Opinión
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CAtalejoMientras no se decida castigar el uso y tenencia de las drogas, los países no pueden lograr su desaparición.
Una de las tragedias más dolorosas hoy en día es el consumo de la droga, no solo su venta, producción y traslado. No es una solución cien por ciento efectiva, pero si se lograra reducirla a la mitad o incluso una tercera parte, sería un avance enorme. Esto necesita de un sistema legal aceptablemente sólido y dependería del porcentaje de drogadictos de cada país. Estados Unidos, por ejemplo, tiene 9.5% de drogadictos, es decir 34 millones de personas (casi el doble de la población total de Guatemala), y al estar dividido en 50 estados, la ley es distinta en cada uno y solo las leyes federales tienen jurisdicción nacional. Para comprender el significado, si cada día murieran mil drogadictos, esa población terminaría en 3.4 millones de días, es decir largos 93 años.
Los castigos para la “industria” de la droga, en cualquiera de sus manifestaciones, demasiadas veces son complacientes, incluyendo al consumo. Pero este último no siempre se cumple, por una equivocada tolerancia, aunque esté regada en todos los sectores de la sociedad: económico, militar, educativo. La guerra de Vietnam fue terrible en todo: casi 60 mil bajas por el combate, por las drogas ofrecidas a soldados en ciudades, restaurantes, prostíbulos. La destrucción de bosques y aldeas por el napalm, creado durante la Segunda Guerra Mundial, deshizo la ecología y vidas, con muertos por trampas de bambú y encierro en cárceles inhumanas. Las víctimas quedaron con los efectos de armas vietnamitas utilizadas por siglos y sin costo, al contrario de las estadounidenses.










