“Hace un año, esto habría sido un sueño descabellado”, afirma Andrea Ceccolini, de pie sobre el hielo marino del Ártico, a poco más de seis kilómetros en moto de nieve de la localidad inuit de Cambridge Bay, en el norte de Canadá. A su izquierda, se extienden estanques de agua de deshielo azul celeste, formados en los últimos días por un sol que ya no se pone en el verano del extremo norte. A su derecha, el hielo marino sigue siendo de un blanco brillante y la ligera capa de nieve que lo cubre continúa resplandeciendo.

“Es increíblemente diferente, el límite… se puede señalar con el dedo”, observa. La diferencia es el resultado de un innovador experimento de geoingeniería que está llevando a cabo la empresa de Ceccolini, Real Ice, con financiación del Gobierno del Reino Unido.

Cinco meses antes, el equipo había desafiado temperaturas de -40ºC sobre el hielo marino para perforar agujeros y bombear 50.000 toneladas de agua del océano hasta la superficie. Esta se congeló casi de inmediato, lo que, según las nuevas mediciones, aumentó el espesor del hielo —de 1'5 metros— en unos 50 cm.

Esto ha protegido el hielo, al menos al comienzo de la temporada de deshielo, y es un primer indicio de que, quizá algún día, sea posible volver a congelar una parte significativa del Ártico.