En la plaza Denfert-Rochereau, en el sur de París, una discreta entrada conduce a unos pasadizos a 20 metros bajo tierra. Allí aguarda un escenario que navega entre lo macabro, lo solemne y lo fascinante: el mayor osario del mundo, donde están expuestos los huesos de al menos 6 millones de parisinos.
Conocidas como las Catacumbas de París, el enigmático monumento que atrae cada año a 600.000 turistas reabrió hace poco tras casi seis meses de obras que sirvieron para dar un aire más sepulcral al sitio con una nueva iluminación, al tiempo que se mejoró la seguridad de los túneles y la acogida a los visitantes, al ofrecer nuevos audioguías en cuatro lenguas, entre ellas el español. "Algunas instalaciones estaban viejas y obsoletas. La primera razón de estas obras era salvar el lugar y garantizar que se pudiera mantener el equilibrio entre la conservación de estos restos óseos, que son frágiles, y la acogida del público", explicó la directora de las Catacumbas, Isabelle Knafou.Cada día son 2.000 turistas, la mayor parte de ellos estadounidenses, los que se adentran en la humedad y la oscuridad de estos túneles parisinos, que, en el origen, eran una cantera de roca caliza en la que los mineros trabajaban para extraer piedra que sirvió para construir emblemáticos monumentos parisinos como Notre Dame o los Inválidos.Tras el desplome en 1774 de un tramo de calle coincidente con la zona de las actuales Catacumbas que se tragó casas, carruajes y personas, las autoridades decidieron llenar esos túneles mineros, previamente reforzados con pilares de mampostería, con los huesos de los cadáveres que saturaban desde hace siglos los cementerios de la ciudad.













