Solía ir casi todos los días al gimnasio hasta que este se llenó de aspirantes a opositores a Policía Nacional y lo dejé. Cambié aquel derroche testosterónico y compendio de tatuajes cuestionables y preconstitucionales por los cursillos que ofrecía mi ayuntamiento a precios populares. Ahora hago deporte sin pagar un potosí rodeada de señoras de todas las edades -maravillosas Charos- con las que me río un montón mientras sudamos juntas la gota gorda. Salimos de esas clases municipales tan agotadas como contentas, después de que nos hayan metido una paliza de sentadillas, mancuernas y cardio, que esas señoras fantásticas aguantan sin alardes y siempre con una broma en los labios.PublicidadEstá claro que con este cambio salí ganando en todos los sentidos: no solo estoy más en forma que nunca, también tengo un grupo de mujeres con las que compartir risas, charlas y abdominales. Mujeres fuertes que, sin alardes, aguantan el ritmo endiablado que nos impone nuestra monitora. Y que después regresan a sus casas cargadas con varias y pesadas bolsas de la compra, ponen lavadoras, mueven los muebles de casa para pasar la aspiradora por todos los rincones, levantan en el aire ellas solas a sus madres dependientes y después se van a trabajar o a cuidar de sus nietos. Y hacen todas estas cosas sin histrionismos, sin gruñidos, sin necesidad de competir o presumir entre ellas y sin espejos en los que admirar sus músculos. Llevo ya varios años teniendo la suerte de compartir sudor y carcajadas con estas damas, soy tan afortunada que incluso alguna se ha llegado a convertir en una amiga muy querida con quien disfruto de largas charlas y bonitas sesiones de yoga en el parque.Se podría decir que existe un mundo secreto que las mujeres aún nos preocupamos en cultivar y atesorar. Un mundo íntimo -porque no hacemos exhibicionismo- de lazos y cariño pero también de fortaleza física. Un mundo -y una realidad- que desmonta y se carcajea en la cara de todos los tópicos rancios, erróneos, malintencionados, limitantes e ignorantes sobre el género femenino. Sin embargo los espejos de los gimnasios nos devuelven la imagen del reverso tenebroso de este mundo: una trampa de individualismo, narcisismo, misoginia, testosterona, anabolizantes, sacrificios inútiles y cuerpos inalcanzables. Un mundo en el que solo cabe el resentimiento, la frustración y los trajes sastre de pantalón pitillo y chaquetas estrechas, tan feos como incómodos de llevar y de ver. Un mundo ridículo y artificial de masculinidades frágiles y heridas. Un mundo tan risible como peligroso.Pues este mundo no deja de ser la reverberación de un tipo de masculinidad que se sabe en peligro de extinción y que, por eso mismo, se vuelve cada vez más violenta y agresiva. Un mundo, y una forma de entender y vivir “lo masculino”, que se revuelve ante una realidad que está cambiando -de forma lenta, con altibajos y pasos atrás pero imparable- y que busca refugio y consuelo ante su inminente irrelevancia en los grandes hits del pasado. De ahí su apuesta suicida por el belicismo, el militarismo, el racismo y la homofobia. Pero también como devoción mística hacia el Imperio Romano -o lo que piensan que era-, los pueblos nórdicos, los tatuajes tribales, los cuerpos masculinos musculados y con poca ropa y las peleas sangrientas y sin reglas de las artes marciales mixtas. Todo ello presentado y servido como una caricatura, como una ilusión de serie B hollywoodiense de cartón piedra. Un batiburrillo de inseguridades, miedos, complejos y serias carencias afectivas y educativas.Realmente es una pena que los psicoanalistas argentinos estén ahora mismo ocupados full time tratando de descifrar la mente de Milei y de los defensores de la libertad carajo y de que les paguen el salario en patatas, porque el circo que Trump ha montado a su alrededor es una perita en dulce para todo amante que se precie del psicoanálisis. Pues no es otra cosa que el reflejo palpable de un hombre acomplejado pero, sobre todo, de un hombre que se sabe debilitado y cada vez más aislado y enajenado de la realidad. Un Heliogábalo de pacotilla que amenaza con ahogar a sus súbditos -y al resto del mundo- en un mar de bótox, implantes, inyecciones de testosterona y pan de oro. Un hombre asustado y pequeño que se ha rodeado de una corte tan grotesca en su estética como en su moralidad. Un anciano que se monta él solito una fiesta de cumpleaños con la que poder desnudar todas sus debilidades y miedos.PublicidadEl cumpleaños de Trump ha sido el espectáculo público de exhibicionismo del síndrome de esta masculinidad idiota, débil y grotesca. La metáfora un mundo que no sabe que ya está muerto. El símbolo de un fracaso.
La fiesta de Trump o el síndrome de la masculinidad idiota
Solía ir casi todos los días al gimnasio hasta que este se llenó de aspirantes a opositores a Policía Nacional y lo dejé.










