“Hay que hackear el cuerpo. Los de mi generación, creo que llegaremos a los 100 años”, comentaba el empresario José Elías (Badalona, 50 años) en el pódcast La fórmula del éxito. El dueño de la cadena de congelados La Sirena explicaba así, hablando de erecciones, biohacking e inmortalidad, los motivos que le habían empujado a empezar una terapia de reemplazo de testosterona (TRT). “Me lo acabo de hacer y es la polla. A nivel de vigor, no hay ninguna duda. A nivel de vitalidad, también. La sensación es la de volver a los 30”. La charla era distendida y cabría pensar que anecdótica. Pero explica muy bien una tendencia, cada vez más acusada, que ha llegado a España importada desde Estados Unidos. La TRT promete aumentar el músculo, el ánimo y la libido. Rejuvenecer a ancianos y animar a depresivos. Hacer a los hombres más jóvenes, más machos, más sexuales. Pero este no es tanto un listado médico como un reclamo publicitario. Esta idea se ha convertido en una estrategia de marketing que se usa especialmente en las redes sociales y los pódcast. Se está medicalizando la masculinidad, exagerando sus atributos con tratamientos agresivos que no responden tanto a una necesidad médica como a una ideología subyacente. Un estudio académico australiano publicado hace tres meses concluía que algunas publicaciones en redes retratan la baja testosterona como “una crisis de masculinidad”. Y no solo eso: promueven los tests de testosterona tratando de convencer a hombres jóvenes y sanos de que tienen algún tipo de problema.Esto podría explicar el increíble aumento en las TRT que se está dando en los últimos años. En Estados Unidos, las prescripciones han aumentado un 154% desde 2020. Aproximadamente el 5,6% de los hombres entre 30 y 79 años presenta deficiencia de testosterona, una condición llamada hipogonadismo. Pero solo uno de cada cinco recibe tratamiento. El aumento de esta medicación debería resolver el problema; sin embargo, se da la paradoja de que no es así. “No hay garantías de que se esté tratando a los pacientes que lo necesitan”, explica María Papaleontiou, endocrina del Hospital de Michigan, Estados Unidos. Un reciente artículo suyo, publicado en la revista The Endocrine Society, pone cifras a esta paradoja: solo el 12% de los hombres tratados cumplía todos los criterios diagnósticos. El tamaño de la muestra es reducido (unos 200 informes) y se centra en una sola institución, pero Papaleontiou recuerda que está en consonancia con otros estudios similares. Todo esto sin tener en cuenta las numerosas clínicas privadas que hacen análisis y recetan tratamientos en internet, donde la testosterona se mide fuera de los protocolos clínicos tradicionales.En el pódcast, después de hablar sobre los beneficios de la TRT, José Elías anunció que quería abrir una clínica de salud masculina para hacer análisis de testosterona. En Miami ya hay muchas, decía. Y en Dubái. En España todavía no. Esta es la otra pata de esta tendencia que no se puede obviar: la económica. El mercado de pruebas de testosterona no para de crecer: se estima que pasará de 122,2 millones de dólares en 2026 a 222,7 millones en 2035, según un informe de Future Market Insights. “Esta industria se ha convertido en un mercado multimillonario”, añade la doctora Sophia Sinha, coautora del estudio de la Universidad de Michigan. “Está impulsado en parte por modelos de negocio basados en suscripciones y agresivas estrategias publicitarias en redes sociales. Además, si bien la baja testosterona puede asociarse con fatiga, falta de energía y disminución de la masa muscular, estos síntomas comúnmente citados no son específicos y también pueden deberse a otras afecciones”. Cada vez más hombres sanos están recurriendo a la suplementación de testosterona. Los niveles de esta hormona disminuyen con la edad, especialmente a partir de los 45 años. Es un proceso natural de envejecimiento al que ahora se le puede poner un parche sintético. La promesa es tan tentadora como inquietante, según se mire: crear una generación de ancianos fibrados, enérgicos y libidinosos como adolescentes. En aquellos usuarios más jóvenes, los beneficios son más difusos y solo se entienden desde una óptica ideológica y cosmética. Porque los efectos secundarios sí son claros: si un joven sano se inyecta testosterona, su cuerpo lo detecta y apaga su producción natural, algo que puede producir daño en los testículos e infertilidad. Sin embargo, desde algunos rincones de internet, influencers como Clavicular, de 20 años, dicen estar consumiendo estos productos como esteroides, para conseguir un aspecto más masculino y musculoso.“Todo esto tiene un componente ideológico evidente”, explica el sociólogo Olmo Morales, que considera que el auge de la testosterona es una reacción al cuestionamiento del poder masculino. “Una de las respuestas frente al avance de las mujeres, en lugar de reinventar las masculinidades, ha sido reforzarlas, con la forma y la estética hegemónica”, explica. En el fondo, la TRT es una terapia de reafirmación de género. Se les dice a los hombres que, si no encajan dentro de una caricatura de lo masculino, pueden conseguirlo con un tratamiento. Este enfoque conecta muy bien con la manosfera, una red de comunidades en línea que difunden ideas regresivas sobre el género y la superioridad masculina. Así, la testosterona se ha convertido en el elixir priápico del movimiento MAGA. Igual que hace unos años, en ciertos sectores de la izquierda, se hablaba de “feminizar la política”, ahora en los rincones más ultras de la derecha, se intenta masculinizarla. De forma literal. Robert F. Kennedy Jr., el secretario de Salud estadounidense, es el mayor apóstol de este tratamiento. Sus fotos sin camiseta, entrenando en pantalones vaqueros, son un reclamo para muchos coetáneos. Kennedy luce un torso fibrado, venoso, ligeramente hinchado, a sus 72 años. Podría pensarse que es la antítesis del mucho más redondeado Donald Trump. Pero no es así. Según Kennedy, su jefe tiene “la constitución de una deidad”. Lo dijo hace poco en un pódcast en el que explicaba que la clave de su salud se debe a que tiene “los niveles de testosterona más altos que jamás se hayan visto en un individuo de más de 70 años”. La obsesión MAGA con esta hormona va más allá de las palabras. Kennedy ha empezado a dar los primeros pasos para desregular la prescripción de testosterona, lo que podría abrir el medicamento a un mercado mucho más amplio. Desligarlo del contexto médico para convertirlo en un producto cosmético. Los motivos para hacerlo son discutibles. Distintos estudios han comprobado que, en las últimas décadas, los niveles medios de testosterona han bajado entre los hombres de los países occidentales. En parte, se explica por el envejecimiento poblacional. También influye la pandemia de obesidad, pues el sobrepeso y la diabetes interfieren en su segregación. Pero hay una parte de la derecha estadounidense que defiende, sin pruebas, que factores ambientales, químicos o incluso políticas públicas estarían reduciendo los niveles de testosterona en los hombres, con implicaciones sociales profundas. Por eso quieren “liberalizar” su uso.La testosterona ha demostrado no ser tan peligrosa como se pensaba hace unos años. Un estudio, publicado en 2023, realizado en un grupo de 5.200 hombres de 45 a 80 años, descartó la creencia, muy extendida hasta entonces, de que la TRT estuviera asociada a un aumento de los infartos de miocardio y los accidentes cerebrovasculares. El ensayo también descubrió que la testosterona mejoraba el deseo sexual (aunque no la disfunción eréctil) y se asociaba a una modesta disminución de la depresión al cabo de dos años.Pero los beneficios de la suplementación para personas con niveles saludables son discutibles. “La relación entre la testosterona y el bienestar es más débil de lo que mucha gente piensa”, alertaba un reciente estudio de la Universidad de Gotenburgo. “La testosterona parece haber pasado de ser un tema clínico específico a un tema más amplio de conversación sobre estilo de vida”, explica en un intercambio de mensajes su autor, el endocrino Amar Osmancevic. “Es probable que la narrativa pública se haya simplificado tanto porque se comercializa como una solución milagrosa para síntomas comunes e inespecíficos como la fatiga o el bajo estado de ánimo”, lamenta el especialista. “En realidad, la biología es mucho más compleja y está interconectada”. Se sabe que la testosterona ayuda a desarrollar músculo. “Pero al usar tomografías computarizadas avanzadas para ir más allá del simple tamaño muscular, mi investigación reveló algo interesante: más grande no siempre es mejor”. Osmancevic comprobó que, a medida que los músculos crecen, pueden llegar a acumular grasa oculta, una afección llamada miosteatosis. Su análisis confirmó que las asociaciones más evidentes con la TRT se observan en problemas sexuales y, en menor medida, en dolor muscular y articular, “pero incluso estas son modestas”. Síntomas como la fatiga o la depresión no mostraron una relación clara con niveles bajos de testosterona y parecen depender más de factores como la edad, el estilo de vida, las enfermedades asociadas y la grasa abdominal.Sin embargo, en internet, no se discute tanto la letra pequeña de papers académicos como las fotos del antes y el después. Historias apasionantes sobre cómo hombres de mediana edad pasaron de sentirse agotados a motivados. Cómo redujeron su barriguita cervecera y se les hincharon los bíceps y algo más, demostrando un deseo inagotable de tener relaciones sexuales. De esta forma, la testosterona ha dejado de ser una hormona para convertirse en un concepto, un ideal. La versión masculina e hipertrofiada de la sustancia.Pero las hormonas son compuestos químicos complejos. No pueden simplificarse para adaptarse a un discurso cultural (sucede también con la dopamina, el cortisol o las endorfinas). Funcionan en red, de formas interrelacionadas difícilmente replicables. Haber encontrado un sustituto artificial para la testosterona es una buena noticia. Pero, para venderla a quien no la necesita, se ha abierto un debate online simplista que trasciende lo médico. Es efectivo y está aumentando los beneficios de algunas empresas. También está apuntalando un discurso político tóxico y haciendo que los hombres se sientan inseguros sobre su propia masculinidad.
Hombres inseguros, negocio seguro: la fiebre por la testosterona exprime el discurso reaccionario de la crisis de masculinidad
Las terapias hormonales prometen aumentar el músculo, el ánimo y la libido, pero este reclamo publicitario e ideológico provoca que solo una minoría de quienes se inyectan lo haga por razones médicas
Mercado TRT crece $122M→$223M (2026-35) impulsado por marketing agresivo; solo 12% de pacientes cumple criterios diagnósticos. Para managers tech: behavioral targeting medicalizando síntomas vagas—un patrón health tech donde el problema es parte del GTM.












