Aceptar un “no” puede parecer algo sencillo. Sin embargo, muchas personas hoy tienen dificultades para hacerlo. Esto ocurre incluso con situaciones pequeñas, cotidianas y pasajeras.Quienes crecieron en las décadas de 1970 y 1980 suelen manejar mejor estas negativas. Tienen la capacidad de escuchar un rechazo y recuperarse rápido. En menos de una hora suelen seguir con su día.Esta diferencia entre generaciones no es casual. Es un reflejo de cómo se vivía y se enseñaba la tolerancia a la frustración.La fortaleza para aceptar el “no”: un aprendizaje perdidoLas circunstancias que rodeaban la infancia en los 70 y 80 ayudaron a formar esta fortaleza. Los niños de esa época solían estar en ambientes donde las reglas eran claras y la disciplina más estricta.Además, la gratificación instantánea era menos común. No tenían acceso inmediato a todo lo que deseaban, por lo que aprendían a ser pacientes. Esta espera les enseñaba a recuperarse cuando no conseguían algo al instante.La psicología sostiene que la tolerancia a la frustración no aparece de manera automática. Se desarrolla a través de experiencias repetidas donde la persona descubre que puede soportar la incomodidad emocional sin que eso represente una amenaza real.Muchos adultos que crecieron antes de internet, las compras instantáneas y el acceso permanente al entretenimiento estuvieron expuestos con frecuencia a este tipo de aprendizajes.Por eso algunos investigadores consideran que la capacidad de aceptar contratiempos cotidianos podría haberse fortalecido de forma más natural en esas generaciones.Otros aspectos:Menor sobreprotección. Los adultos permitían que los niños experimentaran pequeñas decepciones sin intervenir inmediatamente. Esto fortalecía la capacidad para manejar emociones difíciles.Escasa evasión digital. En ausencia de dispositivos móviles o videojuegos permanentes, los niños debían enfrentar sus sentimientos sin distracciones inmediatas.Límites claros y constantes. Las normas en el hogar y la escuela facilitaban que los niños internalizaran la idea de que no siempre se puede obtener lo que uno quiere.Como resultado, muchas de estas personas desarrollaron una tendencia a buscar alternativas cuando algo no sale como esperaban, en lugar de quedar bloqueadas por la decepción inicial.Un estudio de la Universidad de Michigan encontró que quienes crecen con límites bien definidos desarrollan una mayor capacidad para manejar frustraciones y presentan niveles menores de ansiedad en la adultez.Por otro lado, los experimentos originales del psicólogo Walter Mischel en la Universidad de Stanford, realizados a fines de la década de 1960 y conocidos como el "test del malvavisco", se convirtieron en uno de los estudios más influyentes de la psicología del desarrollo.En ellos, se ofrecía a niños en edad preescolar una elección sencilla: podían recibir un malvavisco de inmediato o esperar un tiempo para obtener dos. Allí descubrieron que los niños que lograban esperar tendían a obtener mejores resultados académicos y socioemocionales durante la vida adulta.La capacidad de postergar una recompensa o aceptar una demora parecía estar realizando un trabajo importante a largo plazo, ayudando a desarrollar habilidades de autocontrol, regulación emocional y adaptación frente a los desafíos cotidianos.Fortalecer esta habilidad hoy implica dar espacio para que las nuevas generaciones experimenten y trabajen sus emociones sin sobreprotección ni soluciones rápidas. Así, se puede regresar ese pequeño pero vital poder: la capacidad de levantarse pronto tras un “no”.