EntrevistaLa psic�loga comparte lo que aprendi� de su experiencia viviendo entre lobos y nos invita a comprender c�mo relacionarnos mejor con nosotros mismos, con los otros y con la vida.Actualizado Martes,
junio
00:17La psic�loga y divulgadora Patricia Pasqu�n, que convivi� durante casi cuatro a�os con lobos.JAVIER CUESTA
Casi cuatro a�os ha pasado Patricia Pasqu�n (Barcelona, 14 de marzo de 1989) en el desierto de Nuevo M�xico cuidando lobos en un santuario de animales salvajes. "Viviendo en medio de la nada, despert�ndome con el sonido de los aullidos y acompa��ndolos en cada una de las distintas etapas de su vida", cuenta acerca de su experiencia en Wild Spirit Wolf Sanctuary. Ha decidido escribir todo en Lecciones salvajes (Ed. Diana) con la intenci�n de "integrar y no olvidar" todo lo que le ha dado esta incre�ble experiencia. "Para tender un puente entre ese mundo salvaje y la vida cotidiana a la que todos, de una forma u otra, regresamos". Y tambi�n para compartirlo.
�Hubo alg�n punto de inflexi�n en tu vida para decidir irte a vivir con lobos?No hubo un desencadenante como tal. Fue un sue�o desde siempre. Cuando era una ni�a ya imaginaba que me ir�a de voluntaria a �frica, a ayudar a leones o guepardos. Tengo una gran pasi�n por los animales desde muy peque�a. Y al crecer, casi todo lo que encontraba era muy tur�stico. Todo empez� por casualidad: estaba buscando un libro firmado de Juego de Tronos para regalarle a un amigo. Al buscar, descubr� que George R. R. Martin, que vive en Nuevo M�xico, patrocinaba una reserva de lobos y hab�a donado ejemplares firmados. Entr� en la web sin ninguna intenci�n y, al verlo, pens� que era exactamente lo que yo buscaba. No pude dejar de darle vueltas. Estuve cerca de cinco meses gestion�ndolo para ir de voluntaria y, al final, me contrataron. Y te quedaste casi cuatro a�os. �Qu� te dijo tu familia?A lo largo de mi vida siempre hab�a sentido que no encajaba del todo con lo que se esperaba de m�. Siempre he nadado un poco a contracorriente, o al menos esa ha sido mi sensaci�n. Encontrar mi lugar era una lucha. As� que cuando le cont� a mi madre mi decisi�n, me respondi� que otra vez estaba retrasando mi vida. Cuando hacemos algo muy distinto y sin un fin muy concreto, parece que pones todo en pausa, pero en casa ten�an que aceptarlo. Y, al conseguir que me contrataran, estaba tan ilusionada que me daba igual lo que pensara el resto. Que me juzgaran no me fren�.�Qu� te ense�� ese choque con una forma de vida tan distinta, y qu� creencias sobre ti misma tuviste que soltar?Lo primero fue darme cuenta de que el mundo es mucho m�s grande de lo que imaginamos cuando nos quedamos en nuestro entorno. En Espa�a tenemos muy normalizadas ciertas vidas, y llegar a un lugar tan distinto fue un choque de realidad: hay much�simas formas de vivir que ni nos permitimos considerar. Descubrir que hay gente que vive de cuidar lobos y que tiene una vida perfectamente normal y buena, me abri� la mente de una manera que no esperaba. Y luego vino el desaprendizaje, que fue igual de potente. Yo hab�a crecido con la etiqueta de "vaga": odiaba el colegio. All� me di cuenta de que no era as�, sino que nunca hab�a conectado con nada de lo que hac�a. Cuando algo me importa de verdad, me esfuerzo much�simo. Eso cambi� por completo la imagen que ten�a de m� misma.�Y qu� miedos atravesaste, no solo f�sicos, sino tambi�n los que tuviesen que ver con tus propias oscuridades o sombras?El miedo f�sico en alguna situaci�n con un lobo en la que no me haya sentido segura, eso me ha pasado alguna vez, pero no tanto. Lo que s� viv� fue el estar conmigo y con mis oscuridades, entendiendo por oscuridades lo que me cuesta ver de m�. Me di cuenta de que confiaba poco. Estar en un entorno tan distinto, haciendo algo tan nuevo y tan peligroso, me ense�� que ser honesta con el miedo es necesario. �C�mo ha cambiado tu percepci�n de los l�mites y el car�cter femenino despu�s de observar la jerarqu�a y el respeto en la manada?El golpe m�s grande fue darme cuenta de la fuerza de las mujeres que trabajaban all�. Eran tremendamente asertivas, no ten�an ning�n reparo en gritar o en mostrar firmeza cuando hac�a falta. Y en la reserva eso es imprescindible: con los lobos tienes que marcar los l�mites con una convicci�n real, porque si no lo sienten aut�ntico, no se lo creen. Me di cuenta de que esa parte de m� me daba mucha verg�enza. Aprender a soltarla fue todo un proceso. Cuando volv� a Espa�a, lo ten�a tan integrado que tuve que aprender a calibrarlo: a no decirle que no a una persona con la misma contundencia con la que le dec�a que no a un lobo.En tu libro hablas de Luna, una loba herida por la violencia humana que tard� a�os en volver a confiar. �Qu� nos ense�a el proceso de esta loba sobre la importancia de los v�nculos seguros?Esta historia le puso cuerpo a la teor�a. Luna segu�a siendo sociable, curiosa, juguetona, con muchas ganas de cari�o, pero el miedo la ten�a completamente bloqueada. Y yo no pod�a forzar nada: solo ofrecerle un espacio seguro y esperar. Eso es exactamente lo que nos pasa a nosotros. Cuando alguien nos hace da�o, aprendemos a poner muros. Dejamos de acercarnos para protegernos, pero al hacerlo tambi�n nos alejamos de la intimidad que necesitamos. El problema es que los muros no distinguen entre quien nos hizo da�o y quien no. Lo que aprend� con Luna es que las heridas no se sanan en el aislamiento, sino en las relaciones. Cada vez que ella daba un peque�o paso hacia m� y confirmaba que estaba a salvo, se permit�a dar otro. Era un baile: yo avanzaba un poco, ella tambi�n y si en alg�n momento ve�a que no estaba lista, yo retroced�a. Sin presi�n, sin forzar. Y as�, muy despacio, se fue construyendo la confianza. En las personas funciona igual.�Y por qu� crees que traicionar nuestra intuici�n afecta tanto a nuestro bienestar?La intuici�n es nuestra br�jula interna, la voz que nos mantiene alineados con nosotros mismos y con lo que de verdad nos importa. El problema es que vivimos en un mundo que nos entrena constantemente para ignorarla: las expectativas y lo que se espera de nosotro. Y cuando la traicionamos, nos desconectamos. A m� me pas� durante a�os. Ten�a la etiqueta de vaga porque no conectaba con nada de lo que hac�a y me resist�a a todo. No era desgana: era que estaba forzando algo que no era m�o. La intuici�n no desaparece, aunque aprendamos a enterrarla. Siempre est�. Hacerle caso es una decisi�n, muchas veces dif�cil, porque rara vez nos se�ala el camino m�s c�modo. Vivimos en una cultura que convierte hasta el descanso en algo productivo. Despu�s de a�os fuera de esa l�gica, �c�mo fue reintegrarte en la sociedad?Fue un choque absoluto. Despu�s de a�os viviendo experiencias emocionalmente muy intensas, lo primero que hice fue meterme de cabeza en una oficina. Fue un error. Me desconect� de todo de golpe y lo pas� fatal. Una amiga me lo dijo sin rodeos: "Has tenido toda esa experiencia y has vuelto aqu� a intentar olvidarla. No tiene ning�n sentido". Ten�a toda la raz�n. As� que di un paso atr�s: me fui a vivir a una reserva de animales en Manresa y me pas� medio a�o en un tipi con mi perro. Ah� empec� el proceso de integraci�n real, el de entender qu� significaba todo lo que hab�a vivido y c�mo incorporarlo a mi vida. Hoy siento que lo he integrado mucho m�s. Vivo entre la ciudad y el campo a partes iguales, trabajo con mis propios ritmos y l�mites, y estar cerca de la naturaleza sigue siendo esencial. Aunque, siendo honesta, es un ejercicio de conciencia constante: esta vor�gine te arrastra con mucha facilidad si no est�s atenta.�Qu� lecciones de resiliencia te han ense�ado los animales? Supongo que eso jam�s se aprender�a en consulta.No. En consulta uno va a poner las cosas en el punto de mira para luego ordenar su vida y tomar las decisiones que m�s le van a ayudar. Pero cuando est�s inmersa en una experiencia aprendes de varias fuentes a la vez. Lo que m�s me impact� de los animales fue su convicci�n con ellos mismos: su respeto absoluto por su propia autonom�a, sin negociarlo ni cuestionarlo. En el libro hablo mucho de la diferencia entre ser salvaje y estar domesticado, porque creo que nosotros lo estamos mucho m�s de lo que pensamos. Y la lecci�n de resiliencia m�s importante que me llevo es esa: la del esp�ritu salvaje. Confiar en ti, escuchar tu voz y luchar por lo que esa voz te dice.Estamos en una sociedad muy individualista, donde no levantas la cabeza del tel�fono. Supongo que con la manada y toda esa experiencia grupal tambi�n aprendiste muchas cosas sobre ese sentido de tribu que se nos han olvidado. �Qu� nos ha pasado?Lo que m�s he aprendido de la manada es el significado real de la interdependencia, algo que como especie creo que hemos perdido por completo. Vivimos en un mundo que premia la hiperindependencia, y el discurso que m�s se escucha hoy en redes es: "Yo no dependo de nadie y no quiero que nadie dependa de m�". En el fondo, creo que ese discurso no habla de autonom�a, sino de intolerancia a la incomodidad. Y eso nos ha llevado a confundir libertad con inmadurez. Entendemos la libertad como poder hacer lo que queramos cuando queramos, sin rendir cuentas a nadie. Pero eso no es libertad: es una receta para tener relaciones muy pobres. La libertad de verdad es poder escoger, siendo consciente de que cada elecci�n tiene consecuencias y responsabilidades.El prop�sito de vida, �tiene m�s que ver con sostener una red que con algo puramente personal?Yo creo que s�. Para entenderlo, a m� me ha ayudado mucho observar la naturaleza, los ecosistemas. En una manada de lobos, por ejemplo, cada individuo cumple un rol distinto: hay quienes lideran, quienes cuidan, quienes median o sostienen al grupo. Lo mismo ocurre en la naturaleza: cuando cada elemento ocupa su lugar se genera equilibrio. Creo que los seres humanos tambi�n tenemos esa capacidad. Para m�, el ecosistema humano podr�a ser profundamente arm�nico, pero funciona de forma desajustada porque hemos perdido la conexi�n con esa escucha interna. Nos educan para cumplir expectativas, producir y encajar en una din�mica constante de rendimiento: estudiar, trabajar, ganar dinero, sostener responsabilidades. Y parece que, cuando no estamos produciendo, estamos perdiendo el tiempo.�Por eso hay tantas crisis vitales en las que nos planteamos qu� estamos haciendo con nuestra vida?Ese ritmo deja muy poco espacio para escucharnos, conocernos y descubrir qu� nos nace hacer de manera natural. Tambi�n creo que todos nacemos con dones, y no me refiero necesariamente a talentos extraordinarios, sino a cualidades m�s esenciales: escuchar, cuidar, cuestionar, conectar... Si pudi�ramos escuchar m�s esas capacidades innatas, probablemente construir�amos una sociedad m�s equilibrada, m�s acogedora y m�s conectada, tanto con nosotros mismos como con los dem�s. Por eso pienso que el individualismo no surge de forma espont�nea, sino que es consecuencia del sistema en el que vivimos: uno que favorece que cada persona mire principalmente por s� misma. Porque si sinti�ramos el dolor ajeno con la misma urgencia con la que sentimos el propio, quiz� nuestras prioridades cambiar�an. Y eso transformar�a profundamente la manera en que est� organizada nuestra sociedad.�C�mo ha cambiado esta experiencia tu forma de ver y aplicar la psicolog�a?Mi perspectiva general de la psicolog�a m�s estandarizada es que es un poco fr�a. Hay s�ntomas, patolog�as y m�todos. Antidepresivo, terapia y sigue adelante. Esta experiencia me ha ayudado a entender que muchas depresiones y ansiedades son el s�ntoma de estar desconectados. Y no vas a conectar contigo si no tienes la posibilidad de escucharte, descansar y sentirte a salvo. Como un lobo no va a tener bienestar si siente estr�s a su alrededor. Por eso creo que en psicolog�a tenemos que poder vernos de forma horizontal para que realmente se cree un v�nculo y yo pueda acompa�arte a que t� descubras tu camino, sin venir a salvarte. �C�mo ha cambiado la Patricia de antes frente a la que eres ahora?Antes era m�s inmadura. Sobre todo en mi relaci�n conmigo misma: en saber hacerme cargo de lo m�o, en aprender a discernir cu�ndo algo es responsabilidad m�a en un v�nculo o en el trabajo, en ser muy consecuente con que mis actos tienen consecuencias y hacerme cargo de ellas teniendo en cuenta el impacto que pueden tener en personas que conf�an en m�. Me ha ayudado mucho a ver c�mo nos influenciamos los unos a los otros, para bien y para mal. Ahora tengo la capacidad de escucharme, estoy m�s conectada con esa voz interior, una br�jula de lo que es importante.�Cu�l ser�a el primer paso que le lanzar�as a la gente para conectar mejor con su intuici�n?Algo que le puede hacer bien a todo el mundo es buscar las maneras de conectar m�s con esa intuici�n, aprender a escucharla mejor aunque de miedo porque no nos se�ala caminos f�ciles. En terapia trabajo mucho con personas que no saben si deber�an cambiar de vida: tienen un trabajo con el que no se sienten realizadas pero les da miedo soltarlo. Queremos siempre pisar sobre seguro, y muchas veces no vamos a poder. Daremos pasos en falso, caeremos y ah� es donde vamos a aprender. La intuici�n te ayuda a descubrir que eres resiliente, que eres capaz de hacer cosas dif�ciles. El crecimiento siempre est� detr�s de lo inc�modo y, muchas veces, hay que atravesar el miedo.�C�mo se supera ese miedo?Es como un m�sculo, hay que ir entrenando. No vas a perderlo simplemente evit�ndolo: tienes que ir en esa direcci�n y enfrentarte a �l. Para m� es ir encontrando cosas peque�as. Por ejemplo, alguien que tiene 40 a�os y piensa: "En realidad siempre me hubiese gustado aprender a tocar la guitarra, pero ahora ya...". �Por qu� ese discurso interno? Hazlo ahora y mira qu� pasa. No quiere decir que vayas a ser una estrella del rock, pero a lo mejor te est� llevando por un camino en el que conectas m�s contigo y con lo que te gusta. �Y si estamos siguiendo el camino de otros y no el nuestro?Creces en un lugar, en un momento de la vida, y se esperan de ti ciertas cosas, y eso ya de por s� te va a llevar a desconectar un poco. Tambi�n desde ni�o se nos dice que comas todo el plato cuando est�s lleno o que no vayas al ba�o cuando te haces pis porque no es el momento. Y luego el sistema en el que vivimos nos dice que tenemos que escoger algo, empezar a construirlo y no soltarlo nunca hasta que nos muramos. Y somos personas en constante crecimiento, que conlleva cambio. El problema es que nos aleja de la sensaci�n de seguridad. Nuestra vida de comodidad es la verdadera jaula. Un estancamiento. Alcanzamos un objetivo que se nos hace c�modo y no nos movemos de ah�, impidi�ndonos crecer. La vida es comodidad y es riesgo, y no dejar de estar en ese baile tambi�n es parte de ella. Hay que soltar la idea de que no podemos seguir cambiando y creciendo a los 30, a los 40, a los 50 a�os o cuando sea.Lecciones salvajesPor Patricia Pasqu�nEst� editado por Diana se puede comprar aqu�. 240 p�ginas. Precio: 18 euros.Psicolog�a









