En la era del grábalo todo en directo, salga como salga, la bendición de la Sagrada Familia nos ha conquistado porque TV3 no se conformó con retransmitir unos fuegos de artificio en la basílica de Gaudí. Había una coordinación de talentos para convertir una inauguración en una historia completa a través de la tele. Cosa que nos estamos desacostumbrando. Consecuencias de la era de la inmediatez y el individualismo que hace extraordinario lo que debería ser más habitual: que existan trabajos audiovisuales en equipo con tiempo para la elaboración que primero se sueña, luego se planifica, después se ensaya y, finalmente, llega al público que la hace suya con la fuerza de su propia emoción.Igor Cortadella creó la idea. La luminosidad representando la congregación que es la vida. La luz iba contagiándose de los niños al público hasta comunicar distintas estancias de un templo que las generaciones de hoy han tenido la oportunidad de ir viendo crecer. Y Paulí Subirà, con el equipo de TV3 en el exterior de la Sagrada Familia y el de TVE en el interior -porque emitió la misa-, transformó la propuesta en relato televisivo.Y ahí se han utilizado cuatro sublimes artes de la sugestión de cine clásico, que la televisión supo adaptar desde su nacimiento. Incluso en emisiones en directo. Porque la televisión, como la vida, es lo que aparenta ser más que lo que en realidad se es. Así, durante la retransmisión, se introducen piezas pregrabadas para dar más ímpetu a lo que se cuenta. Como cuando el haz de luz atraviesa el altar hasta llevarnos al corazón de la nueva torre. Ahí está tocando la orquesta del Liceo. Da la sensación que está ahí. En vivo. Aunque evidentemente sea un enlatado. De hecho, las cámaras que graban a los músicos desde el centro de la sala desaparecen en los planos cenitales. El suspense que nos pone a imaginar, el motor de la teleEstamos ante la magia del efecto especial cinematográfico que nos devuelve a la curiosidad de la ingenuidad de cuando éramos niños. Y sentíamos las aventuras de las películas que veíamos. Aquí el viaje es a través de la luz, en diferentes versiones -lámparas, focos en fachadas, haces de luz y drones, que nos pone en posición de abrazar la sorpresa de lo inesperado. Lo hace entremezclando la fantasía, que tan bien manejó Gaudí en sus edificios tan escenográficos, con la intensidad de la música, que subraya los compases emocionales en nuestra cabeza. Pero falta el clímax catártico: la aparición de manera magistral de Gaudí sobre su propia obra, cien años después de su muerte. Una aparición que conecta lo humano con lo divino. Y un aplauso irrumpe en el momento perfecto. Con ese sonido ambiente, con ese “oooh” en formato ovación, se potencia el entusiasmo desde casa. Todos nos sentimos partícipes de un momento histórico.La emoción se cuenta mejor en primer plano: en personas, o en dronesLa coreografía de cámaras encuadra con precisa armonía los drones -dando forma al rostro expresivo de Gaudí- con las torres de su templo que ya toca el cielo. Cielo en el que él está. Entonces, la sensibilidad del espectador se multiplica: la cara de Gaudí gira en primer plano para contemplar cómo ha quedado su cruz. Otro instante sublime. La realización nos regala un plano de “cómo” está contemplando el remate de la Torre de Jesucristo el arquitecto desde las alturas. Un plano subjetivo del arquitecto. Son las narrativas audiovisuales como género literario que mima el matiz que da en la diana de la empatía. Aquí nos lleva incluso a una catarsis astral. La emisión no se queda en lo obvio, va al rincón emocional. El público ya está completamente dentro de la historia. Pero se da un paso más allá en el instante que se imprime en el skyline de Barcelona una frase del propio Guadí que nos hace pensar sobre cómo seguimos siendo: “Primero el amor, después la técnica. A. Gaudí”. Una fiesta siempre deja más huella cuando hay un mensaje que nos inspira. Nos pone a reflexionar. Un mensaje comprometido con su civilización. La calidez grabada previamente: para engrandecer el trepidante directoY todo contado con unos planos rodados con la última tecnología a través de una cuidada calidez fotográfica gracias a la orfebrería de la preproducción. Porque la mejor improvisación es la que está muy diseñada. La que no lo deja todo para última hora. Incluso la que deja lo más difícil grabado de antes. Así lo complejo se siente más fácil. No es nada nuevo. Ya lo hacía Pilar Miró. En las bodas de las infantas, en los días anteriores a los enlaces, se dedicaba a tomar imágenes de los detalles arquitectónicos de las catedrales, de Sevilla primero (la infanta Elena) y de Barcelona después (la infanta Cristina). Estas imágenes, ya editadas, las iba pinchando en directo para enriquecer el relato de las emisiones de las ceremonias reales. Lo que hacía más televisiva la retransmisión que, además, se entendía que tendría un valor testimonial en el futuro. También ejercía esta licencia dramática otro gran realizador de la historia de RTVE, Mauricio Rico, que en los grandes desfiles de las Fuerzas Armadas filmaba en las semanas previas imágenes dentro de los tanques y los cazas sobrevolando la ciudad. Documentaba cómo pilotaban aquellos aviones o cómo conducían aquellos carros de combate en los ensayos previos. Imágenes de los interiores que incorporaban al directo para dar más prismas a la historia. No había los medios para conexiones libres de fallos en tiempo real, pero la imaginación nos permitía llegar antes que la tecnología. El plano que rompe: la astucia para regresarnos (sin que se note) al caos terrenal después de tocar el cieloEn la gran noche del estreno de la Torre de Jesucristo también se conjugó lo editado con el directo como en aquellas viejas retransmisiones. Y es una clase maestra de realización cómo Subirà, tras las imágenes celestiales de Gaudí reencontrándose con su Sagrada Familia, nos devuelve a la tierra del riguroso directo. Lo hace en el instante clave en el que se lanzan los fuegos artificiales. En ese momento, tiene lista una cámara enfocando el estanque frente a la fachada del nacimiento de la Sagrada Familia. Estanque reluciente para la ocasión. Un plano que empieza en el reflejo de la basílica en el agua y va escalando hacia el espectáculo pirotécnico. Un plano hermoso y decisivo, por rupturista. Perfecto para disimular en el ojo del espectador el salto de la fotografía exquisitamente preproducida de Gaudí en las nubes y la grabación en trepidante directo del colofón de unos fuegos artificiales que había que cazar como salieran. Aunque también estuvieran los encuadres de las cámaras muy estudiados para que el orden ganara a cualquier caos incipiente. Todos los cámaras de TV3 tenían claro su cometido. Pero, a la vez, han sabido escuchar la espontaneidad de un día irrepetible. Porque no se improvisó. No se fue a pillar con las cámaras a ver qué pasaba. Todo se pensó en grande durante un año y medio. Todo se pensó antes de ser grabado en una sociedad que graba todo, todo el rato. Graba hasta antes de pensar. Graba incluso vídeos que jamás volverá ver. Porque nunca los pensó, claro.Amplía el artículo con entrevista a los líderes de la retransmisión: