrado mejores palabras y formas para expresar lo que ellos mismos querían decir. “No lo puedo creer, me siento un cliché”, le dijo amargada una estudiante.La escuela y la universidad no deberían pelear solo contra los problemas evidentes de la IA como el uso para el plagioAsí, en vez de simplificar emociones y cometer errores, estos universitarios se encontraron con la sensación de que el texto los comprendía. Quizá allí anide uno de los desafíos educativos más importantes de esta época: cómo lidiar con una tecnología que se vuelve increíblemente seductora al fabricar una suerte de intimidad sin relación.Es una forma de cercanía sin encuentro real que se produce cuando nos da la impresión de que nos escucha, nos entiende y encuentra las palabras justas para describirnos, aunque detrás no haya comprensión alguna. Como han advertido investigadores y hasta los propios desarrolladores de estas tecnologías, el riesgo no está solo en la información equivocada, sino en el vínculo emocional que pueden generar.Por eso la escuela y la universidad no deberían pelear únicamente contra los problemas evidentes de esta tecnología, como las brechas que instaura o su uso para el plagio, sino sumergirse aun más profundo y reconocer el encanto que puede producir un chatbot, enseñando a distinguir entre una respuesta correcta y una respuesta simplemente convincente.al vez sea momento de retomar la idea de una pedagogía del asombro, no como fascinación ingenua sino como la capacidad de seguir haciendo preguntasTal vez sea momento, como piensan algunos, de retomar la idea de una pedagogía del asombro pero no como fascinación ingenua frente a cualquier novedad tecnológica, sino como la capacidad de seguir haciendo preguntas, de sostener la duda y de mirar críticamente aquello que nos maravilla.El avance de la tecnología, después de todo, no nos roba necesariamente nuestra capacidad de asombro sino que en ocasiones ocurre lo contrario y nos termina asombrando. El riesgo, claro, es confundir ese asombro con conocimiento o que tomemos una simulación de intimidad por una relación real.Es por eso que tal vez la tarea del docente no sea elegir entre entusiasmo o escepticismo sino conducir una alfabetización con criterio en todos los niveles, ayudando a distinguir cuándo una tecnología nos ayuda a pensar y cuándo simplemente nos hace sentir comprendidos para que bajemos la guardia.
El uso de la Inteligencia Artificial en la escuela: ¿qué hacemos si escribe mejor que los alumnos?
Se hizo un estudio y los chatbots demostraron a docentes y alumnos que los podían sorprender.









