La historia de la computación, y ahora también la de la IA, se cuenta con una narrativa de éxito, incluso de manera triunfal. En cuanto a la capacidad de cálculo de las computadoras no es para menos, habida cuenta de que el crecimiento ha sido y sigue siendo exponencial y de forma ininterrumpida durante más de medio siglo, algo que no tiene parangón en la historia de la tecnología. Es tan ingente la capacidad de cálculo que hoy tenemos, que si hace unas décadas nos la hubiesen garantizado de por vida quizás la habríamos considerado más que suficiente para resolver todos los problemas computables de interés. Pero no es así, ni así será, por mucho que siga creciendo. Bien al contrario, a medida que ha ido aumentando la capacidad de las computadoras nos las hemos ingeniado para necesitar más y más. El aumento de su capacidad nos ha abierto la puerta a ámbitos, problemas y escalas nuevos y mayores, en una ambición que no tendrá nunca ni límite ni respuestas definitivas.

Al principio parecía suficiente con que las computadoras se encargasen de hacer los censos, las nóminas y los cálculos más largos y tediosos que venían realizando las personas. No se pensaba en general en problemas cuya resolución no nos planteásemos resolver “a mano”, digámoslo así. Pero pronto se vio que eran aún más interesantes estos problemas imposibles para las capacidades humanas y comenzó a desarrollarse la simulación por computadora, la optimización, la representación y procesamiento de gráficos, la criptografía y hasta el aprendizaje automático. Y así seguimos avanzando hasta simular con gran precisión una explosión nuclear, predecir el tiempo atmosférico o el plegamiento de proteínas. Lo computable puede en general mejorarse con más computación, aumentando la precisión de los resultados, escalando el tamaño de los problemas o aproximándonos más a la mejor solución posible.