Quico Rivas (Cuenca, 1953- Ronda, 2008) ya era un personaje fascinante mucho antes de ser un personaje. El verano de sus 15 años lo pasó en Campillos, un temible internado de la provincia de Málaga al que las familias bien de Sevilla enviaban a los malos estudiantes. El caso es que él no estaba allí por eso, sino por todo lo contrario. Alumno brillante, el curso anterior se había empeñado en cursar a la vez los bachilleratos de Ciencias y de Letras, y aunque solo le quedaron tres asignaturas, a su padre —el conde de la Salceda— no le tembló el pulso. Una carta de Quico a su familia aquel verano de 1968 refleja el desamparo de un adolescente y a la vez el insurgente que ya le bullía dentro: “Ardo en deseo de veros. Hay que ver la mala pasada que me habéis jugado. No me habéis escrito ni enviado paquete ni nada, desde luego estaréis pasando un verano pelotudo sin mí. Vino don Diego a por el libro de Carlos Marx y no sé por qué… Me lo traje para la hora de la siesta, que la paso muy aburrido sin poder leer ni hablar, y como dormir no me duermo...”.Aquella carta de Quico Rivas figura en el prólogo de Lo que dura una canción, la primera y única novela del crítico de arte, editor, poeta, comisario de exposiciones y mil cosas más, entre ellas la de personaje de la contracultura sevillana, zaguán de la Movida madrileña. De eso va precisamente el libro, situado en 1968 pero escrito a finales de 1980 y cuya existencia era un rumor hasta que el periodista y crítico cultural Fran G. Matute pidió a Eva Rivas que le diera acceso al archivo de su padre. Y allí estaban —metidos en un sobre— unos 200 folios escritos a máquina y con infinitas correcciones a mano que el editor Jandro Alvargonzález, con la ayuda de Matute y el permiso de la hija y heredera del legado de Quico, fue convirtiendo en un libro precioso del sello Colectivo Bruxista. La belleza del nuevo volumen radica en el texto de Rivas, pero también en el prólogo escrito por Matute, un experto en la contracultura y la vanguardia de finales de los años 60 en Sevilla, de ahí sus ensayos Esta vez venimos a golpear (Sílex) y A Quico Rivas, por una revolución de la vida cotidiana (Athenaica). Cuenta Fran G. Matute que él no conoció a Rivas, pero que ha leído muchas cartas suyas, sus poemas, sus críticas de arte, y que en contraste con la imagen pública que pudo tener en aquellos años de la Movida (“la de un noctívago, un bruto de la noche”), en realidad era alguien con mucha sensibilidad, que incluso podía parecer inocente. Precoz e inquieto, a los 16 años Rivas montó junto a su compañero de instituto Juan Manuel Bonet el legendario Equipo Múltiple. “La suerte de esta novela”, explica Matute, “es que Quico la escribió muy joven, con 25 o 26 años, poco tiempo después del tiempo que relata y que él vivió. Y aunque ya tiene un punto de desencanto, conserva una mirada muy tierna. En vez de echarle la culpa a ese Quico más joven, en vez de reñirle, lo que hace es comprender que todo lo que le ocurrió a finales de los 60 a esta gente tan joven como él fue un torbellino emocional y un torbellino moral; un torbellino que afectó a su vida cotidiana. Y en el caso del personaje suyo de la novela, que es su alter ego, la gracia es ver hasta qué punto estaba descolocado. No es una novela heroica sobre el hippismo, no hay gente drogándose, no hay esa estetización del mundo hippy, sino que realmente es una mirada desde fuera, desde un niño burgués al que le hubiese encantado formar parte de esa revolución, pero su bagaje político, cultural, religioso, educacional, no le permite disfrutar en plenitud de aquello”.Quico Rivas venía en realidad de un territorio muy distinto. Lo cuenta muy bien su hija Eva: “De pequeñita no lo traté, pero me cogió por banda cuando era preadolescente y gracias a Dios, porque mi familia es muy tradicional, muy pija, muy católica, y a mi Quico me enseñó en la edad perfecta lo que es el contraste, que había un mundo más allá. Me daba los libros adecuados, me llevaba a los sitios adecuados. Era solo 18 años mayor que yo, y viví unas correrías con él que no te puedes ni imaginar. Y ya nunca dejamos de tener contacto hasta que se murió. Como niña siempre pensé que era un disparate de padre, pero ahora pienso: qué bien, qué divertido y cuánto me ha enseñado…”.Eva Rivas recuerda que su padre terminó la novela en la casa familiar de Grazalema y después la dejó medio olvidada. “Decía que solo salvaría el título. Siempre decía que el título es el proyecto, que con un buen título, ya fuera de una exposición o de un libro, ya estaba casi todo el camino recorrido. Yo creo que nunca tuvo intención en vida de publicarla, pero como tantas otras cosas de Quico. Era el que no acababa nunca, el que no remataba nunca, no sé si por vergüenza; no sé… Pero creo que ahora mismo estaría encantado de cómo ha quedado el libro y del recibimiento que está teniendo”.Tras la muerte de Quico Rivas el primero de junio de 2008, el escritor sevillano Diego Carrasco, que lo conocía desde que llevaban pantalón corto, escribió un obituario en este periódico que habla de un personaje brillante y refinado, un conde sin modales de conde, “un título que cuando le correspondió lo llevó a gala tanto como su condición de insurgente insobornable. Porque lo suyo era la insurgencia permanente. Provocador, inquieto, versátil, lector incansable, buen vividor, escribió las más bellas líneas sobre arte y literatura, desperdigadas en cientos de catálogos editados por ahí”. Como tantos otros, recuerda el ensayista Fran G. Matute, Rivas se fue pronto de Sevilla porque sintió que se le quedaba chica, pero siempre volvió, sobre todo a la Semana Santa, aunque quienes siempre “lo tuvieron en un altar” fueron los anarquistas de la CNT: “Aquí siempre se le ha querido mucho. De hecho, todas las propuestas de reivindicación de su figura se están haciendo desde Sevilla”. En la contraportada de Lo que dura una canción hay una frase de Quico Rivas que puede ser un epitafio, pero también un proyecto de vida: “Yo mismo cultivé la leyenda de mi mala fama, que es la única fama respetable”.