El hartazgo generalizado que sentimos todos ante la nauseabunda corrupci�n de nuestros pol�ticos nos conduce a pensar que la condici�n humana no tiene remedio, que somos una especie repugnante y que nadie se salva.Hoy la valiente periodista Ketty Garat nos relata en su �ltimo libro Todos los hombres de S�nchez (Deusto) la avaricia, idiotez, arrogancia y sorprendente ceguera de los dirigentes socialistas que rodean a nuestro actual presidente. En el pasado otros periodistas hicieron lo mismo con los l�deres de su tiempo. Y otros lo har�n con los del futuro. Parece instalarse como un principio inquebrantable la idea de que el destino inevitable de cualquier aspirante a gobernar consiste en meter la mano donde no debe.Frente a este panorama desolador, tuve recientemente la agradable experiencia de desayunar con D. Antonio Garrigues Walker en su nuevo despacho de las Torres de Col�n. A sus 92 a�os, el jurista no ha perdido la costumbre de acudir cada d�a a trabajar, prueba de la gran vitalidad intelectual y f�sica que siempre le ha caracterizado.Hablamos del panorama pol�tico, y �l me insisti� en lo que ya me dijo cuando le entrevist� por primera vez para El Confidencial un mes de julio del a�o 2008, mientras la mayor crisis financiera de la historia reciente sacud�a las bolsas del mundo entero: �Uno no puede permitirse ser pesimista�.En esa misma entrevista tambi�n me asegur� que su fe en la condici�n humana era limitada, pero ello no le imped�a defender que �m�s all� del liberalismo conservador y del socialismo liberal est� ese liberalismo al que le importa mucho m�s el ser que el tener, y aunque respeta profundamente el deseo de tener de cada ser humano, concede un valor decisivo a los planteamientos morales sin los cuales el sistema se encanalla y se derrumba�.Estamos de acuerdo, D. Antonio.Existe un liberalismo aspiracional que tiene m�s que ver con la construcci�n del car�cter de sus l�deres que con el dise�o de pol�ticas, de constituciones y de instituciones. El Papa Le�n XIV formul� una idea similar en su discurso de la semana pasada ante el Congreso de los Diputados: �ser libre significa saber reconocer el bien y adherirse a �l responsablemente". Es decir, la libertad como exigencia moral.La historiadora Helena Rosenblatt, recientemente entrevistada por el periodista del New York Times Ezra Klein, explicaba que, antes de que el liberalismo se consolidara como un sistema de Gobierno, hab�a una tradici�n que identificaba al liberal con ciertas virtudes, las virtudes del buen ciudadano que siente una devoci�n por el bien com�n.Esta tradici�n de �ser liberal� hunde sus ra�ces en la antigua Roma, en pensadores como Cicer�n o S�neca, que conceb�an la libertad como la posibilidad de convertirse en la persona que uno est� llamado a ser. Una persona caracterizada por la reciprocidad, el intercambio, la generosidad y la benevolencia hacia los dem�s.Para entrenar a las �lites liberales en el cultivo de estas virtudes era necesario una educaci�n liberal: una educaci�n orientada a formar a l�deres morales, amantes de la libertad, entrenados en la ret�rica, la filosof�a y la historia; personas capaces de hablar en p�blico de forma persuasiva sin dejar de ser respetuosas.M�s adelante, en las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII, la reivindicaci�n de los derechos fundamentales del ciudadano libre frente al poder arbitrario y absoluto del monarca deb�a ir necesariamente acompa�ada de una responsabilidad: el cumplimiento de los deberes c�vicos. Es en ese contexto donde la fil�sofa y escritora francesa Madame de Sta�l se preguntaba con inquietud y anhelo: ��D�nde est�n los hombres buenos?�.Y eso mismo nos preguntamos hoy, en estos tiempos de zozobra pol�tica, no solo en Espa�a sino mucho m�s all� de nuestras fronteras. La crisis de la democracia liberal parece estar marcada, en gran medida, por la escasez de este tipo de liderazgos. Volvemos a los tiempos oscuros de las autocracias en forma de cleptocracias.Muchas son las causas de este deterioro. De todas ellas, quiz� se�alar�a la ausencia de una aut�ntica educaci�n liberal. Hoy en d�a la educaci�n est� planteada para la consecuci�n de un buen puesto de trabajo, primando el �xito material por encima de la formaci�n de buenos ciudadanos, con los valores necesarios y un lenguaje com�n para sostener las exigencias de una democracia liberal dentro del capitalismo de mercado.Tambi�n parece que la polarizaci�n ha roto con ese principio esencial del liberal: la diferencia puede resultar en algo mejor a trav�s del intercambio de ideas, de la tolerancia y de la libertad de expresi�n. Ese mercado libre de las ideas, donde dejamos atr�s los dogmas y las supersticiones para debatir y deliberar hacia algo que nos permita progresar.Son muchos los retos que tenemos que hacer frente en la vieja Europa: recuperar nuestra autonom�a estrat�gica, mejorar nuestra competitividad en el escenario global, canalizar mejor los ahorros europeos hacia inversi�n productiva de nuestras empresas para poder realizar la transici�n tecnol�gica y clim�tica que se requiere, ya no solo para vivir de acuerdo con los est�ndares a los que estamos acostumbrados, sino para meramente sobrevivir en las pr�ximas d�cadas.Para abordar estos retos, pocos somos los que seguimos apostando por la idea de que es posible que unas �lites virtuosas, educadas, cr�ticas y atentas velen por el bien com�n de nuestra comunidad. Y lo hacemos no desde la ingenuidad, que puede que tambi�n, sino desde la experiencia de que en en determinados momentos de la historia esto fue una posibilidad real.Quiz�s el problema de nuestro tiempo no sea �nicamente la escasez de hombres y mujeres buenos, sino la desaparici�n progresiva de los espacios donde puedan formarse. Durante siglos, universidades, ateneos, c�rculos intelectuales, asociaciones profesionales o determinadas empresas asumieron la tarea de educar el car�cter junto al conocimiento. Hoy abundan los expertos, pero escasean los lugares donde aprender a deliberar con quienes piensan distinto, sostener conversaciones dif�ciles o entrenar el arte de la prudencia.Pero no conviene caer en el derrotismo, en distintos �mbitos comienzan a surgir iniciativas que intentan recuperar esa vieja tradici�n de una educaci�n liberal adaptada a los desaf�os del siglo XXI.En una de estas experiencias recientes, directivos y consejeros de empresa, fil�sofos, ingenieros y altos funcionarios debatieron sobre los riesgos �ticos de la inteligencia artificial en la gobernanza corporativa y en la democracia, y las condiciones necesarias para ejercer un liderazgo responsable en contextos de incertidumbre. Resulta significativo que cuando se pregunt� a los participantes qu� cambios deber�an introducir en su propia forma de liderar, las respuestas no giraron en torno a la rentabilidad o la eficiencia, sino a virtudes como la humildad, la escucha, la coherencia, la valent�a moral o la capacidad de construir un prop�sito compartido.M�s reveladora a�n fue la conclusi�n alcanzada al debatir sobre el liderazgo �tico. Frente a la falsa alternativa entre confiar en l�deres providenciales o en burocracias impersonales, la mayor�a defendi� que las organizaciones necesitan simult�neamente l�deres virtuosos e instituciones s�lidas.Si queremos preservar la democracia liberal en una �poca marcada por la desinformaci�n, la polarizaci�n, la revoluci�n tecnol�gica y la desconfianza institucional, necesitaremos volver a invertir en esos espacios donde las �lites puedan cultivar la moral en la esfera p�blica. No bastar� con mejores leyes ni con mejores algoritmos. Necesitaremos mejores ciudadanos, mejores l�deres y mejores instituciones capaces de formarlos. Como concluy� el Papa Le�n en el mismo discurso ante el Congreso: �Junto a las respuestas t�cnicas y las reformas legales hace falta tambi�n una renovaci�n moral�.�Volveremos a ver a gobernantes de la talla de Abraham Lincoln, Martin Luther King o Franklin D. Roosevelt? Ante esta pregunta, como dir�a el bueno de Antonio, prefiero instalarme en un esperanzador optimismo.Elena Herrero-Beaumont es cofundadora y directora de Ethosfera
�D�nde est�n esos hombres buenos?
El hartazgo generalizado que sentimos todos ante la nauseabunda corrupci�n de nuestros pol�ticos nos conduce a pensar que la condici�n humana no tiene remedio, que somos una...







