“Tú sabes que las Yacila somos bien nerviosas”. Esa es la frase que la escritora y periodista Rosa Chávez Yacila (37 años, Lima) escuchó de su madre, una trabajadora doméstica, cuando trataba de nombrar los problemas de salud mental que la agobiaban. No fue hasta tiempo después, tras múltiples visitas al hospital, diagnósticos y terapias, cuando ambas entendieron que el “nerviosismo” se podía nombrar como “ansiedad” o “depresión”, que se podía hablar con “psicólogos” y “psiquiatras” y que podían indicarle la “posología” correcta de “Lexotán” para tratar la enfermedad. Ese viaje por las palabras, el privilegio de poder nombrar, la historia de su familia y la relación entre clase social y salud mental quedan recogidos en su recién publicado libro Las nerviosas (Yegua de Troya, 2026). “Cuando no dominas el lenguaje, en este caso exacto sobre salud mental, desconoces lo que te ocurre y, por lo tanto, no tienes agencia sobre esa condición”, explica Chávez en una entrevista con EL PAÍS en Madrid. Antes, estuvo en Barcelona, donde nació la idea del libro hace 10 años. En 2016, Chávez llegó a la capital catalana para cursar un máster en Escrituras Creativas. Allí, comenzó el borrador de El mar dentro de mi cabeza, un proyecto literario sobre los mareos que sufría a causa de su depresión. “Pero no estaba convencida y lo dejé ahí, dormido”, recuerda. Regresó a Perú y empezó a trabajar como periodista. Escribió sobre salud mental, mujeres, pobreza, comunidades indígenas y poblaciones LGBTIQ. También leyó medio centenar de libros sobre depresión y ansiedad, relaciones familiares y mujeres, mientras la idea de un libro iba tomando forma. “En esos años, también tenía en mi cabeza una serie de escenas de mi familia. Sabía que tenía que darle forma y escribirlo”, agrega Chávez. Las nerviosas es como un gran reportaje de 151 páginas, investigado, escrito y editado a lo largo de una década.Pobreza y salud mental Uno de los libros que marcó ese proceso fue El demonio de la depresión, de Andrew Solomon. “Debido a que los pobres tienen un acceso limitado al lenguaje de la enfermedad mental, su depresión no suele manifestarse en el plano cognitivo”, escribía el investigador estadounidense. Chávez reconoció a su familia y a otras mujeres peruanas en esas líneas. “No controlan el lenguaje específico, desconocen lo que están atravesando y no lo identifican como algo que puede repararse o controlarse”, afirma. Para Chávez, esa falta de dominio del lenguaje está relacionada con las barreras de acceso a la información y a los sistemas de salud marcadas por la clase social. “A veces [el diagnóstico] es una cuestión de prueba y error. Pero, por cuestiones de dinero, tiempo y trabajo, muchas personas no pueden sacar una cita y esperar a ser atendidas. El sistema de salud peruano es malo, ineficiente e injusto”, explica Chávez. “Existe evidencia que demuestra, por ejemplo, que las personas con trabajos informales pueden tender más hacia síntomas depresivos y ansiosos frente a las personas que tienen empleos formales”, agrega. Por cuestiones de dinero, tiempo y trabajo, muchas personas no pueden sacar una cita y esperar a ser atendidas. El sistema de salud peruano es malo, ineficiente e injustoUno de cada cuatro peruanos ha experimentado problemas de salud mental a lo largo de su vida y se enfrenta a un sistema de atención deficiente, de acuerdo con un informe de la Academia Nacional de Medicina de Perú. “Los trastornos mentales en nuestro país afectan a las personas menos favorecidas o en situación de pobreza”, agrega la Academia, y resalta que el Estado dedica apenas un 2% de su presupuesto a esta área. Esto, explica, dificulta la inversión en prevención, diagnóstico y tratamiento. Chávez traslada esta realidad a un lenguaje cercano en su libro: “Una madre que trabaja sin tregua de lunes a domingo, en un empleo que ni siquiera le rinde el sueldo mínimo y tampoco le gusta, que jamás goza de vacaciones, ni días de descanso, que vive en un lugar medio derruido donde no puede criar a sus hijos sin quejas y llantos, quizá no sepa diferenciar entre el agotamiento que le provoca su rutina y el desánimo por estar deprimida”. Nombrar la enfermedad también implica enfrentarse al estigma. “Se cree que las personas con cuadros depresivos o ansiosos son débiles mentales, poco confiables y que pueden estallar en cualquier momento”, afirma. En su familia, pese al recorrido médico de estos años, el término “nerviosas” sigue siendo el que prevalece.Durante las primeras presentaciones del libro en España, la autora se ha encontrado con otra sorpresa: lectores que se reconocen tanto a sí mismos como a sus familias en la historia. Le llamó la atención, porque pensaba que Las nerviosas estaba anclado en un contexto muy local, el de los “coneros”, los habitantes de los distritos de la periferia norte, sur o este de Lima. No pensaba que otros entendieran su historia. “Pero ha resonado en otras personas. Me han dicho que no habían leído algo así ―que combine salud mental, clases bajas y mujeres― ni en la ficción ni en la no ficción. No imaginé que había esa fijación sobre cómo el dinero puede trastornar la tranquilidad de una familia. Es algo que atraviesa a mucha gente", afirma. En Lima, incluso, varias decenas de mujeres han creado un club de lectura para comentar el texto.Es una cuestión de clase que las familias con ciertos apellidos se preocupen por rastrear y mantener esa memoria. En otros casos, donde se ha creído que hay historias más memorables que otras, no se ha hecho. Yo es que tengo una fijación por esas pequeñas historiasHay, también, quienes se han identificado con uno de los episodios finales del libro: en el que Chávez y su madre viajan a Sullana, al norte del Perú, para indagar más sobre la historia de las Yacila y su “nerviosismo”. Allí, inesperadamente, dan con un rudimentario archivo familiar en el que encuentran los nombres de los hombres y mujeres de la familia, sus oficios y pistas de su salud. Para ella y sus amigos, fue una sorpresa encontrar algo así en un hogar humilde. “Es una cuestión de clase que las familias con ciertos apellidos se preocupen por rastrear y mantener esa memoria. En otros casos, donde se ha creído que hay historias más memorables que otras, no se ha hecho. Yo es que tengo una fijación por esas pequeñas historias”, cuenta. Ese archivo ofrece algunas respuestas, pero abre muchas más preguntas. “Yo fantaseaba con un objetivo más humilde: juntarme con todas las Rosas de mi familia materna”, escribe en Las nerviosas, “quería escuchar si ellas también intuyeron de niñas el agotamiento y el hastío de sus madres y sus padres sin decir nada. Si trabajaron hasta enfermar y enfermaron a sus hijas e hijos. Quería saber qué las aterra, qué las inquieta, qué las pone tristes, qué palabras aún no pueden pronunciar”. Saberlo, cree, le permitiría confirmar lo que ya dice la neurociencia: que las dolencias mentales también se heredan.
Rosa Chávez Yacila, escritora: “Cuando no dominas el lenguaje sobre salud mental, desconoces lo que te ocurre”
La periodista peruana publica ‘Las nerviosas’, un libro de no ficción sobre cómo la clase social condicionó la forma en que su familia se enfrentó a la depresión y la ansiedad











