Barcelona lo ha vuelto a hacer. Ha unido tradición y modernidad en prime time. Ha creado una postal para la posteridad. Como hizo en las Olimpiadas y el prendido de su pebetero. Con sensibilidad. Con suspense. Con implicación del público. Ahora, con la inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, tras ser bendecida por el papa. La belleza en armonía que surge de una historia planificada al detalle con un magistral guion y mucho ensayo detrás para que ningún engranaje de la emoción fallara. Todo empezó antes de la eucaristía. Porque para entender una buena historia siempre es imprescindible el prolegómeno. Así, el pontífice León XIV y los Reyes, Felipe y Leticia, eran recibidos por Valentina, de 13 años, que nació con la neuropatía del síndrome de Leber y solo distingue luces y sombras. Ella, junto a la maqueta de la Torre de Jesús, nos puso en contexto de todas las particularidades de su arquitectura. Nos implicó con lo que íbamos a sentir después, mientras tocaba la maqueta. Tocando lo tangible para explicar lo intangible. Con su explicación, todos supimos lo que no sabíamos. Entendimos la intención de Gaudí con una cruz que refleja por el día el brillo del Sol y alumbra la noche de la ciudad con sus haces de luz. Como protegiendo el cielo condal. Después vino la misa. Con toda su solemnidad. Pero a diferencia de otras ceremonias religiosas tenía la expectativa de un giro final: ver cómo cambiaba para siempre la imagen de la Sagrada Familia que ha ido creciendo con nosotros. En una sociedad ávida de días históricos en decorados de usar y tirar, por fin el papa estaba en un templo pensado para la eternidad. Había llegado la jornada que pasará a la historia de verdad. Y se bendijo la torre. Y se obró el colofón, bajo la dirección creativa de Igor Cortadellas. Porque una buena historia debe acabar con un final que te deja con ganas de más. Si se inició el relato de la ceremonia con una joven, Valentina, que mira al futuro más allá de las condescendencias que reducen a las personas con discapacidad, el acto empezó su desenlace con la aparición de unos niños cantando en la fachada del nacimiento, la que llegó a ver Antonio Gaudí casi completada en vida. Portaban una luz que se fue contagiando al público. La fuerza colectiva como un latido luminoso hasta encender por completo la Sagrada Familia al ritmo de la emoción de la música sinfónica. La que no se puede resumir en un vídeo de TikTok. Y la realización de la televisión -con Paulí Subirá de TV3, al frente- bailando al exacto compás, entremezclando directo e imagen en falso directo, para que la catarsis desde casa fuera mayor. Para que fuéramos descubriendo cada matiz, cada emoción, cada detalle en el instante que tocaba. Y en crescendo. De repente, la sorpresa: la orquesta del Liceo estaba en el corazón de la nueva Torre. La cruz empezó a lanzar su luz. Como soñó el arquitecto. Nuevo giro de guión. Ahí apareció él, Antonio Gaudí, recreado por drones, cual rostro celestial dando el visto bueno a su obra casi acabada. El propio papa ya lo avanzó: la vida es eso, una obra siempre por acabar.“Primero el amor, después la técnica. A. Gaudí”, escribieron las estrellas del cielo de drones. La emoción era difícil de contener. De nuevo, la apoteosis de la creatividad teatral que los barceloneses redondean tan bien. Tal vez porque saben que la modernidad brota de las raíces de la cultura que los hace únicos. La cultura mediterránea que es capaz de transformar tradición en vanguardia, fuegos de artificio en rito con enjundia, un edificio en una alegoría y una ceremonia en un espectáculo completo, con su introducción, con su clímax y con su final en alto para querer volver a ese momento. La belleza que surge de los atrevimientos de la imaginación que hacen la vida más bella, más emocionante, más viva.
Barcelona lo ha vuelto a hacer: así ha creado una postal para la posteridad en prime time
El papa ha bendecido la Torre de Jesucristo en un calculado prime time: claves del arco narrativo diseñado con precisión para calar a través de la TV










