El Banco Mundial acaba de publicar un reporte que defiende las políticas industriales. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) dedicó su última Reunión Ministerial a ese mismo tema. Hasta el Fondo Monetario Internacional, históricamente el más ortodoxo de los organismos multilaterales, reconoce hoy los efectos positivos de estas políticas. Hace apenas una década, afirmaciones así habrían sido impensables en esas instituciones. ¿Qué cambió? La realidad cambió, poniendo en evidencia que el neoliberalismo en Europa y Estados Unidos sencillamente no logró competir con el este asiático y sus experiencias de industrialización acelerada conducidas desde el Estado. Décadas de debilitamiento estatal, de dejar la trayectoria de las economías en manos de las decisiones de inversión de las grandes corporaciones, dejaron a esas potencias incapacitadas para enfrentar la emergencia asiática. La vuelta de las agendas de política industrial en el Norte global no fue una conversión ideológica, sino una respuesta pragmática ante una estrategia que dejó de funcionar. Y aún está por verse si no llegó demasiado tarde.Chile no es ajeno a este diagnóstico. En efecto, nuestra matriz productiva lleva décadas estancada, con una débil capacidad para crear riqueza, innovar y complejizar la producción, herencia de medio siglo de neoliberalismo. Esa fragilidad repercute en toda la sociedad. Los empleos son poco sofisticados, los salarios bajos, las desigualdades son profundas, los recursos para políticas sociales e infraestructura son más escasos, y las frustraciones se acumulan. Incluso en la derecha chilena este reconocimiento empieza a abrirse paso, desde las recientes declaraciones del canciller Francisco Pérez Mackenna hasta el programa económico de la excandidata Evelyn Matthei y las columnas de algunos de sus intelectuales. Celebramos esa apertura, pero compartir el diagnóstico no basta. Lo que viene ahora es discutir, sin prejuicios, los instrumentos.Y en esa discusión el mundo progresista no parte de cero. Hace tiempo que venimos empujando esta agenda, con éxitos y derrotas temporales. Impulsamos la Estrategia Nacional del Litio para avanzar en la industrialización del mineral, un camino que Indonesia, Brasil y Zimbabue, entre muchos otros, ya recorren con ventaja. Seguimos insistiendo en un robusto Banco del Desarrollo para Chile, del tipo que sostuvo transformaciones productivas como en Alemania, Corea del Sur o en la actualidad Brasil, capaz de ampliar las escalas de financiamiento para que nuevos actores entren al mercado y escalemos en las cadenas de valor agrícolas, minerales y energéticas, entre otras. Planteamos una política comercial estratégica que rediscuta nuestros acuerdos, garantice transferencia tecnológica en las inversiones extranjeras y supere los tribunales inversionista-Estado, una revisión que Europa, Estados Unidos, Canadá, Brasil y Colombia, entre otros ya iniciaron.Pero hay una dimensión de esta agenda que ningún país puede resolver en forma aislada. América Latina es de las regiones con menos comercio interno del mundo. En un escenario de guerra comercial, de cadenas de valor que se acortan y de relaciones económicas usadas como armas, las economías aisladas y desconectadas no podrán resguardar su autonomía. Un nuevo regionalismo es, así visto, una urgencia estratégica.Por eso el Congreso Panamericano importa para estas discusiones, en tanto es un espacio clave hoy donde esa coordinación regional se está construyendo, a través de una serie de encuentros preparatorios. El más reciente fue la semana pasada en Santiago, donde representantes progresistas de toda la región comenzamos a alinear diagnósticos y propuestas. El próximo capítulo será en agosto, en Montevideo, donde nos sentaremos a discutir exactamente cómo avanzar de manera articulada en una reindustrialización verde para nuestros países.La discusión es amplia y difícil, con una larga tarea de modificar nuestras instituciones y superar los dogmas del pasado. Lo sabemos, pero cerrar los ojos para quedarnos tranquilos en viejos axiomas solo nos conducirá a la inercia, una inercia que día tras día nos hace perder espacios, oportunidades y autonomía. El presente exige pragmatismo y el mundo ya cambió de rumbo. La región empezó a moverse. Chile no puede quedarse mirando.
Chile, la política industrial y el momento de la región
La realidad cambió, poniendo en evidencia que el neoliberalismo en Europa y Estados Unidos sencillamente no logró competir con el este asiático










