Ciudad abiertaHemos visto exhibiciones descarnadas de lo que es el poder pol�tico, pero muchos han elegido vivir en una suerte de inocencia ed�nicaJos� Luis Rodr�guez Zapatero abandona la Audiencia Nacional.EFEActualizado Mi�rcoles,
junio
13:37Audio generado con IADesde que se conoci� la imputaci�n de Jos� Luis Rodr�guez Zapatero, una parte del pa�s se ha enfrentado a una dura e inesperada posibilidad: que alguien que trabaj� durante 25 a�os como profesional de la pol�tica es capaz de mentir. Que alguien que se present� a varios procesos electorales puede construir un personaje p�blico que no se ajusta a quien realmente es. Y que alguien que luego aval� a un presidente que promete una cosa y hace la contraria tambi�n pod�a estar diciendo unas cosas y haciendo las contrarias.Uno pensar�a, claro, que todo esto forma parte del abecedario democr�tico. Que, en una democracia madura, todos aceptamos que los pol�ticos -independientemente de su partido- son mentirosos y ladrones en potencia. No se trata de adoptar una actitud demag�gica: uno puede dar por hecho que la mayor�a de los pol�ticos son honrados y tienen principios. Y que incluso los que acaban siendo investigados pueden perfectamente terminar absueltos. Pero esto es compatible con cultivar un sano escepticismo hacia sus palabras y sus motivaciones. Tanto la teor�a como la historia de la democracia animan a ello. No todos los pol�ticos mienten, pero todos los que han mentido afirmaron estar diciendo la verdad; no todos los pol�ticos roban, pero todos los que robaron empezaron proclamando su honradez; no todos los investigados son culpables, pero todos los culpables empezaron siendo investigados.En los �ltimos a�os, sin embargo, un sector de la poblaci�n -incluyendo una parte de las �lites period�sticas y culturales- parece haber olvidado estas lecciones b�sicas. Ha sido una amnesia inducida: la ret�rica sanchista sosten�a que estamos en medio de una lucha global entre el progreso y la reacci�n. Por eso se hablaba de Zapatero como "referente moral", como si se tratase de un activista por los derechos humanos en vez de un veterano profesional de la pol�tica. Y si bien algunos asumieron esta ret�rica por cinismo o inter�s, otros parecieron creerla de verdad. De ah� la disonancia que muchos parecen haber sentido al ver su llegada a la Audiencia Nacional. Es otra paradoja de nuestro tiempo: hemos visto exhibiciones especialmente descarnadas de lo que es el poder pol�tico, pero muchos han elegido vivir en una suerte de inocencia ed�nica. Las consecuencias est�n a la vista.











