Claudia Palacios (Cali, Valle del Cauca, 48 años) quiso que llegara la muerte de su madre. “Hace años empecé a pedirle a Dios que se llevara a mi mamá de este mundo, o mejor, que se la terminara de llevar, pues el alzhéimer ya se llevó todo lo que ella decidió ser…”, escribió en su columna del diario El Tiempo en 2021. María Teresa Giraldo llevaba varios años con la enfermedad que acabó con su vida en 2025. Un año después de la muerte, Palacios publica el libro “Hola, mami. Quiubo mija”, que contiene conversaciones íntimas con su mamá y entrevistas con especialistas que revelan las implicaciones del diagnóstico, las exigencias del cuidado y reflexiones sobre la muerte digna.Palacios recibe a EL PAÍS en su casa en Bogotá, días después de interpretar canciones como Pueblito viejo en el lanzamiento del libro. Ese canto sostuvo la comunicación con su madre en los momentos más agresivos de la enfermedad. Pregunta. ¿Cómo se viven 13 años acompañando a la mamá a transitar el alzhéimer?Respuesta. Es durísimo porque es verla morir lentamente y ser muy consciente de lo que significa la muerte. Se va robando a la persona, va quitándole su alma, su espíritu. Emocionalmente es muy impactante. Ver que la vitalidad se va, que la posibilidad de conversar se va. Es como estar en un duelo permanente, esperando a ver si esta vez que hablamos fue la última vez que escuché su voz o que pudimos cantar. Una vez fui a visitarla tras muy poco tiempo y había dejado de usar cubiertos. Eso hace que uno piense que lo que vivimos hoy fue la última vez que lo vivimos… No es chévere vivir esperando simplemente un final.P. Ese impacto emocional se cruza con cargas operativas…R. Hay que lidiar con el juicio de los demás: “¿Usted por qué no tiene fe? ¿Es que no cree en Dios?”, mientras tomas decisiones: quién va a cuidar, cómo son los turnos. Y hay que cambiar un montón de cosas. Por ejemplo, en algún momento dije: “Hay que agrandar la puerta del baño, poner un piso que no sea resbaloso”. Yo, por fortuna, tenía la capacidad económica, pero ¿cuántas personas pueden hacerlo?P. ¿Qué implicaciones tienen las labores de cuidado?R. El alzhéimer es una enfermedad muy dura. A veces, a quienes cuidan ni siquiera les dicen que el paciente no hace caso, no por rebelde o grosero, sino porque su capacidad de entender no es igual. Si ese cuidador o cuidadora no tiene información, se desgasta y puede terminar maltratando a la persona. P. ¿Cómo recuerda a su mamá?R. Nació en un hogar muy pobre. Tuvo una niñez con muchísimas privaciones y empezó a trabajar desde los 14 años. Era jefe de pagaduría en la Aeronáutica Civil y a la vez hacía empanadas, ramos de flores, cerámicas... Hacía de todo para darnos lo que quería a sus hijos y a sus padres. Formó su familia y, por un episodio de violencia intrafamiliar, decidió cambiar el rumbo. Tuvo el coraje para decirnos a mis hermanos y a mí: “Cojan sus libros y sus uniformes, que nos vamos”. Todo lo consiguió trabajando muy duro, siempre con un propósito claro: sacar a sus hijos adelante.P. ¿Cuáles fueron las primeras alertas del alzhéimer?R. Al principio creíamos que mi mamá estaba más despistada que de costumbre, porque siempre lo fue: de niña, haciendo unas compras de Navidad, me dejó olvidada en un almacén. Como vivía sola, no veíamos su día a día, pero nos empezaron a decir que estaba manejando en contravía. Ella era muy independiente, entonces no fue fácil entrar en el tema hasta que mi hermana la llevó al neurólogo y le dieron el diagnóstico. P. ¿Qué tanto se hablaba de alzhéimer?R. Empecé mi carrera periodística cubriendo salud y no era un tema. Colombia no habló suficiente de esa enfermedad cuando ya se estaba gestando algo que es una bomba de tiempo. Las proyecciones no son alentadoras porque, entre más longevos seamos, más posibilidades tenemos de desarrollar demencias. Sobre todo, las mujeres. P. Y por eso pide tomarse en serio la transición demográfica…R. Es fundamental. En 2036 vamos a ser más personas mayores de 60 años que menores de 15 años, según el DANE. Eso iba a pasar en 2050, pero apenas en un año ese escenario se anticipó 14 años. Hemos vivido muy esperanzados porque teníamos un gran bono demográfico. Todavía hay una fuerza productiva importante y la inmigración venezolana la ha oxigenado, pero con los nacimientos cayendo en picada, ese bono se acaba. P. ¿Qué significa eso para Colombia?R. Nos toca pensar cómo seguir resolviendo los problemas cuando ya la gente no tiene en promedio 28 años, sino que va a tener 40 y pico, y muy rápidamente, 60. Tenemos que crear una economía del cuidado fuerte y resignificar la vejez para que esas personas puedan jugar un rol importante en la sociedad. Taiwán está poniendo otra vez a trabajar a las personas mayores porque ya no tiene gente joven. Colombia tiene que tener esa conversación. P. En el libro habla con expertos para ofrecer luces a otras familias…R. Cuando escribí la columna Desear la muerte de la mamá, entendí que esto era un drama para muchas familias. Decidí entrevistar a personas con diferentes perspectivas: la del cuidador, con Claudia Varón, directora de la Fundación Acción Familiar Alzhéimer; la de la geriatra Geraldine Altamar; y la del director del Centro de Memoria y Cognición Intellectus, José Manuel Santacruz.P. ¿Qué advierten sobre las consecuencias de la soledad?R. La falta de relaciones sociales daña el cerebro. La soledad es un detonante muy fuerte de depresión y casi todas las personas que tienen una demencia, antes tuvieron depresión. Mi mamá construyó su grupo de amigas, pero ya era muy tarde. Hay que tener parche.P. ¿Por qué es necesario hablar de envejecimiento, enfermedad y muerte?R. Culturalmente, les huimos a esos temas; hablamos de envejecimiento con horror. Eso debe cambiar. El envejecimiento trae retos de salud, pero eso no quiere decir que no se pueda ser una persona plena. Cada vez que visitaba a mi mamá y lloraba, pensaba en su vida y fui llegando a la misma conclusión: deberíamos hablar más del envejecimiento como una oportunidad, y de enfermedad y muerte como una responsabilidad de planear, para tomar agencia en cosas como la alimentación. Parte de la responsabilidad de existir es hacerse cargo de uno mismo, incluso pensando en esos años donde uno ya no va a estar tan facultado.P. ¿Eso incluye la forma como asumimos la muerte?R. Es muy poca la gente que llega al momento de la muerte con capacidad de decidir. Aunque nadie quisiera vivir así, no decimos en un documento “si me pasa esto, entonces sí quiero que me den la comida o quiero que me pongan pañal” o “prefiero la eutanasia”. Si hacemos un documento de voluntad anticipada, evitamos que los hijos tengan que discutir y decidirlo. Eso es lo responsable. Mi llamado es a que tengamos esa conversación a tiempo. P. Le pidió perdón a su mamá por no ayudarla a tener una muerte digna…R. Todos sabíamos que mi mamá no quería llegar al punto al que llegó, pero tomar la decisión era difícil. ¿Eutanasia? ¿Cuándo?, ¿quién soy yo para decir tal día de tal mes? Tampoco podía hacer nada diferente a lo que hice porque era ir en contra de la voluntad de un hermano o de una hermana, pero sí me conflictué mucho. Estoy absolutamente segura de que mi mamá no quería eso y siento que le fallé.P. En los momentos más difíciles, las unió el canto…R. A mi mamá le gustaba que yo cantara. Cuando se enfermó y empezó a perder el vocabulario y no podíamos hablar o echar chisme, yo le cantaba y ella ahí mismo conectaba… Yo veía que sus ojitos se iluminaban y cuando eso dejó de pasar fue duro. Ahora que ya no está, la música me ha permitido recuperarla.