Las rivalidades no tienen tregua. Y cualquier hecho que ponga, en este caso, a prueba a Madrid y Barcelona trae cola. La visita del Papa León XIV ha dado un plus de autoestima a la capital catalana por contraste con el bullicioso desmadre madrileño, centenares de miles de personas en los paseos y actividades del Pontífice y abrumadora presencia de las élites políticas y económicas. Queda para el recuerdo, la figura del presidente Pedro Sánchez, que siempre ha hecho del laicismo virtud, al lado del Papa por todos partes. Lo político y lo religioso se mezclaron sin recato alguno. En la capital catalana, sin embargo, imperó la contención. Y en la búsqueda de un icono que trascendiera a la calle, el Templo de la Sagrada Familia se convirtió en la postal, el mensaje del acontecimiento al mundo. Como si lo que se quisiera transmitir es que en Cataluña la excelencia está por encima del ruido y las masas. Al mismo tiempo se lograba un ejercicio de validación de la transformación del templo que dejaba al lado cualquier forma de percepción crítica. Es tabú señalar lo evidente: La torre y la cruz que culminan el templo es como si hubiesen caído del cielo: nada que ver con el sello de Gaudí. Este momento de autocomplacencia rara, en un país poco dado a ello y que sería interesante aprovechar, invita a reflexionar, por contraste, sobre el perfil bajo que peligrosamente habita la política catalana. Ya no solo porque quedan lejos los liderazgos de Jordi Pujol y Pasqual Maragall, propios de tiempos de cambio como fue la transición, sino porque se encuentra a faltar ritmo y presencia en el exterior y se aprecia un cierto abuso de los perfiles bajos, los que ni ofenden ni agitan. Las cosas no se dan por casualidad y, por tanto, hay que ahondar en el relato. Sin duda, es efecto de la resaca del proceso que llevó al referéndum por la independencia. Se fue mucho más lejos de lo que las relaciones de fuerza permitían y si entró en un considerable bajón político y psicológico. Hasta el punto de que ahora mismo la palabra independencia ya no suena apenas, ni siquiera en sus promotores. Y el resultado de todo ello es un cierto impasse político sin que los sectores más comprometidos con la independencia acaben de aterrizar, lo cual impide una cierta normalización del escenario que permita renovadas ambiciones. El problema principal ahora mismo está en la derecha. Los herederos de Jordi Pujol –que en su día contribuyó a la articulación de la transición posible- están en una fase de estancamiento que les impide ejercer su rol histórico: la derecha catalana. Tarea que Pujol nunca esquivó. El resultado es que en estos momentos no hay un partido conservador hegemónico que marque el paso. Los herederos de Convergència, atrapados en su frustración, están perdiendo fuerza a todo ritmo, empeñados en mantenerse a toda costa bajo el mandato del presidente Carles Puigdemont, prácticamente el único líder del procés que persiste en el exilio. Es un personaje superado por los acontecimientos, cuya presencia bloquea al partido y le impide volver a su función histórica. Este es ahora mismo el gran interrogante de la política catalana. ¿Quién reconstruirá la derecha nacional? Mientras, la extrema derecha catalana les va robando espacio. Y empieza a crecer como amenaza.En este contexto el presidente Salvador Illa, se hizo con el poder, favorecido por el vacío postconvergente, haciendo de la tranquilidad virtud. Llegó en un momento en que la calma tenía premio. Pero no se puede vivir eternamente de ella: hay que encontrar las palabras y los proyectos para conectar con la ciudadanía y con la realidad, y no solo con las inercias de la política española. El PSC tiene que aspirar a seguir gobernando aún en el caso de que el PSOE pierda el gobierno español. En resumen, la ciudadanía orgullosa de la sensación de consistencia y respeto, sin aspavientos innecesarios, que ha dado la respuesta de Barcelona al Papa, tiene derecho a que trascienda a sus representantes. Y que suban unas notas el tono y la energía necesaria para hacerse respetar. Imprescindible en un momento en que la extrema derecha en toda Europa capta y explota las dudas e indecisiones de los demás.