16 de junio de 202603:0014'minutos de lecturaCuando su madre le sacó la venda después de una intervención médica, vio la herida y le preguntó: “Valeria, ¿qué te hicieron?”. Su madre es la reconocida médica nutricionista Mónica Katz. La hija, Valeria Sol Groisman, periodista, escritora y coautora junto a ella de varios libros sobre nutrición y salud. La punción había durado más de lo previsto, el procedimiento había sido mucho más cruento de lo esperado y sobre la piel le quedó una marca negra permanente.Hasta entonces informar sobre temas de salud era su trabajo cotidiano, algo conocido. Además creció entre médicos, diagnósticos, papers científicos y conversaciones sobre patologías y tratamientos. Pero una cosa era narrar la relación entre la medicina, la ciencia y el cuerpo desde la distancia que impone el rol de comunicadora, y otra muy distinta atravesar la vivencia con todas las emociones que emergen en esos momentos. El dolor, el miedo, la incertidumbre, la preocupación por el marido y las hijas, la espera. Para la recuperación tuvo que estar vendada durante varios días desde el pecho hasta el cuello, sentía que le faltaba el aire. “Creo que el primer ataque de pánico vino de ahí, de sentir que no podía respirar”, recuerda ahora.Lo que ocurrió después fue una sucesión de episodios atravesados por la ansiedad, la vulnerabilidad y el desconcierto. También el comienzo de algo inesperado: la transformación de esas experiencias en literatura.Valeria Groisman y Mónica Katz, madre e hija comparten trabajo y viajes de chicasGentileza“Llegué a correr por la calle con los labios pintados de rojo”El primer ataque de pánico, reconocido como tal, ocurrió un sábado, mientras estaba con su marido en el club. “Tuve esta sensación exacta de que me estaba yendo para arriba. Como una luz. Yo le decía: ‘No sé, me estoy yendo’”. Un amigo médico entendió enseguida lo que estaba pasando. Dos días después volvió a ocurrir. Entonces su madre la pasó a buscar y la llevó a Fundación Favaloro.“Me dejaron internada todo un día. Me hicieron de todo. Y cuando salí me fui con una tarjetita que decía: ‘Tenés que llamar a Rafael’”, un psicólogo especialista en terapia cognitiva conductual. El tratamiento no tuvo nada de lo que ella esperaraba. El terapeuta le pedía que provocara deliberadamente las sensaciones que más miedo le daban: subir y bajar escaleras hasta quedarse sin aire, correr alrededor de la manzana, marearse a propósito, hacer filas eternas en el supermercado, subirse a un avión en pleno ataque de pánico.“Lo que me enseñó fue a darme cuenta de que podía tolerar los síntomas sin que pasara nada. Era insoportable, pero después entendías que sobrevivías.”En uno de esos ejercicios terminó corriendo por las calles de Belgrano con labios pintados de rojo, cartera roja y ropa de oficina. Un amigo de su marido la vio desde el auto y le gritó en broma si estaba entrenando para una maratón. Ella, mientras tanto, estaba intentando convencer a su cerebro de que no se iba a morir.Sesión de fotos profesionales, algo que le sienta bienGentilezaLa ansiedad también se coló en su trabajo, el día en que, contratada por una multinacional, brindó una conferencia frente a un auditorio enorme. Antes de subir al escenario, la producción le pidió que se sacara los anteojos porque daban reflejo en cámara, por educación no se atrevió a decir que no y tuvo que lidiar con el miedo a estar haciendo las cosas mal. “No veía nada. Tenía taquicardia, calor, sentía que estaba fuera de mí. Hablé toda la conferencia así.” Bajó del escenario convencida de que su performance había sido un desastre, pero meses después la volvieron a contratar. “Ahí entendí que muchas veces el ataque de pánico es completamente invisible para el otro.”Situaciones traumáticas y cómo narrar la saludEn su vida tuvo una seguidilla de situaciones bastante traumáticas. Cuando su hija mayor tenía dos años, tuvo un embarazo ectópico. Le explotó una trompa, la operaron de urgencia y se salvó de milagro. A pesar de entender racionalmente que ese embarazo no era viable, sintió mucha culpa de estar viva. Se quedó sin voz, la operaron varias veces más, y fueron años muy difíciles porque no lograba quedar embarazada de nuevo. Después de seis años, volvió a embarazarse de manera natural. Poquito después, en su primera mamografía, a los 35 años, le dijeron que tenían que hacerle una punción. Lo que iba a ser un procedimiento de veinte minutos terminó siendo una suerte de cirugía de dos horas y media, y ella despierta.Unos días después tuvo su primer ataque de pánico. Y de esa experiencia nació Barullo, su primera novela, cuya trama es absolutamente ficcional. Usó su experiencia para poder narrar lo que siente Maca, pero su historia no es la de ella, es ficcional y es universal: el miedo a la muerte.“Son momentos de quiebre total, donde se piensa lo peor, donde se piensa sobre la propia muerte”, señala Grosiman. Para ella la ansiedad es justamente eso: el miedo a la muerte expresado en un síntoma. “La ansiedad sos vos corriendo contra el reloj, contra el orden natural de las cosas. Sos vos muerta de miedo de que no exista un futuro”, dice.— ¿Fue sanador escribir Barullo?—No creo. Yo no siento que la literatura sea instrumental, que sirva exactamente para algo. Pero sí ocurrió que tuve una recepción muy emocionante. Tanta gente que tenía ataques de pánico y no se animaba a hablar, me escribían por Instagram: ‘Me animé a decirle a mi novio que tengo ataques de pánico.’ ¿Nunca se lo habías dicho? Ahí entendí la cantidad de vergüenza que todavía existe alrededor de la salud mental.Con el tiempo, aprendió a leer la vulnerabilidad de otra manera. “Alguien que se mantiene entero cuando la vida lo golpea es alguien que está desconectado de la realidad. Prefiero la vulnerabilidad a la insensibilidad”, dice. Y traza un paralelo con Aldous Huxley: así como en Un mundo feliz el Soma adormecía el malestar, hoy existe un equivalente cotidiano. “Nuestro Soma es la hiperconexión.”Barullo fue también el libro que la llevó a reconocerse escritora y le abrió la puerta siguiente. A partir de esa novela, Valeria ganó una beca de la Fundación Cátedra Vargas Llosa para escribir una nueva obra y así desarrolló Vantablack.La vejez, los hongos y el espíritu curiosoVantablack —el color negro más negro del mundo, un material que absorbe casi toda la luz— es también el título de su segunda novela, publicada en 2025. La historia empezó con un llamado telefónico.— ¿De dónde vino la idea de unas señoras mayores alucinadas?— Estaba charlando con mi mamá y me cuenta que, cuando estaba en el hospital público, una paciente mayor la llamó una noche al celular —ella les daba su número, cosa loca para un hospital público— y le dijo: ‘Doctorcita, estoy viendo cosas raras.’ Se había ido a Mar del Plata con las amigas, juntaron lo que creyeron que eran champiñones para la ensalada, los comieron, y bueno, eso me llevó a imaginar el resto. De esa anécdota nació Julia, una médica de hospital público que iba a ser la protagonista. Pero entonces Valeria entró a un local de ropa con su hija mayor, y todo cambió: apareció el otro personaje, Raquel.— ¿Qué fue lo que te llamó la atención para convertirla en personaje?—Entró una mujer de 80 años con el pelo blanco bien cortito y una cadena tipo re canchera, parecía una rockera de 80 años. Yo dije: ésta es Raquel. Y empecé a dar vuelta la novela: Raquel terminó siendo la protagonista. Pero el personaje también tiene otra raíz, más cercana. Durante sus años como Secretaria de Cultura en la Asociación Hebraica Argentina, Valeria manejaba el área de adultos mayores. Sin presupuesto, con inventiva, iba al cine con ellos, charlaba, organizaba actividades. Un día, una de las mujeres del grupo, Perla se animó a decirle lo que nadie se atrevía.— ¿Qué te dijo Perla?— Me dijo: “Valeria, te adoro, te quiero mucho pero, pero vos todo el tiempo nos hacés charlas con un guitarrista, cine, proyección de no sé qué. Yo quiero emborracharme. Yo no me siento una vieja, me siento una pendeja. Y vos todo lo pensás con una solemnidad que no existe.”. Eso me dio vuelta la cabeza. La mirada de afuera sobre los viejos es muy solemne, muy formal. Y no es así. Hubo un tercer acontecimiento que resignificó la mirada sobre la vejez que la autora desarrolló en la novela. Mientras la escribía, su abuela paterna estaba acercándose al momento de su muerte, pero la forma de atravesarlo fue muy distinta de lo esperado. “Mi abuela era un personaje total y mi abuelo se la pasaba haciéndola reír. Pese al momento difícil estar con ellos era pasarlo riéndonos.”, Esos escenarios alimentaron la figura de Raquel, la protagonista de la novela, una mujer mayor que decide proyectar la creación de un centro de consumo controlado de psilocibina para adultos mayores, como “una última aventura antes de morirte”.— ¿Y vos, probaste hongos?— No. Mi psicólogo me había advertido que me podía reactivar los ataques de pánico, y aunque ya hace años que no los tengo, me daba miedo. Pero sí hice todo lo que haría un periodista. Viajé a Ámsterdam mientras escribía, entrevisté a personas que administran psilocibina. — Acá también se está haciendo...— Sí, en Argentina me contacté con un tipo que tiene un laboratorio y vende microdosis a psiquiatras. Fui a un bar donde él atendía, con su riñonera, y me contó todo: sensaciones, riesgos, casos. Divulgación y literatura, los dos géneros en los que Groisman se mueve con fluidez.