Pastizales, pastoreo y pastores son tres palabras que rara vez copan titulares. Cuando lo hacen, suele ser para aparecer asociadas a imágenes de sequía, sobrepastoreo, pobreza o degradación. En el imaginario urbano contemporáneo, cada vez más alejado del medio rural y de los oficios que lo sostienen, el pastor aparece a menudo como una figura del pasado; una reliquia pintoresca condenada a desaparecer en un mundo de satélites, inteligencia artificial y agricultura de precisión. Sin embargo, pocas imágenes explican mejor los desafíos ambientales del siglo XXI que la de un rebaño avanzando por un paisaje seco guiado por alguien que sabe dónde hay agua, cuándo debe moverse y cuándo conviene dejar descansar la tierra.El 17 de junio se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. Este año, Naciones Unidas ha elegido como tema central los pastizales bajo un lema tan sencillo como necesario: reconocer, respetar y restaurar. Reconocer su importancia, reconocer el legado de quienes los han cuidado durante generaciones y restaurar aquellos que han sido degradados por el cambio climático, el abandono, la intensificación agraria o las políticas que los consideran espacios vacíos a la espera de algo más rentable. La elección no es casual. En un planeta cada vez más cálido, con sequías más intensas y una presión creciente sobre los recursos naturales, los pastizales (que en zonas áridas no responden a esa imagen idílica de verdor, sino más bien a espacios abiertos en los que alternan zonas de pasto y matorrales) son una pieza clave para la seguridad alimentaria, la conservación de la biodiversidad, la regulación del ciclo del agua y la resiliencia climática. Esto es especialmente importante en países cuya economía se ha basado históricamente en la ganadería, como Mongolia, que aloja este año la decimoséptima conferencia de las partes (COP) de la Convención de las Naciones Unidas para la lucha contra la desertificación, y España, donde la ganadería ha marcado su economía, estructura social y paisaje durante siglos.Durante décadas, hemos tendido a valorar los bosques como el paradigma de la naturaleza y el reverso de la desertificación, y a mirar los pastizales como paisajes incompletos, degradados o improductivos. Esta mirada es errónea. Muchos pastizales no son bosques talados ni tierras marginales: son ecosistemas abiertos con su propia historia evolutiva, gestada a la par que la de los rumiantes salvajes y domésticos que los han aprovechado durante milenios. En sabanas, estepas, dehesas, páramos, matorrales mediterráneos o praderas de montaña, la interacción entre herbívoros, fuego, clima y gestión humana ha creado paisajes dinámicos que no pueden entenderse con la simple oposición entre naturaleza intacta o degradada.Esta confusión tiene consecuencias prácticas. En nombre de la restauración se han promovido plantaciones masivas de árboles en lugares donde no deberían estar, o políticas de conservación que expulsan a quienes han modelado y mantenido esos paisajes durante siglos. Restaurar un pastizal no siempre significa plantar árboles. A veces significa recuperar el pastoreo, abrir corredores para el movimiento del ganado, proteger puntos de agua, mantener mosaicos de vegetación, evitar la invasión de matorral y reconocer que la biodiversidad de muchos ecosistemas abiertos depende de una gestión activa y bien adaptada.La ganadería, por supuesto, no es inocente por definición. Como toda actividad económica busca ser rentable y tiende a sobredimensionarse ante condiciones de mercado favorables, provocando episodios de erosión y deterioro de la vegetación. Pero no todos los sistemas ganaderos son iguales, y conviene repetirlo tantas veces como sea necesario. La ganadería industrial, dependiente de materias primas importadas, altas densidades animales, transporte de larga distancia y grandes consumos de energía y agua, tiene impactos ambientales muy importantes. La deforestación de masas forestales en Sudamérica, como la Amazonia o el Chaco para establecer monocultivos de soja y enviarlos a Europa o China para alimentar sistemas intensivos son ejemplos claros de un modelo incompatible con los límites ecológicos del planeta. Pero meter en el mismo saco esa ganadería industrial y el pastoreo extensivo es un error científico, político y moral.El pastoreo extensivo, el que se base en la movilidad del ganado, es otra cosa. Es un sistema de producción asentado, en el conocimiento ecológico local y el aprovechamiento de vegetación que, en muchos territorios, no puede convertirse en alimento humano de otra manera. Los animales transforman pastos, rastrojos, matorrales y recursos dispersos en leche, carne, lana, estiércol y trabajo. Allí donde se practica bien, el pastoreo puede contribuir a mantener la fertilidad del suelo, dispersar semillas, crear heterogeneidad en el paisaje, conservar razas adaptadas a condiciones difíciles y reducir la acumulación de biomasa inflamable. Su sostenibilidad no reside solo en producir menos, sino en producir de otra manera: con menos dependencia de insumos externos y con mayor conexión con los ritmos de los ecosistemas.Los pastores son, además, especialistas en gestionar la incertidumbre. Mucho antes de que habláramos de adaptación climática, ya adaptaban sus recorridos a la lluvia, la nieve, la disponibilidad de pasto, las enfermedades, los mercados o los conflictos. En los ambientes áridos, donde la variabilidad es la norma y no la excepción, quedarse quieto puede ser mucho más arriesgado que moverse. Por eso los sistemas pastoriles móviles han persistido durante milenios en regiones áridas y semiáridas de África, Asia, América Latina y el Mediterráneo. Allí donde la agricultura intensiva fracasa o agota acuíferos, el pastoreo bien gestionado puede seguir generando alimento y oportunidades económicas.Esta lección es especialmente importante para España. Nuestro país es uno de los territorios europeos más vulnerables a la desertificación y al cambio climático. Sequías más frecuentes, olas de calor, lluvias torrenciales, pérdida de suelo fértil, sobreexplotación de acuíferos y abandono rural forman un cóctel peligroso para nuestros recursos naturales, tal como pone de manifiesto el reciente Atlas de la desertificación de España. Durante décadas hemos mirado la lucha contra la desertificación casi exclusivamente desde la óptica del agua, el regadío, la repoblación forestal o la ingeniería. Sin embargo, una parte fundamental de la respuesta está en cómo gestionamos el territorio. Es aquí donde el pastoreo extensivo debería ocupar un lugar central.En España, el pastoreo ha pasado de ser una actividad vertebradora del territorio a convertirse en un oficio residual, envejecido y con escaso relevo generacional. Las causas son múltiples: abandono del medio rural y migración a las ciudades, bajos precios en origen, exceso de burocracia, falta de servicios en los pueblos, dificultad de acceso a la tierra, conflictos con otros usos del territorio, ataques de fauna silvestre mal gestionados, precariedad laboral y escaso reconocimiento social. A ello se suma una paradoja: pedimos al medio rural que conserve paisajes, prevenga incendios, mantenga biodiversidad, produzca alimentos de calidad y sostenga tradiciones culturales, pero rara vez pagamos de forma justa por esos servicios ni tenemos en cuenta que muchos territorios rurales están despoblados y envejecidos.La ganadería extensiva no puede sobrevivir solo apelando a la nostalgia. Necesita políticas públicas coherentes, mercados justos y una sociedad que entienda qué compra cuando compra un queso, un cordero, una carne de pasto o una lana producida en sistemas extensivos. No se trata de idealizar al pastor ni de convertirlo en jardinero gratuito del paisaje. Se trata de reconocer que el pastoreo genera bienes públicos que hoy no se remuneran adecuadamente: prevención de incendios, mantenimiento de hábitats, conservación de razas autóctonas, ocupación del territorio, cultura, paisaje y soberanía alimentaria.Los incendios forestales muestran con crudeza el coste de ignorar esta realidad. España, como buena parte de la Europa mediterránea, acumula cada vez más combustible vegetal en montes y áreas rurales abandonadas. El cambio climático seca esa biomasa y alarga las temporadas de riesgo. Cuando llega la ignición, el resultado son incendios más rápidos, intensos e imposibles de apagar; solo se extinguen cuando se consume el material inflamable. Hemos invertido mucho en extinción, y debemos seguir protegiendo a quienes se juegan la vida apagando incendios. Pero ninguna sociedad puede basar su política contra el fuego solo en apagarlo. Hace falta prevenir, la estrategia más barata y la única que verdaderamente funciona en la lucha contra la desertificación. Y prevenir implica gestionar el paisaje antes de que arda. El pastoreo extensivo es una herramienta poderosa para ello. Los rebaños reducen la carga de combustible, abren discontinuidades en la vegetación, mantienen pastizales y mosaicos agroforestales y pueden complementar los trabajos mecánicos de gestión forestal. El pasto, en lugar de ser para las llamas, se convierte en proteína. Allí donde un desbroce puntual deja de ser eficaz al cabo de pocos meses, un sistema pastoral activo puede mantener el territorio de manera continua. No es una solución mágica ni sustituye a una política forestal integral, pero ignorarla es un lujo que no podemos permitirnos. En un país que cada verano teme la siguiente ola de incendios, apoyar a los pastores debería considerarse una inversión en seguridad pública.También lo es en cohesión territorial. La despoblación rural no se combate solo con fibra óptica, turismo de fin de semana o discursos bienintencionados. Se combate creando condiciones para que vivir y trabajar en los pueblos sea posible. El pastoreo extensivo puede generar empleo directo e indirecto: producción de alimentos diferenciados, transformación artesanal, mantenimiento de infraestructuras ganaderas, escuelas de pastores, turismo cultural, servicios ambientales, recuperación de razas locales y gestión de espacios naturales. Para ello hacen falta mataderos de proximidad, canales cortos de comercialización, acceso a pastos, simplificación administrativa y asesoramiento técnico. También una Política Agraria Común que considere la idiosincrasia local (por ejemplo, los pastizales del monte mediterráneo) y premie los beneficios reales sobre el territorio, no solo la posesión o el uso de hectáreas clasificadas en categorías rígidas, a menudo definidas desde un despacho situado a cientos o miles de kilómetros de la realidad que pretenden regular.En un mundo marcado por guerras, crisis energéticas, sequías y cadenas de suministro frágiles, depender de sistemas alimentarios altamente tecnificados y globalizados es cada vez más arriesgado; los costes de producción dependen del precio del petróleo y de un juego geopolítico en el que no tenemos influencia. El pastoreo extensivo, aunque no puede alimentar por sí solo a toda la población, aporta algo estratégico: alimentos de calidad producidos en territorios donde otras actividades agrarias son difíciles, con razas adaptadas y conocimientos locales que aumentan nuestra resiliencia. Defender la ganadería extensiva no implica promover un consumo ilimitado de carne, ni negar la necesidad de dietas saludables y con el menor impacto ambiental posible. Implica distinguir entre modelos de producción y apoyar aquellos que contribuyen a mantener territorios vivos.España cuenta, además, con un patrimonio único: la trashumancia. Las cañadas, cordeles y veredas forman una red histórica de corredores ecológicos y culturales que atraviesa la Península. Por ellas han circulado durante siglos rebaños, semillas, conocimientos, palabras, canciones, conflictos y acuerdos. La trashumancia no es solo una postal del pasado ni una fiesta folclórica. Es una infraestructura territorial de enorme valor en un tiempo de fragmentación de hábitats, pérdida de biodiversidad y cambio climático. Recuperar y proteger las vías pecuarias significa conectar ecosistemas, facilitar el movimiento del ganado, conservar paisajes y mantener viva una cultura que forma parte de nuestra memoria colectiva.Reconocer, respetar y restaurar. El lema de Naciones Unidas debería servirnos también como hoja de ruta para España. Reconocer que los pastizales no son tierras vacías, sino ecosistemas esenciales. Respetar a los pastores y ganaderos extensivos, no como figuras decorativas, sino como profesionales que producen alimentos y gestionan bienes públicos. Restaurar no solo suelos y vegetación, sino también las condiciones sociales, económicas e institucionales que permiten que el pastoreo siga existiendo.No hay lucha contra la desertificación sin suelo fértil, sin agua, sin biodiversidad y sin gente que cuide el territorio. Durante demasiado tiempo hemos fabricado desiertos confundiendo desarrollo con explotación intensiva, abandono con naturalidad y restauración con monocultivos de árboles. Los pastizales nos ofrecen otra mirada: la de paisajes humildes, abiertos y vivos, donde la sostenibilidad depende menos de imponer soluciones desde lejos que de escuchar a quienes han aprendido a vivir con la sequía, la variabilidad y los límites. En un país que se calienta y se vacía, quizá una de las políticas ambientales más modernas sea, precisamente, ayudar a que vuelva a escucharse el sonido de los rebaños, en consonancia con otros murmullos de la naturaleza.
Pastoreo contra la desertificación: restaurar la naturaleza no siempre significa plantar árboles
La trashumancia es una infraestructura territorial de enorme valor en un tiempo de fragmentación de hábitats, pérdida de biodiversidad y cambio climático











