El ladrillo es el protagonista del nuevo Pabellón de la Serpentine, el vigésimo quinto levantado junto a la galería británica para alojar charlas y hablar, durante todo el verano, hasta el 25 de octubre, del presente menos conocido de la arquitectura. Los arquitectos del estudio mexicano Lanza Atelier, Alessandro Arienzo e Isabel Abascal, aluden al ladrillo como origen. Está presente en la tradición jardinera británica y está en la fachada original de la Galería Sur de la propia Serpentine. Más allá de esas referencias y del respeto con que se posicionan los arquitectos, construir un pabellón temporal de ladrillo es un juego. Para empezar, porque el ladrillo es, o era, la permanencia. También porque ese material sencillo invita a los visitantes a mirar a través de sus juntas (no selladas) de sus agujeros —para favorecer la ventilación— y de su naturaleza básica, primaria, manual, artesana y legendaria. Más allá del material, el muro curvilíneo levantado con ladrillos necesita menos piezas que un muro recto. Y aquí no hay juego sino ciencia. Siendo curvo, su estabilidad es más compleja y más sencilla a la vez. Los arquitectos cuentan que ese tipo de muros curvos, hoy habituales en el paisaje del condado de Suffolk, se originó en Egipto, y fueron los ingenieros holandeses los que lo introdujeron en el Reino Unido. Así, con pocos medios y suficiente ingenio, tenemos una intervención limpia y rotunda que actualiza la tradición y trata de emplearla como raíz. El estudio Lanza también ha diseñado sillas y taburetes para el pabellón. Son sencillos, artesanales pero minimalistas. La idea es antigua, la que defiende este blog: un arquitecto puede diseñar en todas las escalas, de un tirador a una ciudad. Crinckle, crankle, las curvas del muro de ladrillos, hacen referencia a su sinuosidad, un eco del mundo orgánico del parque, como el propio lago Serpentine o el riachuelo con forma serpenteante que da nombre a la galería. Los arquitectos describen un muro que, a la vez, revela y encubre. Citan ritmo, marcos y umbrales. También pausa y proximidad. El resultado es una arquitectura permeable y, en medio de tantos mensajes, ese no es despreciable. Una geometría amable busca responder en lugar de imponer. Hans Ulrich Obrist, el director artístico de la Serpentine, habla de oportunidad, la que ofrece la exposición de firmar el pabellón. Es cierto. Tanto como cuánto necesita la Serpentine a quienes están dispustos a reinventar la arquitectura. La oportunidad exige claridad para, en medio de la temporalidad, arraigar un mensaje. Lo dijo Zaha Hadid hace 25 años, cuando firmó el primer pabellón y declaró: “La experimentación no debería tener límites”. Es curioso que, en un lugar experimental, como es esta arquitectura efímera, los arquitectos invitados, como Lanza este año, sean cada vez más conscientes del peso de los ensayos, de la carga de las decisiones y del legado de sus propuestas. Estamos ante una intervención que arraiga conceptualmente, por el nombre de la galería y, físicamente, por las curvas, su forma. La propia cubierta, transparente, se hace eco de las copas de los árboles. Así, el pabellón está hecho de ladrillos. Pero no es rectilíneo. Tiene mano además de fábrica. Está hecho de sombra, aire y luz. Diluye las fronteras entre interior y exterior y describe una arquitectura que se anuncia sin enclaustrar su espacio.